Adelgazar: el propósito de año nuevo de miles de niñas
La extrema delgadez se cuela entre las más pequeñas como parte de “un plan del patriarcado”. “No es para adelgazar. Es para empequeñecernos”, dicen las expertas


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“Hoy no como postre que me pasé en Navidades”. “Qué guapa estás, adelgazaste mucho, ¿no?”. “Esta camiseta no me la pongo hasta que vuelva al gimnasio que se me marcan los gorditos”. “Los jeans no los tiro porque cuando adelgace seguro que me entran”. Estoy segura de que todas hemos dicho o pensado algo así. Muy probablemente también fuimos alguna vez niñas que escucharon a sus hermanas, tías o a su madre ansiando un cuerpo que no tienen y comparándolo con el de otras. Detrás de ese runrún que nos persigue hay sectores gigantes que se lucran: la cosmética, la cirugía o el de la cultura fitness. Pero a Lucrecia Ramírez Rastrepo, psiquiatra colombiana, hay uno que le preocupa especialmente: el patriarcado. “Ellos, felices de mantenernos ocupadas en bobadas. Si te sometes a la delgadez extrema, quedas lista para someterte a cualquier otra cosa”, lamenta.
Esta presión empieza cerca de los seis años. Cuando las niñas comienzan a entender que la sociedad aplaude a las que tienen el vientre plano y las piernas delgadas: el 90-60-90, la que aguanta la respiración en la foto, la chicflic de cambios radicales, el comentario de qué dieta estás haciendo que estás guapísima, el anuncio en Instagram… A esa edad las niñas asocian delgadez con belleza y aceptación. “Cuando llegan a la adolescencia lo único que les importa es encajar. Y para entonces ya saben perfectamente cuál es la condición para hacerlo”, explica Ramírez.
Ahí empieza un círculo del que una no se acaba de zafar del todo, ni con toda la crítica feminista en vena. Ramírez lo llama el Proyecto Delgadez, esa conspiración capitalista que nos incrusta a diario la ecuación de “flaquita + bonita = feliz”. “Y a la sociedad le interesa engancharlas en esta dinámica desde pequeñas”, cuenta. Así aumenta el número de clientas -las también conocidas como Sephora kids- y esclavas de la comparación. “No es para adelgazar. Es para empequeñecernos”.
Una de las consecuencias más aplastantes de la tiranía de la belleza es la demanda de cirugías estéticas a muy temprana edad. El cirujano Ernesto Barbosa, expresidente de la Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica Estética y Reconstructiva, asegura que a su consulta llegan adolescentes de 14 y 15 años (que acompañan a sus madres) a preguntarle por aumento de senos, operaciones para adelgazar y cirugías para achicar la nariz, muy a menudo. “Yo muchas veces las derivo al nutricionista y les digo que esperen para ciertas cirugías a que su cuerpo se termine de formar”, explica por teléfono. “Sí he hecho muchas rinoplastias a niñas de 16, que es cuando su cara ya está formada. Igual que las orejas en asas. Esas operaciones las hago para evitar el bullying”, reconoce. En muchos países de la región se permiten las otoplastias -una cirugía que modifica la forma o la posición o el tamaño de las orejas- desde los 5 o 6 años.
A Ramírez, sin embargo, le parece inconcebible que las operaciones sean una herramienta contra el acoso escolar y que no se apueste por el refuerzo de la salud mental de los niños y niñas. “Los cirujanos se aporpiaron del discurso feminista y hablan en clave de que te guste tu cuerpo, pero existe una objetualización en el sector de querer arreglarte como si fueras un florero. Hoy la nariz, mañana los senos, después una liposucción… Yo trabajo con el autoestima y los cirujanos se lucran de quien no tiene”, critica.
Lorena Beltrán lleva 10 años haciendo activismo de la cirugía plástica segura y dice “no querer satanizarla”. Desde que en 2015 fue víctima de una negligencia médica en una operación de reducción de senos, ha dedicado su día a día a señalar a médicos embusteros, reflexionar sobre la presión estética y alertar de cómo esta se cuela cada vez más entre las más pequeñas. “Las modas permean en las menores de una manera dramática. Pasamos de la era del body positive a ver de nuevo en tendencia la extrema delgadez”. Los cánones de belleza van cambiando y, cuentan los tres especialistas, las mujeres se adaptan a ellos, en mayor o menor medida. Uno de los ejemplos más evidentes, coinciden Barbosa y Ramírez, es el aumento de la demanda de retiro de prótesis mamarias e implantes de glúteos, ahora que la exuberancia está desfasada.
“El feminismo habla sobre amor propio”
Ni en Colombia, ni Brasil, ni Ecuador tienen una legislación que prohíba estos procedimientos a menores de edad. En una gran parte de países de la región, basta con la autorización de ambos padres para una intervención quirúrgica. La muerte de Paloma Nicole, una adolescente de 14 años que fue sometida a una cirugía plástica de implantes mamarios, está impulsando en México una normativa que impida que menores de edad accedan a los procedimientos y volvió a encender el debate dentro de los movimientos feministas.
La lucha de las mujeres ha servido para señalar lo que antes pasaba desapercibido. La opinión constante de cuerpos ajenos, los comentarios gordofóbicos... “Estamos abriendo las conversaciones sobre el amor propio”, celebra Beltrán. “El feminismo nos permitió entender que la belleza de Barbara Streisand no se la va a opacar la nariz. Al contrario, es su seña de identidad. ¿Cuántas niñas y mujeres se operan para quedar iguales?“, se pregunta.
Para la psiquiatra y profesora jubilada de la Universidad de Antioquia, sin embargo, la presión estética no reciben la atención que merece dentro del feminismo “porque no se conocen bien los impactos que tienen”. Además de los trastornos alimentarios y la depresión, Ramírez apunta a la disrupción del desarrollo social a largo plazo. “Si en la adolescencia pasaste años obsesionada con tu físico o dejando de comer, diez años más tarde es muy probable que tengas dificultades con tus habilidades sociales, con la gestión de las emociones e incapacidad de poner límites”, lamenta. “Estas mujeres inseguras son la consecuencia del plan del patriarcado”.
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