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Trabajo sexual
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Poner el cuerpo para salir de Venezuela, relatos de mujeres migrantes en la frontera

El dicho popular dice cruelmente que después del petróleo, lo que más exporta Venezuela son mujeres “bonitas”. Traficar con sus cuerpos se volvió paisaje

Mujeres Venezuela

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Pocos días antes de las fiestas navideñas, Laura vendió las pocas pertenencias que cargaba con ella después de casi diez años como migrante en Cúcuta, Colombia. Entregó su vivienda de alquiler y se subió a un autobús con destino a su natal Acarigua, Venezuela. Había escuchado que la situación económica en su país estaba mejorando, que ya había comida en los supermercados. “Tenía la esperanza de quedarme, pero no pude sostener a mi familia con cinco dólares semanales. O le daba medicamento a mi abuela enferma o de comer a mis tres hijos”, cuenta ahora desde un local de venta de arepas en la capital del Norte de Santander. Es su primer día de trabajo.

Sin dinero ni hogar, Laura, de 32 años, deshizo el camino transitado apenas unas semanas antes. Esta vez, la emoción del viaje se transformó en un fuerte temor por un mensaje posteado en sus redes sociales: “Venezuela ya es libre”. Poco después, la Policía de la República Bolivariana se presentó en su casa. Una vecina la había denunciado. Evitó la detención gracias a tener su teléfono descargado. “Allá no hay libertad de expresión, no hay nada”, asegura. No lo pensó dos veces. Borró todos los WhatsApps, puso la tarjeta SIM colombiana y retornó a Colombia. En la frontera, los guardias venezolanos le pidieron dinero. No tenía. “Te revisaban el celular, las maletas y vi como sacaban a tres personas de la buseta”.

Al cruzar el puente fronterizo, el recuerdo del momento más duro de su primer exilio le sacudió desde las entrañas. “Cuando llegué tuve que vender mi cuerpo para darle comida y techo a mis hijos. Eso fue lo más duro”. Ni dejar atrás a los menores, el más pequeño de seis meses, ni dormir en la calle ni el hambre de aquellos días… Es su cuerpo el que guarda la memoria más hiriente. “Me tocó muy duro. Soy mamá y papá”. Con la mirada ausente se resiste a volver ahí: “Si me tocara… tengo que darles de comer”.

Su historia es un eco que se repite a lo largo de los 2.200 kilómetros de frontera. Mujeres migrantes venezolanas –muchas menores de edad– que son captadas por los grupos armados ilegales que operan en la región con el fin de explotarlas sexualmente. Controlan sus cuerpos como controlan el territorio y las rutas del narcotráfico: a través de la violencia y el miedo. “Me dijeron que mi cuerpo sería lo que pagaría mi estadía. Desde ese momento quedé atrapada. Estaba en lugares controlados por grupos armados, verdaderos campos de terror”, es el relato de denuncia de Diana*, migrante de 32 años. “Estábamos sometidas a violencia sexual constante y explotación, teníamos que lavar sus uniformes y preparar sus comidas”.

Las mujeres migrantes tienen mayores probabilidades de caer en las redes de trata, un delito que se ha agudizado en los últimos años en Colombia. “Llegan en condiciones de extrema vulnerabilidad. La mayoría son las cuidadoras de sus familias. Muchas han sufrido abusos sexuales en sus infancias”, señala Alejandra Vera, abogada y fundadora de la Corporación Feminista Mujer Denuncia y Muévete.

La Defensoría del Pueblo reveló en 2024 que el 74% de los casos de trata de personas registrados en Colombia fueron con fines de explotación sexual. Villa del Rosario, un barrio popular de Cúcuta es, según las organizaciones feministas que trabajan por la erradicación de este delito, el mayor burdel a cielo abierto y principal entrada para la trata en América Latina. “De acá se sacan mujeres colombianas y migrantes al resto del mundo, sobre todo a España”, denuncia Vera.

Kate, de 31 años, fue la primera de su familia en salir de Venezuela. Era 2016, su hija todavía no había cumplido los cuatro años y la escasez arreciaba. Fue engañada por una mujer colombiana que le quitó sus documentos y la obligó a prostituirse. “Mi tortura más grande fue un mes y medio”. Para salir de la explotación tuvo que pagar. “No estoy bien. Fue una afectación tan grande que no podía ni dormir. Comencé a automedicarme y me volví dependiente”.Silecio. “Cuando tú eres víctima de esa violencia… para poder sanar necesitamos mucho apoyo psicológico”, reclama.

Entre 2018 y 2023, el ministerio del Interior registró como víctimas de explotación sexual a 147 migrantes venezolanas. Las cifras no reflejan la realidad. El subregistro se debe, explica Vera, a la falta de voluntad política para hacer frente al delito. “El Gobierno de Venezuela difícilmente va a querer hacer algo por estas mujeres. El Gobierno colombiano les da la espalda. Están en un limbo total”. Se suman también las amenazas que viven las víctimas por sus captores a la hora de denunciar: “No solo las prostituyen; las extorsionan, las abusan, las obligan a participar en delitos de microtráfico”.

En un intento por sanar, ayudando a otras a recuperar la autonomía de sus cuerpos, Kate fundó el Movimiento de Mujeres Mercedes Abrego. Una labor que la puso en peligro. Hace unos meses encontraron una granada en su terraza. Su familia le reclamó que se quedara en Venezuela durante su visita en diciembre. Recuerda que lloró de felicidad la madrugada del 3 de enero. Los noticieros locales no informaban de lo que estaba pasando dentro del país, pero los mensajes de WhatsApp se acumulaban. Tardó en creerse la noticia. “Más allá de cualquier postura política, las mujeres siempre somos las más vulnerables en estos contextos de conflicto y desorden institucional”, dice. La situación socioeconómica y política de su país genera que miles de venezolanas caigan en reclutamiento y redes de trata.

Sostenida por un par de muletas y sobre una sola pierna, Martha* baja con destreza por la terrosa ladera donde está cobijada después de que las lluvias arrasaran con su vivienda, en un poblado improvisado por la diáspora venezolana. Se gana la vida pidiendo en las calles. Cruzó a Colombia hace seis años como “mochilera”, caminando desde Mérida. Tras la muerte de uno de sus hijos en un hospital venezolano, llegó a Cúcuta por una falsa oferta de trabajo, pero la forzaron a prostituirse. Evita hablar de aquellos meses. Ahora dice sentirse “empoderada y regia” pese a no tener una estabilidad económica. “En mi país no lo pude lograr, pero mi meta es tener un espacio donde cobijar a todas las mujeres que han sido víctimas de estas violencias”, sueña en voz alta.

Para ella, la captura de Nicolás Maduro fue una alegría, pero se muestra cautelosa al pensar en un posible retorno. “Extraño mi país, pero sé que esto no se va a solventar de hoy para mañana”. Sin embargo, se le escapa la esperanza entre los labios pintados de carmín: “Venezuela ha estado en la oscuridad mucho tiempo, ya es hora de que vea la luz”.

El dicho popular dice cruelmente que después del petróleo, lo que más exporta Venezuela –el país de los concursos de belleza– son mujeres “bonitas”. Traficar con sus cuerpos se volvió paisaje en las zonas fronterizas. Según Vera, muchas creen que la explotación sexual es la única oportunidad para las mujeres pobres, migrantes, desplazadas. Esas vulnerabilidades dificultan que ellas mismas se reconozcan como víctimas y poder así activar las rutas de salida para restaurar sus derechos. “Los tratados internacionales dicen que, en toda zona de frontera, debe abordarse la prostitución como trata”.

Al otro lado del teléfono, Kate observa una de las paredes de su casa. “Lo llamo el tablero de los sueños”. Son frases y aprendizajes de su formación como lideresa. “Mi sueño es poder llevar todo este conocimiento a Venezuela, trabajar desde allí por erradicar estas violencias contra las mujeres”.

*Los nombres reales han sido modificados para salvaguardar a las víctimas.

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