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DONALD TRUMP
Opinión

El nuevo infierno de los imbéciles

Trump es la hipertrofia y al mismo tiempo la degradación lógica de lo que Postman señalaba en 1985: un personaje de telebasura, no de westerns, que sacudió la política trayendo a la campaña los más bajos instintos de sus votantes, desde la ramplonería sexista hasta el insulto personal

Hace unos días, hablando con el programa Los Danieles, me referí a la estrategia del ideólogo trumpista Steve Bannon para ganar las guerras de la información: lo que él llama “inundar la zona de mierda”. Se trata de cometer tantos desmanes que los medios, cuyo espacio es limitado, se vean a gatas para perseguirlo y denunciarlo todo, hasta que caigan derrotados por impotencia o cansancio. Pero me quedé pensando después que el problema no es sólo de los medios, sino de todos nosotros: los ciudadanos, en nuestras vidas privadas, atendemos como podemos a las exigencias del mundo, y esto es lo que resulta cada vez más difícil. Pues nuestra atención no es infinita; y ahora la copan las informaciones de un mundo desastrado, pero sobre todo la copan los inventos de los plutócratas de la tecnología, que hace unos años descubrieron el inmenso valor económico y también político de nuestra atención y ahora mismo están invirtiendo billones de dólares en controlarla, anestesiarla o manipularla. Y lo están logrando.

Por eso creo que ésta será una de las batallas que libraremos en el futuro inmediato: la batalla por recuperar el dominio sobre nuestra atención o, por decirlo de otro modo, la batalla contra la distracción constante programada por otros. He estado pensándolo también desde el comentario espontáneo de un buen amigo, un poeta portugués que, preocupado por el uso excesivo de su teléfono, decidió en algún momento del año pasado poner su pantalla en blanco y negro, y todos creemos que hay una relación entre esa decisión minúscula y los 122 libros que leyó en 2025. Había recuperado un cierto control sobre su atención, y el resto vino por sí solo (y con la complicidad, es cierto, de un insomnio testarudo). Sí, los aparatos que llevamos todos son máquinas meticulosamente diseñadas para provocar adicción; y, aunque ya no quede nadie en el mundo que no haya oído hablar de dopamina, de gratificación instantánea o de efecto Pavlov en el contexto (quién lo hubiera dicho hace veinte años) de la telefonía móvil, no parece que hayamos comprendido el inmenso poder que tienen sobre nosotros los dueños de estas tecnologías: los Musk, los Thiel, los Zuckerberg.

Estas preocupaciones no son nuevas. No es fácil saber cuándo comenzamos a comprender la relación que existe entre ciertos avances tecnológicos y ciertos deterioros democráticos, pero puede ser útil recordar un libro del sociólogo Neil Postman: Divertirse hasta morir. El libro se publicó en 1985, en la plenitud presidencial del actor de westerns Ronald Reagan, y sus páginas clarividentes advertían del efecto corrosivo que la cultura del entretenimiento podía tener en la vida política y, por lo tanto, en la salud de las democracias. Postman alertaba de que la influencia de la televisión en nuestras vidas lo había convertido todo en espectáculo, menoscabando el debate público, haciendo del discurso político algo cada vez más trivial e inundando la atención humana con informaciones banales que ahogan nuestra capacidad de discernimiento y nos impiden distinguir lo esencial de lo accesorio. Nos atontan, nos anestesian, nos hacen confundir ruido con verdad y visibilidad con importancia, y perdemos la mirada crítica: el único criterio realmente válido es si algo nos entretiene o nos aburre.

Si alguien le hubiera dicho a Postman que una figura como Trump llegaría a la presidencia, tal vez no se habría sorprendido del todo. Trump es la hipertrofia y al mismo tiempo la degradación lógica de lo que Postman señalaba en 1985: un personaje de telebasura, no de westerns, que sacudió la política trayendo a la campaña los más bajos instintos de sus votantes, desde la ramplonería sexista hasta el insulto personal, siempre apelando con precisión de cirujano a lo que busca el votante medio de su cultura infantilizada: entretenimiento constante. A partir de entonces, cada vez que el presidente, señalado por alguno de sus múltiples escándalos, ha querido que la gente mire para otro lado, lo primero que hace es lanzar la acusación de aburrimiento. Durante las audiencias de su primer impeachment, los voceros del partido republicano repitieron en Fox News: “Esto es aburrido”. Hace unos meses, cuando estalló el nuevo escándalo del viejo caso Epstein, fue fascinante ver a Trump repitiendo la misma defensa con evidente desespero: “Es tan aburrido. A mí me aburre. Yo lo encuentro aburrido”. Sabe que en la escala de valores de su votante no hay peor acusación, ni manera más eficaz de distraer la atención del ciudadano.

Por supuesto, la televisión de 1985 era menos perniciosa que nuestras plataformas digitales, un modelo de negocio basado en el monopolio de nuestra atención y dependiente de una alianza nueva y perversa entre el entretenimiento y la política. Ahora parece imposible sacar adelante una campaña electoral sin desmanes retóricos o histrionismos baratos, sin vídeos de TikTok donde los candidatos bailan con obreros de la construcción o hablan con patos o se ponen disfraces de superhéroes o juegan con motosierras como adolescentes psicópatas (todos estos ejemplos salen de la política colombiana: cada lector tendrá los suyos). La frivolidad es el mensaje; la tontería es popular, y además se puede medir en visitas y en likes. Pero la tontería es popular porque la atención disminuida o agotada del ciudadano exige mensajes cada vez más breves, a ser posible con música y colores vivos, no vaya a ser que se aburra en dos segundos y pase a otra cosa. Y siempre hay otra cosa a la cual pasar; siempre estará esperándonos algo más vistoso o divertido en la pantalla siguiente.

Tal vez uno de nuestros deberes ciudadanos –o, si lo prefieren ustedes, una de nuestras supersticiosas resoluciones de año nuevo– debería ser cobrar conciencia de esta distracción e intentar ponerle coto, no sólo por claridad política, sino por salud mental. Cada uno lo hará como pueda; yo me permito una sugerencia que no es objetiva ni imparcial, sino que viene marcada por el sesgo de lo que soy ante todo: un lector de literatura. Cinco años después del libro de Postman, en 1990, el escritor Saul Bellow (que tiene en nuestra lengua menos lectores de los que merecería, pero de eso puedo hablar en otra oportunidad) dio una conferencia en la universidad de Oxford titulada “El público distraído”. Allí tomó prestada una expresión del poeta Wyndham Lewis para referirse al mundo distraído en que vivimos: The moronic inferno, que puede traducirse como el infierno de la imbecilidad o de la estupidez. La distracción excesiva era una verdadera crisis contemporánea, decía Bellow, un “apocalipsis de nuestros tiempos”, y se preguntaba si las artes podían servir de remedio o de resistencia. Y se atrevía a decir que sí.

“Cuando abrimos una gran novela”, dijo, “entramos en un estado de intimidad con su autor. Oímos una voz, o, más significativamente, un tono individual por debajo de las palabras”. Ese tono es una cualidad humana, más musical que verbal, que existe en las grandes novelas. Estos escritores “tienen poder sobre la distracción y la fragmentación y, desde la inquietud o desde el caos, pueden traernos una impresión de unidad y llevarnos a un estado de atención intransitiva”. Esa concentración misteriosa, ese contacto con una conciencia ajena –lo que busco en Proust, en Conrad, en Virginia Woolf– puede ser un antídoto contra la manipulación de nuestra atención ya vulnerable, contra los fuegos de artificio insustanciales de esta realidad atomizada, contra esta dispersión constante que sólo irá a peor y que muchos ya no aguantamos más.

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