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Elecciones Colombia
Columna

Llámenme anticuado

Pero desear en público que a Colombia la invada una potencia extranjera debería descalificar a alguien que quiere ser presidente

Abelardo de la Espriella

En un artículo sobre el Líbano, que en el año 2009 se debatía entre las fuerzas culturales de la extrema derecha y las de nacionalismos más pacíficos o tradicionales, el escritor inglés Christopher Hitchens contó el momento en que se encontró una esvástica pintada en el muro de una calle de Beirut. “Llámenme anticuado”, escribe, “pero siempre he pensado que el símbolo de la esvástica existe sólo para un propósito: que alguien lo desfigure”. A eso se dedicó —a desfigurarla con trazos de marcador indeleble—hasta que su actividad artística llamó la atención de un grupo de matones fascistoides. Tuvo suerte de escapar sin más que un par de golpes.

A Hitchens le gustaba recordar obviedades que nuestra época confundida hubiera olvidado o menospreciado, metida en sus relativismos bobos, su tolerancia de lo que no debería ser tolerable y su cinismo a flor de piel. “Llámenme anticuado”, decía Hitchens, “pero…” Y enseguida venía una posición ética o cultural que no tendría por qué necesitar defensa, o un principio que debería ser innegociable, o simplemente una declaración de sentido común. No sé cuántas veces me ha venido la frase a la memoria durante los últimos años. Llámenme anticuado, pero me parece que un homófobo declarado y un antiabortista militante no debería estar en un Gobierno que se dice progresista. Llámenme anticuado, pero me parece que tener conocimientos en diplomacia es deseable en un diplomático, y tener conocimientos en educación es deseable en un ministro de Educación. Llámenme anticuado, pero desear en público que a Colombia la invada una potencia extranjera debería descalificar ipso facto a alguien que quiere ser presidente de Colombia. Llámenme anticuado, pero usar la palabra nazi para referirse a los periodistas no debería ser de recibo.

Como digo: sentido común. Pero el sentido común, como lo sabía la filósofa Mafalda, es el menos común de los sentidos. Y basta con un año de elecciones en Colombia para confirmarlo. Ser colombianos es preguntarnos cada cierto tiempo por qué no hemos sido capaces, después de décadas y décadas intentándolo, de salir de la violencia; y las respuestas están en muchas partes, a veces aparentes y a veces escondidas en las profundidades, pero en un año de elecciones salen a la superficie. Están allí: en las simpatías electorales de los ciudadanos, en lo que les exigen o les aplauden a sus candidatos. Pues bien: llámenme anticuado, pero creo que un candidato que amenaza con violencia a sus oponentes ideológicos no debería ser candidato.

Y eso es lo que ha pasado entre nosotros. El candidato de nuestra derecha más impresentable comenzó su campaña personal diciendo que iba a destripar a la gente de izquierda, y eso fue suficiente para meterlo en lo más alto de las encuestas; otro candidato hablaba de dar balín y, aunque no le haya alcanzado con la amenaza, habría que ver qué dice de nosotros la tranquilidad con la que alguien pronuncia esas palabras en público. Una reina de belleza le preguntaba recientemente a un candidato (el mismo u otro: no importa) a quién preferiría “darle bala”, si al presidente Petro o a un antiguo alcalde de Medellín, y cuando el candidato seguía el juego y escogía al alcalde, la reina decía que sí, pero que a Petro había que darle “un cachazo al menos”. Uno no sabe qué impresiona más: si el lenguaje de matones, la ligereza de gamers adolescentes o la total ausencia de mecanismos morales que les sugieran, desde el fondo de la conciencia, que esas cosas sencillamente no deberían decirse en un país como el nuestro: porque decirlas siempre deja a alguien un paso más cerca de hacerlas.

El episodio de la reina ocurrió hace ya unos meses, y recuerdo haber pensado entonces: hasta la frivolidad es violenta en Colombia. (En realidad pensé: ¿de verdad todavía hay reinas? ¿De verdad todavía hay reinados? Pero eso es tema de otro artículo.) Luego he pensado que el asunto es mucho más sencillo: no es que hasta los frívolos sean o puedan ser violentos (que también), sino que la violencia es frívola. Se ejerce con ligereza, con facilidad irresponsable, con un encogimiento de hombros que significa “y a mí qué”; y eso pasa, por supuesto, porque la violencia no sólo es tolerada y aceptada por demasiados de nuestros conciudadanos, sino que se la elogia y se la felicita. El candidato destripador ya ha recibido el apoyo –a veces tácito, a veces expreso– del uribismo y de su candidata, Paloma Valencia, y yo me he encontrado ya con demasiadas personas que condenan indignadas los desmanes retóricos de Petro –que ha llamado a la “guerra a muerte”, por ejemplo– pero que apoyan a De la Espriella sin que les parezca contradictorio. Claro: se sienten en guerra, se han dejado meter en una mentalidad de guerra, y en la guerra no hay ambigüedades: hay violencia buena (la nuestra) y violencia mala (la de los otros). Y por ahí empieza a desbarrancarse un país.

Por eso me alegró tanto que Sergio Fajardo dijera, con una claridad que muchos otros no han tenido, que De la Espriella representa un riesgo para el país. Y no por sus vínculos profesionales con la gente más corrupta, deshonesta y tramposa de los años recientes (de esto ya se ocupó en una columna Ana Bejarano, y recibió intimidaciones y amenazas y calumnias y ataques), sino por la violencia de su retórica. “Estoy en contra de cualquier persona que diga que va a destripar a sus rivales”, dijo Fajardo hace unas semanas, y habría podido encabezar su frase con estas palabras: “Llámenme anticuado”. Ahora ha insistido en el peligro que representa la llegada al poder de un hombre cuyo lenguaje es el de “la agresión, el maltrato, la violencia verbal”. Fajardo, por supuesto, lleva años tratando de convencer a los colombianos de que se puede construir un proyecto político sin construir un enemigo político: de que no es necesario convivir con el insulto personal, la agresión velada o la amenaza expresa para tener convicciones firmes y una propuesta de gobierno. Fajardo se ha mostrado siempre intransigente con la violencia: del lado que sea. Cree que la violencia de las palabras sólo lleva a más violencia, y cree que un presidente no debería jugar ese juego.

Llámenme anticuado, pero eso es lo que yo creo también.

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