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Relaciones exteriores
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Petro-Trump: el jaguar y el águila dejan al tigre en su peor papel

El acercamiento entre los presidentes de Colombia y Estados Unidos deja sin oxígeno a la derecha del país sudamericano, y desinfla la campaña de Abelardo de la Espriella

La política es el arte de hacer posible lo imposible. Y en las últimas horas el mundo ha presenciado un capítulo inolvidable de alta política y diplomacia tejida con pinzas durante meses, que tiene como protagonistas al jefe de la superpotencia americana, Donald Trump, y al primer presidente de izquierda en Colombia en décadas, Gustavo Petro, quien no reconoció como mandatario electo de Venezuela a Nicolás Maduro, hoy prisionero en una cárcel de alta seguridad en Nueva York, luego de ser capturado y extraído con su esposa a la fuerza por las tropas de élite de Estados Unidos.

Después de meses de intensos ataques verbales que inundaron las redes sociales, Trump y Petro -el águila y el jaguar-, han hecho las paces, precisamente cuando la derecha nacional creía que el tiempo de Petro en el poder estaba por terminar de manera abrupta, porque estaba listo para ser capturado al igual que a Maduro.

Pero, como en la canción de Rubén Blades, la vida te da sorpresas.

Colombia, el pasado 3 de enero de 2026, despertó en medio de una crisis. El impacto de lo acontecido con Maduro y la posterior reacción de Petro, condenando el hecho, dio origen a una cadena de amenazas de Trump contra el jefe de Estado colombiano.

La derecha colombiana celebró esa escalada verbal y promovió que Petro fuera el siguiente en ser capturado, sacado del poder y llevado a una corte en Nueva York. Por eso el presidente arremetió en X con una ofensiva nacionalista, convocando a las bases sociales a la calle para defender la soberanía y la dignidad de Colombia.

Petro ha aprovechado la crisis para elevar su imagen positiva, que ronda por encima del 40%. En la agresión de la superpotencia, el mandatario colombiano ha encontrado una bandera para aglutinar a la izquierda y convocar a otros sectores liberales e independientes que repudian el intervencionismo y la Nueva Estrategia de Seguridad de Estados Unidos.

La extrema derecha se ilusionó, infantilmente, con la supuesta inminente caída de Petro. El jefe de la extrema derecha, Álvaro Uribe, dio una entrevista en el periódico El Tiempo, el pasado 6 de enero, que a la luz de los últimos acontecimientos no parece hoy la reflexión de un viejo zorro de la política, sino de un político pensionado, engañado por sus amigos republicanos de Miami. “Pues las circunstancias se van pareciendo más todos los días. El gobierno Petro, con lo que hace, se va aproximando a ese castrochavismo”, dijo, y pidió que se terminara pronto el mandato de Petro. Uribe hoy debe estar creyendo que también Trump lo ha traicionado y es un castrochavista por querer reunirse con Petro.

Mientras en Colombia la derecha tenía fantasías de golpes, capturas y elecciones anticipadas, en la diplomacia se movían muchas aguas invisibles que abonaron el terreno para que la relación Colombia-Estados Unidos dejará de ser desierto. Diferentes líderes en Colombia, Estados Unidos, Catar, y otras naciones, movieron los hilos para lograr que Trump recibiera una llamada de Petro. Y esa llamada sucedió el 7 de enero último, y duró 55 minutos, según han revelado diferentes medios. Y todo cambió. Esa noche, en la Plaza de Bolívar, en el centro histórico de Bogotá, la multitud convocada por el Gobierno estalló en júbilo cuando Petro soltó la noticia de esa histórica llamada. Fue puro realismo mágico que terminó, quizá, con largas horas de soledad del último Aureliano.

Para bien, la diplomacia le está abriendo paso a la alta política. Hablar frente a frente siempre será mejor que trinar insultos. Trump está dando lecciones de profundo pragmatismo. Decir que “fue un honor” hablar con Petro echa tierra sobre cualquier agravio pasado y cierra páginas de enfrentamiento personal de ambos lideres. Le quita el piso, además, a la narrativa fatalista y simplona de la extrema derecha, que había construido su campaña a la presidencia de 2026 como un castillo de naipes.

En los primeros siete días de 2026, las elecciones presidenciales de mayo han tomado un nuevo aire y tienen un nuevo ritmo. El pesimismo ha quedado atrás para la izquierda y para la democracia en Colombia. Hay razones mayúsculas para ser optimistas, a pesar de las muchas preguntas sobre lo que viene. Sí, aún hay demasiados obstáculos en el camino, pero sin el péndulo de la guerra sobre la cabeza, para Petro es posible pensar, decidir y construir mejor el futuro y decidir el destino colectivo. Hoy tiene visa para soñar con prorrogar el mandato de su proyecto político con Iván Cepeda.

Lo evidente es que Petro tiene razón, Trump no es bobo. Y dialogar es la decisión más sensata. Habrá que esperar lo que se decida en el encuentro de cancilleres, y luego lo que concluyan Trump y Petro en la Casa Blanca. Tendrá que ser, y es lo justo, una reconciliación definitiva con devolución de visa y exclusión del nombre de Petro y su exesposa, Verónica Alcocer, de la Lista Clinton. Trump buscará imponer, Petro, seducir. Al final deberán ganar Colombia, la región y el continente.

Todo lo que sucederá en ese esperado encuentro impactará muy fuerte las elecciones, y fortalecerá las aspiraciones de Iván Cepeda, quien se consolida como el sucesor de Petro, y ya está en el tarjetón en la segunda vuelta. La tregua Trump-Petro tendrá que convertirse en una paz que garantice el cierre sereno del mandato, la entrega del poder el 7 de agosto, y haga de la elección presidencial la más segura en décadas.

Las lecciones de esta reconciliación inyectarán una nueva energía a la izquierda y al presidente Petro, quien tendrá vía libre para aumentar su popularidad, cohesionar a la izquierda, mientras se desmorona la extrema derecha, que se ha quedado en el pantano de su falta de imaginación, infantilismo y servilismo a sus pares de Miami. La derecha no encuentra el camino para llevar “emberracados” a votar a los colombianos, como hicieron durante el plebiscito de la paz en 2017.

Trump baila, Petro convoca y cohesiona a su electorado; la derecha se deshace y Colombia se erige como protagonista de la política regional en el tramo final del mandato de Petro. La diplomacia colombiana ha dado un paso gigante, que ha puesto al país en la escena internacional como ejemplo de resiliencia y resurrección de la dignidad.

Para la derecha la campaña presidencial se ve en tinieblas. La foto de Trump y Petro en la Casa Blanca será su derrota. Lo que viene es una alianza mayor de Colombia con la nueva presidenta del vecino país, Delcy Rodríguez, quien visitará la Casa de Nariño en los próximos 15 días. Y ello implica decisiones comerciales de alto impacto, la revitalización de la extensa frontera común, y una acción conjunta en temas vitales para Estados Unidos como la seguridad, la lucha contra el narcotráfico y las migraciones.

Esas decisiones afectarán al ELN, las disidencias y el Clan del Golfo. En el campo de la seguridad nuevas páginas están por escribirse entre Colombia, Venezuela y Estados Unidos, que buscará imponer su doctrina de que con terroristas no se negocia. La diplomacia, otra vez, en ese campo tendrá que servir para acercar posiciones y destrabar el camino para encontrar la paz regional, compaginar las posiciones de los tres países, y beneficiar la frontera y, a su vez, incentivar la inversión extranjera, que es un tema central de la agenda estadounidense.

El presidente, en conclusión, habló 55 minutos con Trump y pasó del horror al honor, del desierto al renacer de la palabra, sin renunciar un segundo a su dignidad ni ponerse rodilleras. La política en Colombia es impredecible y un espectáculo no apto para incrédulos. Todo sucede en Macondo, donde el águila y el jaguar dejan sin oxígeno a la derecha. El tigre, como se conoce al candidato Abelardo de la Espriella, por ahora, parece solo de papel.

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