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Los suecos que buscan a sus madres colombianas 40 años después de sus adopciones: “Me robaron mi identidad”

Un informe gubernamental del país europeo reconoce que los procesos estuvieron plagados de irregularidades, desde el robo de bebés hasta documentos con información falsa

Cuando tenía ocho años, Markus Lidman se dio cuenta de que era distinto a los otros niños de Pitea, una ciudad en el norte de Suecia. Todos habían heredado el mismo color pálido de piel que sus padres. Él, en cambio, era moreno. “Decidí preguntarles si eran mis papás de verdad, y ellos me respondieron que me habían adoptado en Colombia en 1982. Se sentaron conmigo y me mostraron un video del orfanato”, recuerda. Había nacido con el nombre Luis Alberto Sánchez, en Cali, una ciudad calurosa a 11.000 kilómetros. Al igual que a otros 4.500 suecos nacidos entre 1970 y el 2000, sus padres colombianos lo habían abandonado. O al menos eso decían, sin detalles, los papeles de adopción.

A partir de la revelación, Markus empezó a sentir un vacío que perdura a sus 43 años. “Aparecieron preguntas a mi madre biólogica: ‘¿Por qué me abandonaste? ¿No era lo suficientemente adorable? ¿Tenías una adicción a las drogas y no podías cuidarme?”, comenta por videollamada tras terminar su jornada laboral como camarero en un pub. Cree que la falta de respuestas lo ha afectado en distintos momentos. “Sentí pánico de que las mujeres me abandonaran. Hacía todo para evitarlo. Y, cuando mis novias me dejaban, tuve intentos de suicidio”, cuenta antes de aclarar que está casado y tiene una hija. “Años después, consumí drogas e hice cosas estúpidas. Cuando tienes un agujero, lo llenas de mierda”.

Markus Lidman

Markus decidió buscar a su mamá. El problema es que solo tenía la escasa información de los documentos. “Lo único que dicen es el nombre de ella y creo que es inventado. Cuando lo busco en Google, solo aparece un inventor de los años 1900 con un bigote”, explica. Pidió ayuda en grupos de Facebook y allí conoció, hace un año y medio, a Mikael Kjelleros. Es una especie de celebridad entre los adoptados suecos: encontró a su madre colombiana en 2024 y ahora ayuda a otros. Él le recomendó hacerse un examen de ADN en MyHeritage, una plataforma que tiene datos genéticos de unas 10 millones de personas de todo el mundo. Tampoco funcionó.

Sin embargo, conocer a Mikael ha sido un gran cambio para Markus. Ambos son hijos de madres solteras, nacieron en Cali en los ochenta y estuvieron en el mismo orfanato, con padres adoptivos que se quedaron en el mismo hotel cuando los fueron a recoger. La diferencia es que Mikael ha encontrado a su madre y ella le ha dicho que no lo abandonó: al octavo día de nacido, fue al hospital a verlo en la incubadora y las enfermeras le dijeron que ya no estaba, que ya se lo habían llevado unos familiares. Markus se ilusiona con encontrar una respuesta similar. “Pienso que, al igual que en el caso de Mikael, algo malo sucedió conmigo y mi mamá”, comenta.

Un informe del Gobierno sueco, publicado en junio de 2025, refuerza estas sospechas. “Suecia cooperó con países en los que existían riesgos estructurales y aceptó procedimientos que no habrían sido aceptados dentro del sistema nacional”, se lee en el texto. Miles de mujeres en del Sur Global, desde Colombia hasta la India, fueron engañadas u obligadas a firmar papeles que consentían la adopción de sus hijos. Hubo niños declarados huérfanos sin serlo, pagos exorbitantes a intermediarios y documentos con datos falsos. Se registraron 60.000 adopciones entre 1969 y 2022, de las cuales Colombia fue el origen de 5.698. El pico fue en los ochenta, cuando todavía se permitían las adopciones privadas con abogados que tramitaban los papeles sin la supervisión del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF).

Mikael Kjelleros

Tobias Hübinette, profesor de Estudios Interculturales en la Universidad de Karlstad y adoptado en Corea del Sur, explica en una videollamada que el Estado sueco tuvo dos motivaciones principales para sumarse a las adopciones internacionales, fomentadas por Estados Unidos después de la Guerra de Corea (1950-1953). Por un lado, para proveer hijos a las parejas suecas que no podían tenerlos por razones médicas. Por otro, por la creencia de que así podía “ayudar a lo que llamaban ‘el Tercer Mundo’, que consideraban que estaba sobrepoblado”. “Al Estado no le importó que fueran adopciones corruptas porque pensaban que era para un bien mayor. Creían que estarían mejor acá que en países con guerras y pobreza”, explica.

Una portadora de niños

Helena Wager, nacida en Medellín en 1973, afirma una y otra vez que tiene una vida feliz. “Tengo tres hijos, un marido desde hace 28 años, una nieta. Soy profesora de yoga, doy clases. Soy una mujer muy feliz. Con una familia maravillosa, con amigos maravillosos. No tengo nada de lo que quejarme”, enfatiza en una videollamada desde su carro, abrigada por el frío de Estocolmo en invierno. Cuenta también que sus padres adoptivos la apoyaron en todo. Después, llega lo que la agobia desde que era adolescente y que se acentuó cuando tuvo hijos: “El único dolor que siento es la desconexión con mi historia. Hay algo en mi corazón, como un sentimiento de soledad, algo genético. Necesito conocer qué pasó conmigo y con mis padres colombianos”.

Documento colombiano para salir del país, de Helena Wager.

Hace un resumen rápido de su historia. “Me apartaron de mi madre apenas nací, porque aparentemente ella no podía cuidarme. Me llevaron a un convento de monjas y luego una ‘portadora de niños’ para familias europeas vino por mí. Ella me trajo a Suecia y mis padres adoptivos me recogieron en el aeropuerto. Lo más enfermizo es que hace unos años hice un examen de ADN y salió que soy prima segunda de un amigo al que ella también trajo”, cuenta. Eso es lo único que sabe. La mujer que la llevó a Suecia podría haberla ayudado, y no lo hizo. “Ahora tiene 85 años y demencia. Pero, cuando era adolescente, le escribí cartas muy duras. ‘Yo sé que tú sabes, seguro conociste a mi mamá, seguro sabes todo’. Nunca me dijo nada”.

Ha acumulado malas experiencias en su búsqueda. “Hay muchas estafas, gente que te dice que te va a ayudar, te pide dinero, y luego desaparece. Llevo 25 años en esto”, afirma. Después, conoció a Mikael en un grupo de Facebook y decidió confiar en él. “No esperaba que se contactara conmigo, pero lo hizo sin pedirme nada a cambio”, dice Helena. Aunque son escasas sus posibilidades de éxito —no tiene ningún nombre que buscar—, se mantiene optimista. “Confío en Dios. Él define si encontrar a mis padres es mi destino o no”, comenta.

Helena Wager.

A diferencia de Markus, Helena ha aprendido español y siente una conexión mayor con su país de nacimiento. “Me identifico como colombiana y latina. No conecto con los suecos. Mientras que, apenas veo o escucho a un latino en una tienda, me emociono y me siento en casa”, relata. “Ahora sé jugar dentro de los códigos suecos mejor que cuando era una niña: trato de ser normal, no llamar la atención, incluso me pongo pálida en el invierno. Pero, con mis amigos cercanos, soy latina. Soy como el sol acá, esparciendo mis tentáculos de luz y calidez”. Ha estado en Bolivia y Costa Rica, pero no quiere visitar Colombia hasta encontrar a algún familiar. “Sería como volver a una casa vacía”, dice.

La bandera tricolor

Marisol Cortés, una cuidadora de personas con discapacidad, es la que más enfatiza su identidad colombiana. “Cuando era adolescente, siempre me hacían comentarios racistas por mi cabello. Yo no sentía una conexión con los suecos. Así que algo me dijo que tenía que acercarme a mi gente, a los latinos”, cuenta en una videollamada. Enfrentó a su madre adoptiva para aprender español. “Se enojó mucho. ‘¿Por qué harías eso? No deberías’, me dijo. Le respondí que no me importaba y fui a la biblioteca a buscar libros. Puse un pizarrón con palabras en mi cuarto y fui aprendiendo”, recuerda. Muestra la bandera tricolor que tiene en su cuarto. “De todas las cosas que tengo, es la que más orgullo me da. Me recuerda mi pasado. Es algo que nadie me puede quitar”.

Lo único que sabe de su historia es que un policía la encontró en un contenedor de basura en Bogotá hace 43 años, el 15 de mayo de 1982, y que heredó su apellido de él. La adoptaron un constructor y una trabajadora de un banco. “Les pido más información, pero no me ayudan. ‘Ya hemos hablado de esto, tienes todos los documentos’, es todo lo que dicen. No les creo. Siento que me ocultan algo”, relata. Al igual que Helena, ha tenido malas experiencias en sus búsquedas: una mujer del suroccidente de Colombia la contactó hace años y luego no le respondió. “Quizá me entusiasmé demasiado y la asusté. Le escribí de nuevo y me bloqueó”.

Marisol se ha preparado para el rechazo de su familia colombiana. “Si no me quieren, está bien. Pero al menos necesito encontrar mis papeles, saber la verdad. Siento que así podré juntar todos los pedazos y por fin sentiré paz”, dice. Su objetivo, ahora que sus hijos se han independizado, es comprar una casa en Colombia y vivir seis meses en cada país. “Puede parecer extraño y quizá tampoco pertenezca allá, pero algo me dice que voy a sentirme mejor que acá”, dice. “Es mi vida y no me interesa lo que digan. Yo nací en Colombia y voy a morir allá”.

Un país expulsor

Susan Branco, experta en adopciones transnacionales de la Universidad de Palo Alto (Estados Unidos) y adoptada desde Colombia, comenta en una videollamada que varios factores hicieron que el país sudamericano empezara a entregar niños a parejas extranjeras a finales de los sesenta. “La Iglesia católica, que tenía una posición importante, sentía que tenía que hacer algo ante tantos chicos en las calles. Y empezaron a promover las adopciones internacionales, que veían como una mejor opción a incentivar la planeación familiar”, explica. Tomó fuerza una narrativa, señala Branco, en la que las parejas europeas o norteamericanas eran “responsables”, mientras que las personas con carencias económicas en Colombia eran “irresponsables”.

El sistema pronto se corrompió. Helí Abel Torrado, abogado especializado en Derecho de Familia, cuenta por teléfono que él solía criticar a varios de sus colegas. “Se la pasaban a la caza de niños que estuvieran por nacer. Cogían a una campesina, a una empleada del servicio doméstico, y le daban protección hasta el alumbramiento para que firmaran las autorizaciones”, afirma. Ya en 1981, The New York Times relataba cómo se había descubierto “una trama multimillonaria en la que cientos de niños pobres de los Andes eran secuestrados, comprados a sus madres y vendidos con certificados falsos a parejas sin hijos en Estados Unidos y Europa”. El entonces director del ICBF, Juan Jacobo Muñoz, reconocía los problemas: “Los abogados prefieren darle el niño a una pareja europea que paga 10.000 dólares en vez de a una colombiana que paga mucho menos, y en pesos”.

Colombia tomó medidas a partir de finales de los ochenta: aprobó un nuevo Código del Menor en 1989, que concentró en el ICBF la potestad para autorizar las adopciones, y ratificó el Convenio de La Haya sobre Adopciones Internacionales en 1998. Después, en 2012, un trabajo periodístico de Caracol Televisión denunció que el ICBF mantenía prácticas como declarar el abandono de manera prematura. “Odio al Bienestar Familiar por negarme una segunda oportunidad para demostrar que sí podía criar a mi hijo”, aseguraba una mujer. La entidad rechazó las acusaciones y señaló que había protocolos para determinar si los padres biológicos mostraban compromiso. Al año siguiente, terminó con todas las adopciones internacionales de niños menores de seis años que no tuvieran una discapacidad.

El abogado Torrado matiza que muchos padres sí abandonaron a sus hijos y que difícilmente lo reconocerían. “Dejaban niños envueltos en papel periódico en cualquier esquina. ¿Qué era mejor entonces? ¿Dejarlos en un orfanato del ICBF con una lista de espera larguísima para adopciones nacionales o dárselos a parejas extranjeras?”, apunta. Enfatiza, además, que hoy hay procedimientos que garantizan un consentimiento informado y un periodo para arrepentirse. El experto sueco Hübinette cuestiona las adopciones internacionales incluso si son regulares. “Solo tienen en cuenta la perspectiva económica, y eso es muy ingenuo. Hay aspectos psicólogicos, como el racismo”, opina. La estadounidense Branco añade que conocer la identidad “es un derecho humano que le sacaron a mucha gente sin su consentimiento”. “Negarlo produce problemas de salud mental a lo largo de la vida”, subraya.

El ICBF declinó hacer comentarios para este reportaje y señaló que se trata de casos que sucedieron hace décadas.

El reencuentro de Mikael y Diana

Diana Muñoz tuvo a su primer hijo el 31 de diciembre de 1984 en Cali. Tenía 18 años, trabajaba en un restaurante, y el papá del niño se había desligado de sus responsabilidades. “Me dieron salida del hospital, pero al bebé lo dejaron en una incubadora y tenía que ir todos los días a verlo. Al octavo día fui y ya no estaba. Me dijeron que la mamá se lo había llevado. ¿Y cómo? Si la mamá era yo”, relata por teléfono. Lo único que pudo hacer fue presentar una denuncia que juntó polvo durante años. “No era como es ahora, que puedes ir a pedir ayuda a muchas instituciones. Hace 40 años, ibas a la Policía y era lo que ellos pudieran hacer”, comenta. “Ni siquiera llegué a ponerle nombre. ¿Cómo buscas a una persona sin nombre?”.

Volvió a saber de su hijo cuatro décadas después, en septiembre de 2024, cuando vivía en España con dos hijas mayores. Leyó en Facebook un mensaje de Mikael Kjelleros, un hombre sueco que buscaba a una Diana Muñoz que tenía 32 años cuando lo tuvo el 31 de diciembre de 1984. La edad no coincidía, pero decidieron hacer una videollamada en la que ella supo en segundos quién era él. “Creo que eres mi hijo porque te pareces mucho a mi padre”, le dijo. Él dudaba, temía una estafa. Se hicieron un examen de ADN que confirmó que eran madre e hijo, y se reencontraron en Madrid unas semanas después.

Ambos están contentos, pero reconocen que no ha sido fácil establecer una relación. “Todavía no tiene confianza conmigo para muchas cosas. Cuando estuve en Suecia, me di cuenta que allá la gente es muy fría, enseñados a ser para ellos solitos. Toca poquito a poquito”, explica Diana desde Valencia. Mikael dice algo similar desde Estocolmo: “Yo hablo español, pero ella habla muy rápido y a veces no nos entendemos”. “Cuando nos vemos, siento que hay aprovechar al máximo un tiempo muy limitado. Eso es estresante”, añade.

Mikael está enojado con el Gobierno sueco, con el colombiano, con el orfanato. “Me robaron 40 años de mi madre. Aunque estamos juntos de nuevo, nuestra relación no es la misma que la que tiene con mis hermanas, ni va a serlo nunca. La gente no entiende que mi identidad, con mi idioma y mi cultura, se perdieron”, explica. En su caso, es aún más frustrante haber tenido una mala relación con su madre adoptiva. “Me sacó del otro lado del mundo y enseguida perdió el interés”, dice. No entiende cómo durante tantos años sus conocidos le dijeron que estuviera agradecido de estar en un país rico como Suecia, ya que en Colombia “hubiera estado en la calle”. “No era cierto: mi mamá y mis hermanas han tenido una buena vida”, apunta.

Trabaja como empleado municipal en Estocolmo y tiene poco tiempo, pero ha decidido ayudar a algunas de las personas que lo contactan. “No puedo prometerles nada, pero los escucho: es importante que vean que alguien que ha estado en la misma situación los entiende”, dice. Ha conseguido, además, ponerse en contacto con madres colombianas que buscan a sus hijos. Quiere que Colombia abra una investigación como lo hizo Suecia, se disculpe con los adoptados, y provea más apoyo a quienes buscan a sus familias —dice que, en su caso, el ICBF se demoró más de un año en responderle y no hizo nada—. Y, sobre todo, quiere que Suecia cumpla con las recomendaciones que hizo el informe gubernamental del año pasado. “Que terminen con todas las adopciones internacionales. No pueden garantizar que los niños lleguen aquí sin procesos irregulares”.

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