Trump y Petro concluyen su reunión en la Casa Blanca para reparar la relación bilateral
El encuentro entre los presidentes de Estados Unidos y Colombia ha durado más de dos horas y se ha celebrado a puerta cerrada

Tras un encuentro de más de dos horas, que incluyó un paseo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el de Colombia, Gustavo Petro, por la polémica galería presidencial de la Casa Blanca, la reunión entre ambos mandatarios terminó en Washington este martes, pasadas las 13:00 (hora local; seis más en la España peninsular). Fuentes cercanas a la comitiva colombiana se han mostrado felices con el resultado de la cita. “Petro está muy muy feliz”, avanzan desde desde la embajada colombiana en Washington.
La primera reacción ha sido de Petro que ha publicado en X una imagen del recordatorio de la reunión. Un marco en el que se guarda la fotografía en la que Petro aparece estrechando la mano de Trump y la dedicatoria del republicano: “Gustavo, un gran honor. Amo a Colombia”. Ambos aparecen muy sonrientes.
La reunión de los dos mandatarios que tanto han chocado en el último año se ha desarrollado en sordina, a puerta estrictamente cerrada y sin el recibimiento habitual para los jefes de Estado en visitas oficiales. En esos casos, una guardia de escolta recibe a los mandatarios visitantes, con las banderas de los dos países. Esta vez, con la reunión catalogada como una mera visita, la bienvenida, cordial, fue mucho más matizada.
“El presidente estaba de un humor muy positivo inmediatamente antes de la reunión y tenía muchas ganas de tener una conversación con el presidente Petro”, aseguraba la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, en declaraciones a la prensa a la conclusión del encuentro.
Al no tratarse de una visita oficial, el colombiano no entró con su comitiva por el Pórtico Norte, la entrada reservada a dirigentes extranjeros. Tampoco fue recibido con la guardia de honor que escolta a los líderes en visitas oficiales o de Estado. Petro entró por la puerta oeste, que conecta el Ala Oeste de la residencia presidencial con el edificio Eisenhower, donde se encuentra la mayor parte de las oficinas del poder Ejecutivo. En general, ese acceso se utiliza para visitas diplomáticas, no para las de mandatarios, aunque hay excepciones. El año pasado, el presidente sirio, Ahmed al Sharaa, también accedió por esa entrada.
Las dos comitivas se acomodaron en el salón. Del lado estadounidense acompañaban a Trump, el vicepresidente J. D. Vance, el Secretario de Estado, Marco Rubio, y el senador republicano de origen colombiano Bernie Moreno. En el lado colombiano, flanqueaban a Petro su canciller, Rosa Villavicencio, su ministro de Defensa, Pedro Sánchez, y su embajador en Washington, Daniel García-Peña. A juzgar por las fotos divulgadas a los medios, el clima de la conversación fue distendido.

La reunión supone un punto de inflexión en un contexto de meses de escalada de tensión entre ambos. Varios analistas han subrayado estos días que, dada la historia de desencuentros y confrontaciones, el encuentro puede abrir una oportunidad para reconfigurar la relación bilateral si se maneja con prudencia, claridad en las prioridades y voluntad de diálogo.
A diferencia de otras épocas, en las que se insultaban en redes sociales, ahora ambos se han mostrado predispuestos a entenderse. En vísperas de la reunión, el presidente estadounidense había subrayado que tras la intervención estadounidense en Venezuela el pasado día 3 de enero, el trato de Petro es “muy amable”, y esperaba que la reunión iba a ser “muy buena”.
“Petro ha sido quizás el crítico más fiero en América Latina hacia las políticas de Trump sobre inmigración, cambio climático, Gaza, las drogas y Venezuela. El hecho de que Trump haya aceptado recibirle en la Casa Blanca como un intento para relanzar las relaciones bilaterales es una oportunidad monumental, y los dos líderes serían negligentes si acabaran desaprovechándola”, opina Lee Schlenker, analista sobre el Sur Global del think tank Quincy Institute for Responsible Statecraft.
El encuentro para reparar la relación entre los dos dirigentes iba a abordar, sobre todo, la lucha contra el tráfico de drogas —que la Administración de Trump considera una de sus grandes prioridades de seguridad nacional, junto con las medidas contra la inmigración irregular—. El jefe de Estado colombiano, cuyo país celebrará elecciones presidenciales en mayo, apuesta por la confiscación, la reducción de la demanda y proyectos económicos alternativos para los pequeños cocaleros. Estados Unidos insiste en la erradicación de los cultivos y el control de la oferta.
Colombia ya ha cedido en este ámbito en el marco de las negociaciones con Trump y ha aceptado reanudar bombardeos, extradiciones y fumigación con glifosato, acciones muy sensibles en este Gobierno de izquierda. Vista la disposición, lo previsible es que el acuerdo en este ámbito sea el más viable

También es importante la situación en Venezuela, un escenario que Petro conoce bien y para el que ya se ha ofrecido como mediador. Colombia es fundamental para garantizar la seguridad en la frontera y su papel puede ser relevante para abrir caminos hacia la democracia. Más allá del interés de Trump en consolidar una democracia en Venezuela, el republicano necesita estabilidad para llevar a cabo sus planes económico en el país. En la agenda, también está cuestión energética y la posibilidad de abrir mercados en Caracas.
En medio de las reuniones preparatorias, García-Peña, explicó que el encuentro se viene trabajando desde la llamada del 7 de enero, la conversación con la que ambos mandatarios hicieron las paces después de meses de exabruptos. Ese contacto, dijo, marcó un punto de inflexión en la relación bilateral y permitió encauzar la preparación de la visita con el objetivo de “garantizar que salga bien para los dos países”. García-Peña reconoció que se trata de dos jefes de Estado que “han tenido diferencias y seguirán teniéndolas”, pero insistió en que, junto a los desacuerdos, siempre existen “temas de trabajo conjunto”.

La relación entre ambos había sido un permanente choque a lo largo del último año, que comenzó con un intercambio público de insultos después de que Petro declarara en redes sociales que no aceptaría los vuelos de ciudadanos deportados enviados desde Estados Unidos y culminó con otra sarta de improperios entre ambos a raíz de la campaña militar norteamericana en el Caribe contra supuestas narcolanchas durante los meses de presión a Venezuela antes de la operación militar. Petro ha llamado a Trump “cómplice en el genocidio” en la franja de Gaza, mientras que el presidente estadounidense le ha acusado de ser un capo del narcotráfico, entre amenazas de aranceles recíprocos, la retirada de asistencia financiera a Colombia o, más recientemente, advertencias de ataques militares contra el país sudamericano.
Las tensiones, que llegaron a hacer temer a Petro un ataque inminente contra su país, se disiparon súbitamente tras la llamada del 7 de enero entre ambos, a instancias del colombiano. Tras 55 minutos de conversación, en la que Petro monopolizó el discurso, el inquilino de la Casa Blanca cambió radicalmente el tono. El republicano pasó a describir como “un gran honor hablar con el presidente de Colombia”, que le había telefoneado para “explicar la situación sobre la droga y otros desacuerdos”.
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