Ir al contenido
_
_
_
_

Lucho Garzón, candidato al Senado: “El mesianismo y el culto a la personalidad hacen un daño terrible”

El exalcalde de Bogotá, cabeza de lista de la Alianza Verde-En Marcha, califica la propuesta de Constituyente del presidente Petro como “un carretazo” y un acto de campaña

Luis Eduardo Garzón, en su casa, en Bogotá, el 23 de febrero.NATHALIA ANGARITA

Luis Eduardo Garzón (Bogotá, 75 años) está de regreso a la primera línea de la política electoral. Sindicalista, alcalde de la capital de Colombia y ministro del Trabajo, ahora encabeza la lista de la coalición entre la Alianza Verde y En Marcha para las elecciones legislativas del 8 de marzo. Nunca lo convencieron de usar corbata, ni siquiera cuando gobernó Bogotá, y siempre pidió que lo siguieran llamando Lucho, como todos lo conocen con cariño. “Hay una posibilidad de que mi talante, mi actitud, ayude a que las reformas que han quedado varadas se puedan consolidar”, dice en esta entrevista concedida en su apartamento del Centro Internacional, en el centro de Bogotá, con vistas sobre el Museo Nacional, las Torres del Parque y el cerro de Monserrate. “Una de las cosas más complicadas que tiene la política, no solo en Colombia, es el mesianismo”, advierte. “El culto a la personalidad hace un daño tremendo”.

Su historia es conocida. De origen humilde, fue miembro del Partido Comunista y se forjó en la lucha sindical, por lo que suelen compararlo con el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. Después de una recordada candidatura de izquierdas en las presidenciales de 2002 –que ganó Álvaro Uribe–, conquistó la Alcaldía por el Polo Democrático. Bajo esa fuerza de izquierdas gobernó la capital entre 2004 y 2007, con los programas sociales como bandera, en especial Bogotá sin hambre. El Polo –un intento de unidad, al que también perteneció en su día el presidente Gustavo Petro– se fracturó después de su administración. Luchó se salió para encontrarse con otros dos exalcaldes de Bogotá, Antanas Mockus y Enrique Peñalosa, en el Partido Verde, que lanzó a Mockus para las presidenciales de 2010. Fue la recordada ‘ola verde’, que perdió con Juan Manuel Santos en la segunda vuelta. Después hicieron parte de la coalición de Gobierno de Santos, con Garzón como ministro de Trabajo.

Pregunta. ¿Por qué decide volver a los 75 años a la política electoral?

Respuesta. Yo no volví, me volvieron. Me pidieron que liderara una coalición que no terminara en colisión, por todos los egos y tensiones políticas. No creí que eso se fuera a dar, pero se dio. No me arrepiento de la decisión, hay que pelear contra el prejuicio del viejo. Todavía la lengua y la cabeza están funcionando, sincronizadas. Entonces, no veo por qué no pueda estar. Veo que hay una posibilidad de que mi talante, mi actitud, ayuden a que las reformas que se han quedado varadas, frenadas, se puedan consolidar y arreglar. Miré mi vida como sindicalista, mi gobierno. De los ocho años de Uribe, cuatro fueron conmigo [en la Alcaldía de Bogotá]. Los acuerdos con Juan Manuel Santos, un Gobierno al que entré por la paz. Santos y yo es como como champan con tamal, y ya sabemos quién es el tamal. Cuando hicimos la consulta de los ‘trillizos’, con Peñalosa y Mockus nos juntamos para hacer un ejercicio de confianza, y se logró. Y hoy siento que lo que necesita el país es gente que pueda sacar lo mejor de nosotros. Lo digo sin arrogancia. Me dieron la oportunidad y aquí estoy.

P. ¿Qué representan para Colombia y su futuro este escenario electoral fragmentado, polarizado entre los extremos que representan el presidente Petro y el expresidente Uribe?

R. Una de las cosas más complicadas que tiene la política, no solo en Colombia, es el mesianismo, que nos tiene fregados. Es la individualización de la política. Si tose Uribe o tose Petro, entonces hay que toser. Sus militancias actúan, de lado y lado, como en una religión, con fanatismo. ¿Por qué no milito en partidos? Porque son de garaje. Las consultas son un remedo, la recolección de firmas es otro remedo, a veces hasta negocio. En esas condiciones, yo trabajo por movimientos, como esta coalición, no por partidos. El mesianismo hay que romperlo. El culto a la personalidad hace un daño terrible.

P. ¿Qué tan dividida encontró la Alianza Verde entre petristas y antipetristas?

R. Antes eran tres egos, ahora son 57. Hay una tendencia de derecha que dice que es Bukele, una de centro que dice que es Mockus y una de izquierda que promovió que yo encabezara la lista y es como el 75% del total. Yo creo que el Verde tiene cosas muy positivas, han hecho un control político extraordinario. En temas del agua, de la Amazonía, de la Ley de competencias, de la propia reforma laboral, ha sido muy proactivo. Veo liderazgos muy fuertes, pero con mucho individualismo. Como ya dije, esto no puede ser una colisión, sino una coalición en la que me metí porque sigo pensando que se puede hacer un movimiento. El Verde tiene una opción importante, y una agenda tan contemporánea como el tema ambiental y climático.

P. ¿Como definiría a la coalición entre la Alianza Verde y En Marcha?

R. Yo trabajo por una centroizquierda. Para fortuna de la sociedad, Colombia ha logrado poner en el tapete una derecha que no le avergüenza reconocerse, una centroderecha que se refleja en una consulta propia, una izquierda que es nítida... pero la centroizquierda no está. Yo soy un reformista, un tibio progresista, una persona que cree que el tema no es la insurrección. Petro ama la espada de Bolívar, yo amo la paloma de la paz. Es una diferencia de fondo. Para mí, lo armado no existe. Le hice culto a los armados en los ochenta, y eso es un desastre, fue una década perdida para la izquierda. Desde los noventa, he planteado que el mundo necesita reformas progresistas. En eso ando, desde que fui alcalde, desde que fui dirigente sindical. Me la he jugado por la paz, con Santos, y con las víctimas, con Juan Fernando Cristo.

P. ¿Queda algo de aquel Partido Verde en el que usted se juntó con Mockus y Peñalosa?

R. Sí, queda mucho. Veo a ese influencer que es Jota Pe Hernández, que dice que es Bukele, y pienso que Peñalosa ha representado una posición de derecha civilizada, tranquila, pero que de alguna manera ve la seguridad como Jota Pe. Hay una gente de centro que reivindica esa historia de Antanas, que me parece supremamente sana: lo veo en Angélica Lozano –también en Claudia López, su esposa–, en Catherine Juvinao y Katherine Miranda, en Duvalier [Sánchez]. Y también una izquierda que se mueve entre apoyar y no apoyar a Petro. ¿Qué ha pasado? Uno no puede evadir responsabilidades o discusiones. Una persona tan importante en el partido como Carlos Ramón González, el fundador, en vez de bailar en la embajada en Nicaragua debería estar aquí en Colombia poniendo la cara. Es muy lamentable, pero lo veo como una oportunidad. Desde que entré, nadie ha impugnado mi vocería.

P. ¿Siente que su papel es el de sabio de la tribu?

R. La edad produce eso; lo he bautizado “con canas y con ganas”. Aquí estoy mientras la salud me lo permita.

P. ¿Cuál es su propósito en el Senado? ¿Cuáles serían sus banderas?

R. La primera es acuerdos. Y el acuerdo principal, de entrada, tiene que ser la reforma de la salud. Este país no tiene sino incertidumbre en ese tema. Aspiro a que, antes de llegar al Congreso, hubiese una reforma: amerita una emergencia económica sobre la salud, por la grave tragedia que se vive. Mi historia tiene que ver mucho con la lucha contra el hambre, que no es de un Gobierno, es un tema de Estado. Por lo tanto, otra bandera es la seguridad alimentaria, con comercialización e industrialización del campo, significa vías para sacar productos o importar insumos, y todo lo que significa hoy el medio ambiente, páramos y campesinos, entre otras cosas. Como tercer elemento, en mi opinión es muy difícil hacer un acuerdo de paz con los ilegales. Ya están empoderados, entonces toca desempoderarlos.

P. ¿Ve alguna razón para ir a una Asamblea Constituyente, como propone el presidente?

R. Ninguna. Eso es una vaina que se inventó Gustavo Petro considerando que es una herramienta para agitar lo que en la izquierda llaman las masas, ponerle pasión a la campaña presidencial y decir que el que no está conmigo es un reaccionario. Me parece una vaina absurda, sin sentido. Lo que hay que hacer es trabajar por las reformas. Uno busca mayorías y Petro no reconoce que el Congreso le ha pasado unas reformas interesantes. En educación, la laboral, ha podido funcionar económicamente con la tributaria de 2022… El único acuerdo importante que ha unido a los colombianos es el de la Constitución del 91. Es una Constitución de derechos, no de derechas.

P. Calificaba la Constituyente en un debate reciente como “un carretazo terrible”

R. Es un carretazo que se han echado para mover lo que llaman la izquierda, un acto de campaña. Hay que tener mucho cuidado en que la democracia participativa pierda legitimidad. No se puede utilizar, utilizar y utilizar hasta el punto en que la desvirtúa.

P. ¿Cómo evalúa al Gobierno de Gustavo Petro?

R. Me parece interesante haber colocado en la superficie la población vulnerable: los campesinos, los indígenas, los obreros. También que ha mirado hacia el campo. Además, rescato la manera como enfrentó el genocidio de Gaza, y fue muy importante lo que hizo con la reforma laboral. Pero me parece muy mal en política internacional, salvo lo de Palestina. No hay política internacional, entonces un día echa un discurso anti Trump, intenta quemar banderas gringas, y al otro día regala un librito. Eso muestra hasta dónde es cortoplacista la política internacional. También me parece muy grave lo de paz total y el tema de la lucha de clases. Uno no puede volver al empresariado un enemigo. El otro extremo trabaja el patriotismo, en una dinámica de fortalecerse sobre el odio al otro y buscar siempre un enemigo o un nacionalismo absurdo. Y hay un problema demasiado serio: Petro acabó la clase media, que no tiene interlocutor.

P. Usted fue líder sindical y también ministro del Trabajo. ¿Cómo recibe el aumento del 23% del salario mínimo para 2026?

R. Uno nunca puede estar en contra de recuperar poder adquisitivo de la gente, pero creo que es otro carretazo decir que está en riesgo ese aumento: es un derecho adquirido y nadie lo va a quitar. No lo van a perder, pero castiga a algunas poblaciones. Muy bien por los 3,4 millones de beneficiados, que son los de salario mínimo y la gente que tiene la posibilidad de tener la pensión con salario mínimo. Pero el que tiene un poquito más del salario mínimo está perdiendo poder adquisitivo, y en el otro lado estamos en la informalidad más complicada. Son el 53% de la población que está por debajo del salario mínimo. Este país requiere una cosa integral.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_