Dioniso y la alquimia de los faros
La vida tampoco es sólo superficie y ambrosía de sirenas. También tiene peñascos, islotes y roqueríos. Sin faros, lo más probable es que, más temprano que tarde, terminemos encallando, desorientados y adoloridos

Los faros iluminan, proyectan luz allí donde naturalmente impera la oscuridad. Al extender su parpadeo de luciérnaga, despiertan la conciencia del marinero. De esta manera, la luz del faro se sobrepone al rumor de las olas, y con su murmullo espera que quienes lo escuchen eviten la catástrofe, pues allí donde hay faro, late un peligro para quienes circundan los dominios de Neptuno.
Los faroleros han de asumir su trabajo con rigor y disciplina. Despertar la conciencia de los marineros es cosa seria, pues de lo contrario el resultado puede ser catastrófico. Desafortunadamente, hay faroleros y faroleros. Hay quienes, con esmero y temple de acero, asisten al trabajo como Aquiles marcha al combate, pues saben que iluminar la noche oscura es trabajo de guerreros. Pero también hay faroleros de ‘la consigna’, como el farolero del Principito, quienes se limitan a prender y apagar su luz cotidianamente, sin cuestionarse mayormente por qué lo hacen. Simplemente lo hacen porque hay que hacerlo, mecánica y regularmente. Estos faroleros previenen el desastre, pero desconocen la magia que subyace a la luz del faro, pues éste, además de advertir el peligro, busca abrir una rendija y propiciar la irrupción de la novedad en los viajeros. Mal que mal, encontrarse con un faro en mitad de la noche es algo, digamos, fuera de lo normal.
La novedad que imprime un faro está dada porque, al ver su luz, los viajeros aprenden algo. Saben que deben estar alertas, realizar las maniobras correctas, estar precavidos y ser cuidadosos en el manejo de la nave. El susurro del faro les transmite una plegaria: “¡Despierta, marinero! ¡Que no todo es mar y placer de sirenas!”
Pues bien. La vida tampoco es sólo superficie y ambrosía de sirenas. También tiene peñascos, islotes y roqueríos. Sin faros, lo más probable es que, más temprano que tarde, terminemos encallando, desorientados y adoloridos. De allí la importancia de cultivar faroleros (y, más importante aún, ser faroleros de nosotros mismos y de quienes nos rodean). Al sembrar luciérnagas, despertamos esperanza y tejemos consuelo. Abrimos el ojo de la conciencia para ver lo que antes no se era capaz de apreciar.
Navegar, como vivir, puede ser un ejercicio extenuante y frustrante. La vida está cargada de peñascos y sin sabores. A pesar de las maravillas que el océano nos prodiga, su naturaleza también guarda un fondo dionisíaco y embriagador. El abismo puede hacerse, a ratos, sencillamente insoportable: perder un ser querido, un accidente, una relación que termina, una enfermedad, quedarse sin trabajo o estar solo son experiencias con una fuerte carga emocional (o existencial, incluso), y que, por eso mismo, exigen resiliencia, entrega y coraje.
En sus escritos filológicos de juventud, Nietzsche ofrece una lectura novedosa de los griegos. A su juicio, su genialidad como civilización estuvo dada, entre otras razones, porque, habiendo contemplado el sin sentido de la existencia y el horror del abismo, no rehuyeron de él ni le dieron la espalda. Los dioses olímpicos que conocemos, apolíneamente idealizados en blanco mármol y barnizados con armonía, proporción y belleza, no fueron sino una creación con la cual los helenos se protegieron del caos y la oscuridad que experimentaban en las fiestas dionisíacas, donde, embriagados y en éxtasis, desintegraban su individualidad para fundirse con la naturaleza o el Uno primigenio.
Al despertar de la orgía y volver sobre sí mismos, los griegos sentían la náusea existencial. El fondo dionisíaco los dejaba trastocados y desorientados, pues era una medicina ardua de digerir. La disolución del yo no es gratis. De allí el rol medicinal que ejercieron los dioses olímpicos, pues ellos servían como mediadores y puente entre los humanos y la naturaleza. Una suerte de espejo en el cual se veían reflejados y transfigurados para poder dotar así de sentido a sus vidas.
Los helenos, a su manera, fueron faroleros. Habiendo contemplado los acantilados del ser, no se precipitaron en estampida hacia el ocaso, sino que más bien iluminaron la oscuridad con lo divino. La tragedia griega, en tanto creación estética, servía como síntesis de estas dos fuerzas: al enfrentarse lo apolíneo (reflejo de la mesura y la belleza) con lo dionisíaco (el abismo, la embriaguez y el éxtasis), los espectadores del drama asistían a su propia catarsis, pues dichas fuerzas también habitan en el interior de todo individuo. Sólo a partir de esta danza agonal entre la luz y la oscuridad, entre el oleaje furibundo de la tormenta y la calma serena con que el faro combate y extiende su manto de luminosidad es que podemos sobreponernos y transmutar el dolor por sentido.
Ser farolero es asumir que la noche no es eterna. Que no hay tormenta sin fin en la vida. Es posible convertir la bravura de las mareas en suaves y dulces olas con las cuales bañar nuestros pies descalzos. Pero para ello hemos de enfrentar nuestra noche, la noche del alma que atraviesa nuestro tiempo. Un tiempo que demanda guerreros, alquimistas que estén dispuestos a convertir el horror en risa de niño. Ese niño, como nos enseña el Zaratustra de Nietzsche, que simboliza una nueva conciencia, un nuevo comienzo ¡un santo decir sí a la vida!
Por eso, hoy más que nunca vuelve sobre nosotros el deber de la pregunta: “y yo, ¿qué acantilados ilumino?”
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