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Ataque Estados Unidos a Venezuela
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

De Venezuela a Colombia: nuevas reflexiones

Por más que uno condene la presidencia de Petro, la amenaza de una potencia ajena debería bastar para sacarnos una palabra de defensa, pues hay veces en que defender a Petro no es defender a Petro: es defender ciertos valores y ciertas instituciones

En la mañana del sábado pasado, tras las primeras noticias de la catástrofe en Venezuela, me pregunté en este periódico si, en medio de la agresión imperialista de Trump y su gobierno de matones, también veríamos el alivio de los venezolanos que han sufrido la represión de la dictadura. Son millones los que han sufrido la represión y la persecución y la violencia y los encarcelamientos y el exilio, y nadie tiene autoridad moral para condenarlos por sus celebraciones espontáneas, aunque muchos pensáramos que no se puede justificar una ruptura semejante del orden internacional y una violación de la soberanía de un país: se sienta un precedente que luego puede llevar a otros desastres, a más sufrimiento y a más desorden. Pensé entonces que tampoco podía desdeñarse un hecho más complejo de lo que muchos quisieron aceptar en ese momento: el que la dictadura nefasta de Maduro se acabara a manos de un delincuente como Trump.

En resumen: de un lado, un autoritario que perdió unas elecciones legítimas y desconoció el resultado, un represor que ha perseguido a sus opositores, un violento capaz de usar las fuerzas armadas de su país contra su propia gente, un corrupto que se ha enriquecido con el poder y ha convertido la presidencia de su país en una mafia de familia.

Del otro lado, exactamente lo mismo.

Pero esto fue sólo en la mañana del sábado. A partir de la rueda de prensa, la infame rueda de prensa que pasará a la historia como uno de los documentos de la caída en desgracia del liderazgo norteamericano, quedaron inmediatamente claras otras cosas. Primero, que a Trump –a pesar de lo que dijeron y siguen diciendo sus vergonzosos aduladores en Colombia y en todas partes– nunca le interesaron ni la democracia ni los venezolanos ni la liberación de la dictadura. Le interesaba una sola cosa: el robo y la explotación de los recursos naturales de un país rico en petróleo. Segundo, que el último rincón de sus preocupaciones lo ocupaban los derechos humanos que la dictadura de Maduro ha atropellado durante años: Trump pronunció la palabra “petróleo” unas 25 veces (yo perdí la cuenta); las palabras “democracia” o ”libertad”, en cambio, asomaron la cabeza muy rara vez, y las palabras “presos políticos” estuvieron casi ausentes.

La dictadura de Maduro tenía casi mil presos políticos y una cantidad imprecisa de desaparecidos, pero de eso no se habló en las primeras horas. Nadie habló de derechos humanos ni de su deterioro de los últimos meses, ni de la misión de averiguación de las Naciones Unidas, a la cual no se le permitió la entrada a Venezuela, ni de los periodistas detenidos. Nada de eso importó, y hay que ser muy inocentes para creer que alguna vez le haya importado a Trump. O a Marco Rubio, o al supremacista blanco Stephen Miller. ¿Por qué habría de importarles? Los Estados Unidos de Trump son un país sin libertades: ahora mismo hay gente en la cárcel por apoyar la causa palestina, hay oficiales de inmigración que les exigen a los viajeros mostrar sus redes sociales para confirmar que no han dicho nada contra el régimen, hay viajeros a los que se les ha prohibido la entrada por haberlo hecho. Antes de la rueda de prensa, era inverosímil que ese gobierno se interesara realmente por los derechos humanos pisoteados en venezuela. Después de la rueda de prensa, fingir que se interesan es sencillamente hipócrita.

Y lo que vendrá es, mucho me temo, una represión renovada por la autoridad que Trump le ha dado a la cúpula chavista. Leo por estos días que la represión en Venezuela anda deteniendo a la gente en los buses, revisando sus teléfonos, abriendo su Whatsapp y buscando ciertas palabras clave, y que haber escrito las palabras equivocadas puede mandar a un ciudadano cualquiera a la cárcel. En su toma de posesión, un show vergonzoso que se las arregló al mismo tiempo para ser servil y autoritario, Delcy Rodríguez aprobó una ley de conmoción interior que le ha permitido seguir con la persecución y la censura. En pocas palabras, la dictadura no se ha ido; simplemente ha cambiado de manos. El emperador de pacotilla puso en el poder al que mejor le asegurara la apropiación del petróleo venezolano, y todo tuvo el aspecto que todo tiene en la era Trump: el de una transacción cínica.

Mientras tanto, Trump comenzó a lanzar amenazas, al más puro estilo de matón de barrio, contra Groenlandia y Colombia. Debo decir que yo me las tomé en serio: hay razones suficientes para creer que Trump puede siempre cumplir con lo que dice, aunque sea descabellado. Para Stephen Miller y los suyos, una demostración de fuerza siempre es una buena razón para hacer cosas: no es que se busque un resultado (ni siquiera se tienen en cuenta los posibles resultados), sino que se quiere simplemente hacer daño, porque eso mantiene a los demás a raya. Y tampoco hay que olvidar el aspecto psicológico de estas crisis políticas. No hace falta ser un experto en Shakespeare para darse cuenta de cómo los sentimientos personales profundos —una masculinidad herida, un ego desmesurado, un temperamento de matón— pueden influir en las decisiones políticas. En este momento, respetables expertos de los medios norteamericanos están debatiendo seriamente si lo que ocurrió en Venezuela fue en parte una respuesta a que Maduro se burlara de Trump (bailando un baile ridículo en televisión); están debatiendo si María Corina Machado debería compartir su premio Nobel de la Paz para que Trump le permita tomar el poder en Venezuela. Machado ha dicho, ridículamente, que lo podría compartir: Trump ha dicho, ridículamente, que lo aceptaría. El comité noruego ha tenido que aclarar que eso no se puede. Todo esto es pueril y ridículo, pero así es el mundo en que vivimos.

Tal vez lo único positivo de todo esto, por lo menos para los colombianos, es que ha dejado retratados a nuestros lamentables políticos. Después de que un líder extranjero amenazara a Colombia y al presidente elegido en democracia, pensé que a los colombianos nos unen poquísimas cosas, pero una de ellas era, con seguridad, que semejantes amenazas no son aceptables. Por más que uno condene la presidencia de Petro (y yo lo he hecho hasta cansarme), la amenaza de una potencia ajena debería bastar para sacarnos una palabra de defensa, pues hay veces en que defender a Petro no es defender a Petro: es defender ciertos valores y ciertas instituciones que van mucho más allá de él y de su pésima presidencia. Me equivoqué, como siempre que trato de darles a nuestros políticos el beneficio de la duda: ahí estaban los impresentables de la derecha colombiana listos para las genuflexiones necesarias, y algunos de ellos, desde el Congreso, llegaron a pedir la invasión del país y la captura del presidente. No, pensé, no son demócratas ni entienden lo que es la democracia. Que existan y estén en cargos de poder político me parece de una enorme gravedad; que algunos quieran presidir este país me parece inconcebible.

Yo tengo hace rato decidido mi voto de primera vuelta, pero me gustaría –porque nada se pierde con pedir– que la actitud de los candidatos frente a Venezuela les sirva a los colombianos para aclararse las ideas. No importa sus lealtades políticas: llamar a la invasión del país debería bastar para descalificar a un candidato. Pongámonos de acuerdo en esto, y después podemos hablar de todo lo demás.

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Sobre la firma

Juan Gabriel Vásquez
Nació en Bogotá, Colombia, en 1973. Es autor de siete novelas, dos libros de cuentos, tres libros de ensayos, una recopilación de escritos políticos y un poemario. Su obra ha recibido múltiples premios, se traduce a 30 lenguas y se publica en 50 países. Es miembro de la Academia colombiana de la Lengua.
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