Sin etiquetas ni expectativas concretas: ¿hay un cambio de paradigma en las relaciones sexuales de las mujeres?
Ya sea por apertura de miras o por experiencias pasadas fallidas, cada vez más personas deciden que lo monolítico no es para ellas. Pero si hay una evolución hacia la fluidez en los gustos, esta no es fácil de explicar ni es caprichosa, sino que implica factores genéticos, sociales y culturales

Para María Álvarez, residente en Madrid, estar con una persona del mismo sexo es lo mejor que le ha pasado. “Ojalá lo hubiera hecho antes”, suspira. Después de una vida de relaciones con hombres y de una reciente ruptura con ingredientes de novela negra, este descubrimiento ha sido una bendición. Ha encontrado “el cuidado de pequeños detalles”. Y resuelve: “Creo que necesitaba algo así”. La periodista Esther Yáñez es otro ejemplo. Hasta hace nada, solo había tenido experiencias sexoafectivas con hombres. Pero eso se desvaneció cuando conoció a una mujer y, poco a poco, mensaje a mensaje, empezó “a sentir cosas”. “Solo había tenido algún rollo pasajero antes, sin acostarnos, y salió muy natural, muy bonito”, rememora, destacando una comprensión “especial” y diferencias lógicas a “nivel físico”. “Fue algo nuevo, pero sé lo que busco, lo que necesito, en un compañero o compañera de vida. Y, en ese sentido, me da igual lo que seas. No me guío por el género, sino por la persona”, remata.
Tanto Álvarez como Yáñez huyen de las etiquetas a la hora de orientar su identidad, pero tienen claro que lo monolítico ya no es para ellas. Y puede que para muchas otras mujeres tampoco: ya sea por apertura de miras o por las fallidas expectativas hacia el género masculino, parece que se está produciendo un cambio de paradigma. Un cambio difícil de explicar que no conviene estereotipar o simplificar. No es algo caprichoso. Implica factores genéticos, sociales y culturales.
Una de las teóricas más importantes al respecto es Lisa M. Diamond, que remite por correo electrónico a su estudio Sexual fluidity. Understanding women’s love and sexuality, de 2009 (en español se traduciría como: Fluidez sexual. Entendiendo el amor y la sexualidad de las mujeres). Según la psicóloga estadounidense, “la sexualidad femenina no sigue siempre un camino lineal. Para muchas mujeres, el deseo se organiza en torno a conexiones emocionales concretas, con independencia del género”.

Diamond apunta que “una mujer puede autoidentificarse como heterosexual y, sin embargo, experimentar atracción o mantener relaciones con otras mujeres a lo largo de su vida”. La profesora de la Universidad de Utah habla de que “algunas mujeres no se enamoran de un género, sino de personas” y de que “el género es solo una parte de esa persona”. Según calcula, dos tercios de las mujeres no heterosexuales cambiaron su identidad sexual en 10 años. Y señala otro elemento fundamental: “Cuando el entorno es más aceptante, las mujeres se sienten más libres para explorar y reconocer deseos que antes permanecían ocultos, incluso para sí mismas”.
No es la única que ha percibido este fenómeno. Un reportaje publicado por The Guardian en 2019 ya exponía que, según una encuesta de YouGov, un 54% de la población entre 18 y 24 años en el Reino Unido no se identificaban como 100% heterosexuales. Y destacaban que uno de cada cuatro jóvenes heterosexuales no descartaba una relación homosexual si aparecía la persona adecuada. Jezz Palmer, uno de los consultados, lo resumía así: “Siempre describo mi sexualidad como: ‘Si tienes buen cabello y ojos bonitos, me interesa’. No es que el género no importe, pero es una cuestión secundaria”.
La BBC trataba de analizarlo bajo una perspectiva contemporánea y global. “Los expertos creen que hay muchos factores que contribuyen a esta progresión, especialmente los cambios en el clima social que han permitido a las mujeres romper con los roles e identidades de género convencionales”, decían en un reportaje encabezado por esta pregunta: ¿Por qué más mujeres que hombres se identifican como sexualmente fluidas? Uno de los estudios citados era el de Sean Massey y otros trabajadores del Laboratorio de Investigación de Sexualidades Humanas de Binghamton, en Nueva York. Este equipo llevaba aproximadamente una década analizando los comportamientos sexuales y llegaron a una conclusión que enfatiza esta tendencia. Indicaron que, entre 2011 y 2019, las mujeres en edad universitaria se habían alejado cada vez más de la heterosexualidad exclusiva. Y que en 2019, el 65% de las mujeres declaraba sentirse atraída únicamente por hombres, una disminución notable con respecto al 77% en 2011. El número de mujeres que tenían relaciones sexuales exclusivamente con hombres también había disminuido en ese periodo, subrayaban.

La investigadora Sabra Katz-Wise, reconocida en el campo de la fluidez sexual y profesora en la Escuela de Medicina de Harvard y en el Boston Children’s Hospital afirmó en 2020 en uno de sus escritos que “la sexualidad humana es naturalmente dinámica” y que “lo anormal son las expectativas de que debe permanecer inmutable”. Según incidía, “cuando una mujer explora relaciones con otras mujeres, no siempre es ‘una fase’: puede ser la expresión auténtica de una sexualidad fluida”.
Katz-Wise anotaba en el boletín de la universidad de Harvard que las mujeres muestran “mayor fluidez sexual que los hombres”. Tal y como alegaba en otro texto, eso podría deberse a factores sociales más que biológicos. La sociedad, defendía, permite más exploración sexual a las mujeres que a los hombres, a quienes se suele exigir más mantener una identidad fija. “Mientras las personas van experimentando el mundo y conociéndose mejor, sus perspectivas, creencias y sentimientos pueden cambiar”, argumentaba.
Influye también el entorno. En España, según la sexóloga y periodista Silvia C. Carpallo, “la fluidez sexual en las mujeres no se relaciona tanto a una razón biológica, sino a una cuestión más cultural en la forma en la que la ha podido desarrollar y en la que, sobre todo, la ha podido entender el hombre”. “No hay que hablar tanto de compartimentos estancos de hetero / homo / bi, sino de un continuo sexual, una línea en la que te puedes mover. En el caso de la mujer, a lo mejor ha tenido más que ver con la aceptación”, remarca.

“Hay una apertura social y te permites explorar o no”, añade. Que esté en la conversación pública puede ayudar a que lo pruebes. “A lo mejor era una barrera mental que ahora no pondrías. Ya se opina sobre buscar lo que te atrae, entendiéndolo como persona y no como hombre o mujer”, cavila. “Evidentemente, cada mujer tiene un deseo particular, pero es cierto que suelen buscar una conexión más emocional. Eso no significa que quieran una relación amorosa, simplemente que haya una chispa más allá del cuerpo”, puntualiza la experta. Generalmente, aduce, la mujer siempre ha aceptado el modelo masculino “como venía”. No estaba en el debate “qué tipo quería”. “Aunque se ven ejemplos de nuevas masculinidades, digamos que a veces lo que hay en el mercado masculino no convence y en el femenino sí”, zanja Carpallo.
Sirven como referencia los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). En febrero de este año emitía los resultados de una encuesta donde el 85,4% de los participantes se declaraba heterosexual, mientras que el 8,9% había tenido relaciones sexuales “tanto con hombres como con mujeres”. El 2,8% se identificaba como homosexual y el 5,9% se consideraba bisexual, con un dato clave: “El 62,6% opina que a lo largo de la vida una persona puede variar sus preferencias sexuales y tener relaciones con mujeres o con hombres”. Por eso, quizás, tanto María Álvarez como Esther Yáñez están tan felices con su decisión. Se sienten como si hubieran transitado de la prosa a la poesía. Como si, de repente, invocaran a Lorca, recitando eso de que “ver desnuda a la pareja es casi como recordar la Tierra”. Y dejando patente que el amor, o el sexo, no se adaptan al mundo, sino al alma de cada uno. Cada vez más voluble, más amplio, más fluido. Más libre, en suma.
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