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GUSTAVO PETRO
Opinión

La reconciliación Petro-Trump profundiza la crisis de la derecha

Suenan infantiles los argumentos con los que fueron a Estados Unidos varios políticos a implorar la invasión de Colombia, creyendo que Trump iba a preferir convertir al país en otro Vietnam y no en el aliado natural para estabilizar la región

La exitosa visita del presidente Gustavo Petro a la Casa Blanca, el pasado 3 de febrero, donde se reunió a puerta cerrada durante casi dos horas con el jefe de la superpotencia americana, Donald Trump —quien se explayó en elogios sobre quien apenas hace unas semanas descalificaba y amenazaba con aplicarle la misma receta imperialista impuesta a Nicolás Maduro, el extraído militarmente y capturado mandatario de Venezuela—, ha sido un verdadero tsunami político para la extrema derecha colombiana, a pocas semanas de las elecciones del 8 de marzo, para elegir Congreso, y la primera vuelta presidencial, del 31 de mayo de 2026.

La reconciliación Petro-Trump ha profundizado la crisis de la extrema derecha, que sigue sin encontrar la narrativa y el candidato para imponerse en las elecciones de 2026. Los líderes de ese espectro ideológico se han pegado de pequeñeces para tratar de reducir el impacto de la mencionada gira a Washington. Están debatiendo aún si Petro entró por la puerta de atrás de la Casa Blanca, si lo recibieron en un pasillo, o por qué llevaba el libro Trump. The art of the deal, que el autor autografió con una dedicatoria de antología: “You are great” (“Eres genial”).

A eso se reduce la estrechez de la derecha, desconectada de la opinión pública y fracasada en su conspiración para tratar de deponer al primer presidente de izquierda en cien años, llevarlo a una cárcel de Estados Unidos bajo cualquier acusación, mientras pedían a gritos una invasión militar. Esta vez tampoco lograrán sacar a los colombianos a votar emberracados, como lo lograron en 2016, en el fracasado plebiscito por la paz de Santos.

Colombia no es Venezuela, la economía no naufragó, a pesar del bloqueo del Congreso a las reformas del Gobierno nacional, y las Fuerzas Armadas nunca han estado tan empoderadas y motivadas a defender la Constitución y la institucionalidad. La tropa recibe un salario mínimo mensual, la Fuerza Aeroespacial Colombiana contará con poderosos aviones Gripen, y tienen la orden presidencial de garantizar la seguridad y el orden en las fronteras, con Venezuela y Ecuador, atacar a los actores armados ilegales sin vulnerar los derechos humanos de la población civil y garantizar unas elecciones seguras y en paz.

Por ello, suenan infantiles los argumentos con los que fueron a Washington, Nueva York y Miami algunas autoridades locales, congresistas, candidatos presidenciales y el propio Álvaro Uribe a implorar la invasión de Colombia, creyendo que Trump iba a preferir convertir a Colombia en otro Vietnam y no en el aliado natural para estabilizar de manera pacífica la región y profundizar su política de transición en Venezuela. El nivel de desinformación expandida en los círculos de poder de Estados Unidos quedó al desnudo cuando Trump, en plena reunión con Petro, se enteró de que el senador ultraconservador por Ohio, Bernie Moreno, era colombiano y no italiano.

La visita de Petro cerró un largo ciclo de agravios e intemperancia entre los dos mandatarios, y demostró que la diplomacia es más poderosa que los ataques en redes sociales, y que dialogar es más provechoso que amenazar. Lo evidente es que una nueva era en las relaciones entre Estados Unidos y Colombia se ha iniciado, alejando los nubarrones de la guerra arancelaria, política o militar. Colombia se consolida como aliado esencial, gracias a la labor de la canciller Rosa Villavicencio; el ministro de Defensa, Pedro Sánchez; y el embajador de Colombia en Estados Unidos, Daniel García-Peña, sin renunciar a la dignidad, la autodeterminación ni la agenda del multilateralismo.

Lo que viene son decisiones trascendentales que abrirán nuevas oportunidades de progreso, crecimiento y bienestar para Colombia, con una relación bilateral marcada por la confianza y el entendimiento, y posicionada en el contexto global como una aliada creíble. La seguridad desempeñará un papel fundamental en ese camino, como también la estrategia en la lucha contra el narcotráfico que, aunque endurecerá el aspecto militar, no desconocerá, ni dejará de lado, la estrategia integral aplicada que incluye alternativas económicas y sociales a los campesinos cultivadores de hoja de coca. Recuperar el control de los territorios será tarea fundamental, privilegiando, además, una ruta ambiental de protección de la Amazonía y la Orinoquía, y las inmensas reservas naturales que hacen del país potencia mundial de la vida.

Petro le presentó a Trump esa vía, de la que seguramente nunca había escuchado hablar. Por supuesto, nada garantiza, por ahora, que el Gobierno de Trump desista de una intervención militar directa contra actores armados ilegales en México, Colombia, Ecuador y Venezuela que se nutren del narcotráfico. Una primera reacción, en ese campo, fue la suspensión por parte del Clan del Golfo de las negociaciones que se adelantan en Catar.

La nueva relación Colombia-Estados Unidos evidencia, además, la urgencia de que las organizaciones ilegales entiendan que se cierra una ventana de oportunidad que desaprovecharon por insistir en evadir los acuerdos definitivos para salvar vidas y abandonar las economías ilegales. El Clan del Golfo, las disidencias de las FARC y el ELN están en el ojo del huracán. El palo no está para cucharas.

Lo obvio sería acelerar la estrategia de la paz total, para llegar al 7 de agosto con hechos palpables, que den garantías al nuevo gobierno de que sí es posible continuar el camino en el marco de la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que prioriza la acción militar contra las organizaciones terroristas. Hay que entender que Venezuela ya no será un país santuario de la ilegalidad colombiana, que corre afanosa a copar la frontera común, y Colombia no es ni será un Estado fallido dominado por la ilegalidad, porque cuenta con una fuerza pública profesional, respetuosa de la Constitución, decidida a recuperar el control territorial, como el Catatumbo, donde hoy se libran importantes batallas por garantizar el derecho a la vida.

En conclusión, el eco de la reconciliación Petro-Trump se escuchará por largo tiempo. El impacto será beneficioso para la estabilidad nacional y regional. Colombia consolidará su liderazgo regional, y se proyectará como beneficiario directo de un renacer económico de Venezuela, lo que implicará nuevos recursos y mayor control territorial en la frontera común. Todo ello, mientras las elecciones presidenciales continúan su curso, y el tiempo corre veloz en una dinámica política en la que la realidad supera la ficción.

El tarjetón presidencial del 31 de mayo de 2026 toma cada vez más forma. Iván Cepeda irá a la primera vuelta, donde se enfrentará a los ganadores de otras consultas que parecieran perder interés y a candidatos que han decidido irse directo al tarjetón, entre ellos Abelardo de la Espriella, el famoso abogado de Alex Saab, el depuesto y encarcelado testaferro de Nicolás Maduro, cuyas revelaciones ante una corte americana son esperadas con ansiedad e impactarán el debate electoral colombiano.

Y también estarán Sergio Fajardo, Claudia López y el ganador de la consulta de la extrema derecha, que promociona Álvaro Uribe. Las encuestas muestran que Iván Cepeda, mientras conserve el apoyo de Petro y amplifique sus apoyos a otros sectores de indecisos y abstencionistas, ya está en la segunda vuelta, y que la pelea es por quien lo acompañará en el tarjetón. La exitosa visita de Petro a la Casa Blanca le ha podado el camino a Cepeda, y dejado sin argumentos a la derecha. Trump gobernaría con Cepeda, con el mismo entusiasmo con que hoy lo hace con Petro. Y no hay duda de que dado el pragmatismo de Trump lo recibirá para decirle “You are great”, mientras el petróleo venezolano se explote a borbotones y la frontera permanezca estable.

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