Petro sale reforzado de su encuentro con Trump en la Casa Blanca
La esperada cita supera las expectativas del presidente colombiano en plena precampaña


Durante semanas, en Colombia se habló más de lo que podía salir mal que de lo que podía salir bien. El encuentro entre Donald Trump y Gustavo Petro este martes era una prueba de fuego. Dos líderes imprevisibles, con historial de excesos, podían convertirlo fácilmente en un choque de trenes en el que Colombia tenía las de perder. El temor no era solo al enfrentamiento directo. También flotaban otros miedos: que Petro se fuera por las ramas, que acaparara la conversación o que, como advertían algunos de quienes lo vieron el día antes de la reunión, terminara “centrándose en lo cósmico”. En algunos sectores, incluso, parecía haber una expectativa —casi un deseo— de que todo descarrilara en plena campaña electoral. No ocurrió. Contra muchos pronósticos, la reunión salió bien. “Fue fantástica”, dijo el republicano. “Me gustan los gringos francos”, elogió el colombiano.
Colombia se jugaba mucho en esa cita. Lo que vendrá después aún está por verse y los acuerdos concretos no se han hecho públicos, pero todo apunta a que el país recupera una alianza en asuntos sensibles como el narcotráfico, la energía o la mediación regional. Un aliado imprevisible, pero aliado.
Colombia ha aprovechado por décadas la cooperación militar de Estados Unidos, que fue un factor fundamental para llevar a la guerrilla de las FARC a la mesa de negociación. Y aunque esa relación se ha mantenido, su intensidad ha ido mermando. Pero el país sufre de una violencia creciente, para la que la inteligencia o la tecnología norteamericana son estratégicas.
Además, el vínculo económico es vital: su déficit comercial se ve equilibrado en parte con las remesas de más de tres millones de colombianos que viven en el país del norte —más de 13.000 millones de dólares al año—, al que envía cerca del 30% de sus exportaciones.
Estados Unidos también necesita a una Colombia firme contra el narco, que comparta información de inteligencia y que le sirva de cómplice en una región convulsa, especialmente ahora que la vecina Venezuela enfrenta un incierto cambio político y parece abrir su economía — o al menos sus enormes yacimientos de petróleo— a los norteamericanos.

En ese contexto, a seis meses del fin de su mandato, el presidente de Colombia sale de Washington reforzado. Más de lo que esperaban sus críticos y, probablemente, más de lo que él mismo anticipaba. Era una cita desigual, con un presidente mucho más poderoso y en sus antípodas ideológicas. Pero lo que podía haber sido una trampa —una escena incómoda o incluso una humillación pública, como ya le ocurrió al presidente ucraniano Volodímir Zelenski— ha acabado siendo un activo político a apenas cuatro meses de las elecciones presidenciales en las que se definirá la continuidad de su proyecto político. Petro se va, pero los réditos los acabará recogiendo cualquiera de los candidatos que tome su relevo entre el progresismo colombiano.
Al desplegar su versión más práctica y menos ideológica, Petro ha desactivado uno de los miedos más extendidos en el país: el de una crisis que el mismo ha dicho que pudo tener como respuesta un ataque norteamericano en su contra. Petro hasta se mordió la lengua para no explayarse sobre lo que pensaba de la captura de Nicolás Maduro apenas unos días después de clamar en público que debían devolverlo a Venezuela.
Las encuestas llevaban tiempo marcando una constante incómoda para el Petro que durante un año confrontó al hombre más poderoso del mundo. En general, los colombianos tienen una opinión favorable de Estados Unidos. Según una encuesta de Invamer, para el 81% es importante que el próximo presidente mantenga buenas relaciones con Washington. E incluso entre sectores con discurso antiimperialista, como el de Petro, el temor a una guerra comercial, diplomática o de otro tipo con Washington se acrecentó en estos meses. Hasta el presidente llegó a considerar la posibilidad de un ataque en territorio colombiano tras comprobar hasta dónde estaba dispuesto a llegar Trump en Venezuela. Ese miedo estaba ahí, latente, y Petro había contribuido a alimentarlo con su retórica.
Nada fue improvisado en el Despacho Oval. La delegación colombiana calculó hasta el color dorado de la corbata o el libro que llevaría el embajador bajo el brazo. La reunión fue el resultado de semanas —en realidad, de meses— de trabajo discreto. Empresarios, diplomáticos, intermediarios políticos e incluso pastores llevaban tiempo intentando apagar un fuego que parecía incontrolable. Tras la llamada del 7 de enero en la que se sentaron las bases de la reconciliación, los contactos se intensificaron para preparar el terreno de la reunión y evitar sobresaltos. Se hicieron concesiones en materia de seguridad, como reanudar los bombardeos y los colaboradores de Petro lo convencieron de al menos tres cosas: ir al grano con propuestas concretas, no hablar más que Trump —como ocurrió en la llamada— y no caer en provocaciones previsibles.

El resultado fue que frente a Trump no apareció el Petro grandilocuente o inclinado a la larga disertación ideológica. Apareció su versión más pragmática. Pidió apoyo para gestionar relaciones regionales, como el conflicto con Ecuador que es incapaz de resolver, se ofreció a mediar con Venezuela y desplegó posibilidades energéticas en la región. Salió de allí incluso habiendo resuelto un asunto más personal: su inclusión y la de sus allegados en la lista Clinton. El tema no se trató explícitamente, pero apostó por que se resolvería. Trump no cree en las sanciones y él tampoco, dijo. Al terminar, uno de los integrantes de la comitiva lo resumió así: “Estoy feliz”. Cuando todo podía pasar y no pasó, cundió el alivio.
El impacto interno es inmediato. Colombia ya vive en clima electoral. La derecha se queda sin uno de sus caballos de batalla en plena campaña para las legislativas, aunque busca nueva munición a toda velocidad. Petro había acusado a la oposición de alimentar esa hoguera y, al menos esta vez, consigue apagarla. La clave ahora será dónde surge el próximo fuego.
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