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Supervivientes del suicidio: el duelo que no se nombra

La muerte por voluntad propia suele provocar un reguero de tristeza, desconcierto y sentimiento de culpa en los seres próximos a la persona fallecida. Una brecha difícil de curar y no siempre bien entendida

Nadie está preparado para sobrevivir a la muerte por suicidio de un ser querido. El final de una vida para quien muere implica, para quienes se quedan, el comienzo de un proceso duro, solitario y excepcional. Un duelo que rara vez encuentra palabras, espacios o reconocimiento social suficientes. En España, cada día, 11 personas mueren por suicidio. Detrás de cada una de esas muertes hay familias, amistades, parejas y entornos cercanos que continúan viviendo con una pérdida que no suele tener lugar en el relato público del sufrimiento.

Desde hace años utilizamos el término superviviente de suicidio para designar la realidad de aquellas personas que han experimentado la muerte por suicidio de una persona cercana. Decimos que son supervivientes porque esta situación obliga a atravesar un duelo específico y distinto al resto de las experiencias de pérdida, marcado por un profundo malestar y una intensa experiencia de soledad.

Uno de los elementos principales que lo vuelve diferente es el complejo sentimiento de culpa que habita en las personas que se quedan. Para muchas, los “¿y si…?” ocupan todo el espacio mental, haciendo que seguir adelante con el día a día de forma funcional se vuelva un muro difícil de atravesar. Cuanto mayor es la proximidad afectiva de la persona superviviente, mayor es el autoescrutinio al que se somete: “Debería haberme dado cuenta”, “debería haberlo hecho diferente” o “si hubiera actuado de otra manera, habría sido evitable”. Esta profunda culpa produce una brecha interna continua que impide que la herida se vaya cerrando.

Además, la vergüenza derivada de muchos mitos, falsas creencias y lagunas de conocimiento libre de sesgo se internaliza. Ideas como que “solo cometen suicidio las personas débiles” o que “si alguien fallece por suicidio es porque no se sentía querido”, que desafortunadamente siguen vigentes entre gran parte de la población, hacen que muchas personas supervivientes vivan con vergüenza la situación. Los fallecimientos de seres cercanos siempre son dolorosos y compartir nuestras emociones al respecto puede ser difícil e incómodo. No obstante, tenemos la certeza de que frente a la muerte por una enfermedad física o por un accidente de tráfico, por ejemplo, nadie nos devolverá un juicio moral sobre la fortaleza de quien ya no está o sobre nuestro papel en la tragedia. Sin embargo, la mayoría de las personas afectadas por el fallecimiento por suicidio de alguien cercano sienten que no disponen de espacios seguros ni comprensivos en los que expresar su dolor, lo que reduce al mínimo la posibilidad de sentir apoyo y sostén en la comunidad.

Junto con la culpa y la vergüenza suele coexistir la ambivalencia emocional. Podemos transitar entre emociones fuertes de amor que se experimentan en forma de profunda tristeza, echar en falta a la persona fallecida, sentir nostalgia o necesitar hablar de ella y emociones de profundo enfado, que tienen que ver con todas aquellas preguntas que no lograremos responder, con las dudas y los “y si…” o con la dificultad de encontrarle una explicación racional o un sentido a lo sucedido.

El hecho de que se trate de un duelo excepcional no implica que sea un proceso patológico o clínico. Su excepcionalidad apunta, más bien, hacia las consecuencias directas de transitar una pérdida bañada en estigma, silencio e invisibilización. Pero ¿no es la evitación de la temática y el silencio con el que con frecuencia tropezamos una forma social de abandono hacia todas las personas supervivientes?

Al contrario de lo que en muchas ocasiones pensamos, acompañar no necesariamente exige respuestas correctas ni palabras exactas. Requiere, más bien, de presencia y disponibilidad para escuchar sin prisas y sin intentar curar el dolor demasiado pronto. Acompañar es no pedir explicaciones, no buscar culpables, no exigir fortaleza ni una recuperación ejemplar. Es permitir que la persona pueda navegar el proceso de la forma en que pueda hacerlo. Es facilitar espacios en los que nombrar a quien murió sin miedo a incomodar, en los que repetir su historia tantas veces como se necesite y en los que expresar emociones contradictorias sin ser corregida. Facilitar el acompañamiento implica también aceptar que este duelo no tiene tiempos normativos, que no siempre conduce a un aprendizaje visible y que no se resuelve con mensajes de esperanza prefabricada.

Vivimos en un contexto cultural que tiende a individualizar y simplificar el malestar. La conducta suicida desafía esa lógica, revelando que detrás de una muerte por suicidio no hay una causa única ni un único responsable, sino la expresión de un fracaso colectivo a la hora de aliviar y acompañar el dolor que los seres humanos podemos habitar. La red de relaciones que queda afectada tras una muerte por suicidio necesitará de ese cuidado y de ese acompañamiento que, como sociedad, todavía no siempre sabemos o no siempre nos atrevemos a ofrecer.

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