Juan Sebastián Gómez, el barrista que aspira al Senado de Colombia: “El fútbol aporta todo a la política”
El hincha del Once Caldas ha trabajado para desescalar la violencia en los partidos y promueve un discurso contra la polarización. “Aprendí que la violencia verbal, simbólica, tiene consecuencias”, dice


Un enfrentamiento entre barras hace un cuarto de siglo fue el punto de quiebre en la vida de Juan Sebastián Gómez (Manizales, Caldas, 47 años). Un hombre intentó asesinarlo cuando salía de un partido amistoso entre su equipo, el Once Caldas, y el Quindío. Aunque las balas no dieron en su cuerpo, lo marcó el odio en los ojos del agresor y sentir el suyo propio al perseguirlo. “Si lo hubiéramos cogido, lo habría matado”, asegura. Pensó en el autobús de regreso a casa que no valía la pena terminar en la cárcel por el fútbol. Decidió cambiar. Empezó a promover encuentros entre hinchadas rivales, y, con el tiempo, se convirtió en un referente de los esfuerzos para reducir la violencia en el fútbol colombiano. Ahora promueve el diálogo en la polarizada política colombiana y es la cabeza de la lista al Senado de ¡Ahora Colombia!, una coalición entre el Nuevo Liberalismo, el MIRA, y Dignidad y Compromiso.
“El fútbol aporta todo a la política, son muy similares”, comenta en el cable aéreo que une a Manizales con el municipio de Villamaría, a donde se dirige a hacer campaña. Después, hace analogías entre la lealtad a un jefe político y a un equipo deportivo. “Es muy difícil que gane el candidato presidencial que me gusta, Juan Manuel Galán [del Nuevo Liberalismo]. Sería como que el Once Caldas le gane al Real Madrid en el Santiago Bernabéu. Pero yo no me voy a cambiar de equipo”, afirma. Para él, apoyar a un club pequeño lo ha hecho consolidar la cualidad de la lealtad. “Cuando se sufre, se generan muchos sentimientos. Es como cuando pierdes un amor: la tusa, el duelo, es el mayor momento de pasión. Lo mismo pasa en el fútbol. Cuando tu equipo sufre y sufre, eres más hincha todavía”, dice.
Manizales, una ciudad de 500.000 habitantes en la cordillera de los Andes, se ha acostumbrado a esta conexión que encarna Gómez entre el fútbol y la política. El barrista fue concejal de la ciudad y diputado de la Asamblea de Caldas. Después, en 2022, fue electo a la Cámara de Representantes por ese departamento. Pese a las críticas, ha mantenido su cabello largo —lo llaman “el peludo”— y se ha seguido descamisando los fines de semana en en el estadio Palogrande. Insiste en que sus cánticos eufóricos y su torso repleto de tatuajes alusivos al heavy metal son compatibles con los debates parlamentarios. Y el mensaje ha calado, al menos en la ciudad y sus alrededores.

“La gente se acostumbró. La política es la política, y la barra es la barra. Y él no es violento como otros”, dice Armando Ortiz, vendedor de cigarrillos, café y golosinas. “Empezó muy joven y era muy fanático, efusivo. Ahora está más calmado, más maduro”, comenta Leonel Guarín, en una ferretería. La vendedora de gafas María Zulma Vargas destaca los proyectos sociales que promueve Gómez para abordar las problemáticas que enfrentan muchos de sus compañeros de barra —deserción escolar, violencia machista, pobreza...—. “Mi hija es fan de él. Ayuda mucho a la juventud, a los hinchas”, afirma.
El problema que tiene el candidato es que esa simpatía no necesariamente se traduce en votos. “Aún no he definido a quien votar, tengo que analizar las propuestas”, repiten una y otra vez en una ciudad que está repleta de vallas publicitarias de candidatos y jóvenes que reparten folletos de las campañas. La comerciante Catalina Tamayo, señala que Gómez se ha convertido en “un político” y que eso le produce dudas. “Es un buen chico, pero se ha movido en varios partidos y eso me da mucha desconfianza”, comenta en el cable aéreo, mientras regresa a su casa con su hija. “Al final todos los políticos son iguales: pueden entrar con buenas intenciones, pero terminan de politiqueros”.

Gómez apuesta por movilizar a los vecinos con un discurso regionalista. “La Cámara de Representantes se elige a nivel departamental y nuestra representación está garantizada. Pero el Senado es de circunscripción nacional y hoy Caldas solo tiene un senador que no volverá aspirar. La idea es que tengamos representación”, comenta en cada comercio al que entra en Villamaría, al tiempo que entrega un folleto con la forma de las gafas negras que lo distinguen. Espera que el 8 de marzo se acuerden de que él habló un rato con ellos: coincidió en lo rico que es un ron añejo en una tienda de licores, consultó por el mejor potenciador sexual en un puesto de jugos, preguntó por el mejor alimento para sus gatos en una tienda de comida de animales.
El congresita reconoce que su estrategia es “el sentido de pertenencia” y que lo voten por estas pequeñas charlas, pero un voluntario se suma a la conversación para corregir que su jefe tiene más para ofrecer. Iesid Rengifo cuenta que llegó hace unos años desde Tuluá, en el Valle del Cauca, para estudiar Administración de Empresas Agropecuarias y que se sorprendió cuando le dijeron que podía ir al estadio de Manizales sin preocuparse de que lo agredieran por ser barrista del América de Cali. Le contaron sobre Gómez y comenzó a admirar a un político que “no se dejaba encasillar” e iba en tenis al Congreso. “Defender esas pequeñas cosas de la identidad después sirve para lo grande. No es solo la inclusión de los barras, sino de otros grupos, como los LGBTI”, dice.

Una gran dificultad para Gómez es que no le es suficiente con conseguir unos 20.000 votos en su región, como los que lo llevaron a la Cámara de Representantes. Necesita apoyos en todo el país, donde es poco conocido. Liderar la lista y tener visibilidad en los debates televisivos no le garantiza una curul: su lista es abierta, los ciudadanos pueden votar a cualquier aspirante, y hay pesos pesados como el exsenador izquierdista Jorge Enrique Robledo y la representante por Bogotá Jennifer Pedraza.
Gómez defiende que era necesario arriesgarse. “Caldas ha perdido un montón de poder político: teníamos cinco senadores y hoy solo tenemos uno. Y solo somos dos candidatos con opción de llegar. Así que decidí lanzarme”, comenta tras el recorrido, al tiempo que enfatiza que su departamento necesita carreteras y un nuevo aeropuerto. Rechaza la idea de que “nadie lo conoce” en el resto del país. “Es feo que te digan que sos un ‘aparecido’. ¿Acaso no ser conocido te hace malo? Hay congresistas muy buenos que no salen en los medios de comunicación”, subraya. “Los medios nacionales entrevistan siempre a los mismos, a los que están toda la semana en Bogotá, incluso cuando uno es el autor del proyecto de ley”.
El centrismo
El barrista señala que siempre ha sido fiel a sus ideales de centro, pese a varios cambios de partido —inició en uno local, pasó a La U, terminó en el Nuevo Liberalismo—. “Le digo a la gente que cambie de partido todas las veces que sea necesario, pero que no cambie de convicciones. Me fui de La U cuando dejó de ser el partido de la paz, que era en lo que yo creía”, dice. Ahora es parte del movimiento fundado por el liberal disidente Luis Carlos Galán, candidato presidencial asesinado en 1989. “Él siempre fue un socialdemocráta irreverente, pero respetuoso. Retaba al viejo poder, a las maquinarias, sin recurrir a la violencia”.
El fútbol no lo hizo más pasional en la política, sino lo contrario. “Aprendí que la violencia verbal, simbólica, tiene consecuencias. Antes las barras nos la pasábamos insultándonos en redes sociales y luego, cuando nos veíamos, nos queríamos matar. También nos robábamos los trapos del equipo adversario y eso terminaba mal”, explica. “El fútbol tiene folclor, mofa, chiste. Pero no hay necesidad de insultar”, añade. En sus recorridos de campaña, es lo opuesto al imaginario de un barrabrava: habla bajito, es algo tímido, sus mensajes son de moderación. Los militantes de las campañas rivales lo saludan como si fueran amigos.
El candidato rechaza la polarización entre petristas de izquierda y uribistas de derecha. “No me gusta ni Iván Cepeda ni Abelardo de la Espriella”, dice en referencia al candidato del presidente y al aspirante ultraderechista. “Un discurso de odio cae mal en un pueblo como este, tan violento”, comenta. “Ya vivimos el estallido social, con colombianos matándose con colombianos en la calle. No quisiera que nuestro país llegue a una guerra civil”, añade. Para él, ser de centro es “la resistencia” frente a la polarización. “Hay radicalismos tan fuertes que ahora hasta vemos de centro a Paloma Valencia [candidata uribista], cuando no lo es”.

Esta mesura le ha traído réditos. Los aliados en ¡Ahora Colombia! se pusieron de acuerdo con que él encabezara la lista luego de meses de disputas por otros aspirantes de mayor perfil. “No es la figura de más peso político, pero nos unificaba. Es una persona muy conciliadora, que ha estado en posiciones democráticas y de apoyo a la lucha social”, señala por teléfono una fuente de la vertiente izquierdista de Dignidad y Compromiso. Gómez, por su parte, cuenta que siempre se ha llevado bien con los cristianos del MIRA: “No estoy de acuerdo con que se opongan al aborto, pero no les digo que son antiderechos. Les digo que los respeto. Jennifer Pedraza, en cambio, choca mucho con ellos y por eso no se sentían cómodos con ella”.
Los amigos de la barra
El barrista Jhon Jairo Vásquez se deshace en elogios a Gómez durante gran parte de una entrevista en la sede de la Fundación Voces de Aliento, que ambos fundaron para apoyar el trabajo social con los hinchas. Cuenta que muchos dudaron cuando su amigo quiso llegar al Concejo, pero que él insistió en que era importante que los escucharan en los espacios de poder de Manizales. “Nos veían como la plebe de la ciudad y él empezó a cambiar eso con sus charlas y el trabajo social”, dice Vásquez. Relata también que hace unos años su amigo invitó al líder de una barra rival a una fiesta en Manizales y que nadie, por más borracho que estuviera, se atrevió a agredirlo. Y asegura que, en el estadio, Gómez es otro más. “Entra, se quita la camiseta, y ya no se distingue que es congresista”.

Pero todos estos elogios tienen un matiz: Vásquez rechaza con vehemencia que su amigo apoye la candidatura presidencial de Juan Manuel Galán, que compite en una consulta con candidatos de derecha. “No vamos a votar a alguien que niega el genocidio en Palestina”, enfatiza. “Toda la barra vota en masa por Iván Cepeda en las presidenciales. Me golpearían si llamara a votar por Galán”, añade. Considera que su amigo está en el Nuevo Liberalismo por una cuestión “transicional”, para tener un espacio, y espera que no dude en una hipotética segunda vuelta entre los dos extremos. “Trabaja con las trans, con las drag queens, con los punkeros, con todos. Me imagino que obvio que va a votar por Cepeda antes que a Abelardo. Eso creemos todos”.
Gómez reconoce que le ha costado estar en el centro, o al menos más cerca de él que sus compañeros. “Los de extrema derecha me ven como un mamerto. Y los más mamertos me ven como un facho. Es muy particular la negación que hay hoy a la moderación”, afirma. Insiste, en todo caso, en su discurso conciliador. “Para mí, que he vivido tanto la violencia en el fútbol, tiene mucho sentido ser tranquilo y respetuoso”, dice. Después, mientras volantea en una esquina de Manizales y suena el instrumental de la barra para acompañarlo, enfatiza que eso es lo que puede aportarle a la política nacional: “Lo que quiero hacer en el Senado es buscar el punto medio. No ser la negación de los extremos, sino el que los congrega”.
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