El desgaste emocional, el otro precio de la vivienda: procesos agotadores y sensación de supervivencia
La crisis habitacional ya impacta de lleno en la salud mental de muchos. El comprador sufre especialmente cuando no entiende qué está firmando, cuando se le exige tomar una decisión de prisa y cuando tiene que bajar sus expectativas


“Siento que he conseguido subirme a una balsa salvavidas, pero es muy precaria. Y a mi alrededor, veo cómo se está hundiendo mucha gente a la que quiero”, confiesa Marina Gómez, de 45 años, que compró su primera vivienda hace pocos meses. Según dice, cuando completó aquel proceso (de la búsqueda a la notaría, pasando por inmobiliaria, banco y tasadora antes de la mudanza) sintió más alivio que ilusión. El profesor de la UEV Juan Carlos Asensio-Soto, que investiga sobre el mercado inmobiliario español, confirma que su caso es el que más se repite entre los compradores más recientes: “En muchos no se percibe la alegría de empezar algo nuevo, sino más bien la sensación de haber sobrevivido a una prueba muy dura. Comprar se vive como cerrar una etapa agotadora. Aparece el descanso, incluso el orgullo por haberlo conseguido, pero rara vez el entusiasmo”.
Hace siete años, en una entrevista en La Resistencia, el rapero Yung Beef contó que había pasado de okupar una vivienda a alquilarla. Su acompañante añadió: “Ha sido un gran paso”; a lo que el músico contestó: “Un gran paso para atrás”. No se sabe si estaba siendo irónico, pero, hasta hace poco, casi cualquiera hubiera considerado entrar en el mercado del alquiler como un buen primer paso, aunque no el último. Existían unas expectativas compartidas: hemos crecido suponiendo que el alquiler sería algo temporal y después vendría la propiedad, casi como un último rito de paso hacia la adultez. Es el relato que aparece en La vida cañón, la crónica de Analía Plaza sobre los miembros de la “generación boomer”, que adquirían su primera vivienda a una edad y con una ilusión inimaginables hoy; y el proceso que describe el sociólogo Emmanuel Rodríguez en Efecto Clase Media, un ensayo donde la “figura del propietario” (en 2007 el 87% de los españoles lo eran) es fundamental para entenderlo.
Ahora todo ha cambiado. Basta con acercarse a cualquier reunión de menores de 50 años: no importa si se han juntado por una cuestión de trabajo o en un evento social, ni cuál es su ciudad o su profesión. Más pronto que tarde se pondrán a hablar sobre sus problemas con la vivienda y a comparar sus respectivas situaciones. Aunque las discusiones sobre vivienda ya ocupan buena parte del debate público, la presencia de este problema es todavía más frecuente en las conversaciones cotidianas y en los pensamientos de los afectados. No se pueden olvidar de él. Y esto les ocurre incluso a aquellos privilegiados que, contra la estadística, disponen del salario y del ahorro (o de la ayuda familiar) necesarios para escapar del alquiler y comprar. Porque, en las condiciones actuales, buscar piso se ha convertido en una experiencia extenuante, desagradable y muy exigente, también a nivel emocional.

Una decisión a contrarreloj
Los titulares lo anuncian y parece que te meten prisa justo a ti: los precios han vuelto a batir récords. El mercado acelera. Los últimos aviones despegan y nadie quiere quedarse en tierra. Sobre todo, porque muchos inquilinos están a una subida del alquiler más de no poder llenar el carro de la compra, así que es necesario aprovechar cualquier oportunidad como si fuera la última. Hay quien revisa cuatro o cinco reseñas antes de comprar un teléfono móvil, quien se prueba tres veces un jersey y no termina de decidirse. Nada de eso es posible cuando se busca piso. Para el mercado inmobiliario de los últimos años, el momento siempre es ahora.
Blanca Galindo y David Simón, de 41 años, compraron en Barcelona en 2023. Recuerdan que durante la búsqueda se dieron cuenta de algo en lo que no habían caído hasta entonces: “Lo vulnerables que somos”. “Justo nos subieron el alquiler a finales de 2022 y decidimos bajar expectativas, después de mirar casas en ruinas en Badalona que no podíamos renovar y pisos reformados que tampoco nos podíamos permitir. Comenzamos a ser realistas. Nada de terrazas, ni jardines, ni ascensores… Después de un montón de desencuentros encontramos un piso mono, en una cuesta que nos parecía imposible”, explican.
La psicóloga Jara Pérez conoce esa angustia. Ella misma se compró hace poco “una vivienda de protección oficial con paredes extremadamente delgadas en un área con alto tráfico de drogas”. Y se lo ha podido permitir porque sus ingresos mensuales triplican el salario más frecuente en España. “Aunque el descenso de clase social no me preocupa nada, me indigna haber pagado 210.000 euros por una casa que hace apenas diez años costaba 50.000 euros”, comenta. Su experiencia personal no ha sido buena, pero lo que se encuentra en consulta es incluso peor. La crisis de vivienda ya impacta de lleno en la salud mental de muchos pacientes: “Cuando sentimos que ninguna institución pública vela por derechos básicos como la vivienda, caemos en la desesperanza. Es muy fácil caer en una depresión cuando se siente esa impotencia de no poder intervenir en la propia realidad ni cambiar las condiciones de vida”, afirma.
Lo que Asensio-Soto ha observado en sus investigaciones es algo muy parecido: “El sentimiento más repetido es la falta de control sobre algo básico. Incluso personas con ingresos estables sienten que su vida depende de factores externos que no manejan”, explica el profesor, que también detecta que “mucha gente interioriza la imposibilidad de acceder a una vivienda como un error propio cuando en realidad es un problema estructural”.
Un proceso complicado
“Sentí un piloto automático hasta dos meses después de la compra porque todo fueron problemas, todo salió mal, todo se gestionó de una forma inadecuada. Y la verdad es que en ese tipo de contextos yo intento ponerme en modo práctico, así que no sentí ilusión”, recuerda Silvia Muelas (27 años, Madrid), sobre su reciente proceso de compra.
“La impresión que me dio es que, en un mercado tan tensionado, que genera tantísimo dinero y donde hay tanta competencia, todo el mundo intenta sacar la mayor tajada posible”, comenta esta joven periodista. “La inmobiliaria intenta convencerte de que te vayas con su financiera, prometiéndote condiciones espectaculares. La financiera te hace una provisión de fondos e intenta convencerte de que pidas una hipoteca muy superior a la que necesitas… Todas las sorpresas y todo el proceso fueron absolutamente desagradables y desgarradores. Durante los seis meses que duró, esto ocupó todos los minutos de mi cabeza”, recuerda.

El resto de personas consultadas, como Gómez o Galindo, tienen la misma sensación: desde que mostraron interés, todos los implicados “se intentaron aprovechar de ellas”. “No es normal que la inmobiliaria me llamara tres veces al día para presionarme, porque querían cobrar cuanto antes”, continúa Muelas. “Trabajo en el gremio de la comunicación y tengo acceso a bastante asesoría económica y legal que mucha gente no tiene. Pero, aun así, te la intentan colar y además lo hacen señores trajeados que te hablan de tipos de interés como si tú, que eres una muchachita, no tuvieras ni idea”, lamenta.
Asensio-Soto cree que es perfectamente normal que el comprador se sienta “desbordado y vulnerable” a lo largo de un proceso durante el que “debe navegar por lenguajes distintos e intereses cruzados”. “Para empezar, el proceso sería menos hostil si fuera más comprensible y previsible: menos opacidad, menos sorpresas de última hora y más pedagogía. El comprador sufre especialmente cuando no entiende qué está firmando, por qué algo se retrasa o quién tiene la última palabra en cada fase. Cuando alguien ordena el proceso, traduce los tecnicismos y anticipa escenarios, la compra deja de ser una fuente constante de ansiedad, aunque siga siendo cara”, explica el experto.
En este sentido, Asensio-Soto pone el foco en los profesionales que actúan correctamente y que ayudan a reducir la incertidumbre. De hecho, sus estudios demuestran que la experiencia mejora radicalmente “cuando alguien siente que una figura como el agente inmobiliario le acompaña, le traduce el lenguaje técnico y le anticipa problemas”. “Cuando no ocurre, el proceso se vive como una carrera de obstáculos”, admite el profesor, que también se queja del déficit de coordinación entre las partes: “Cada actor cumple su función —banco, inmobiliaria, notaría, tasadora—, pero no existe una visión integrada desde el punto de vista del comprador. El cliente es quien tiene que hacer de traductor, de gestor y de enlace entre piezas que no siempre encajan bien ni se comunican entre sí”.
¿Y en qué medida todas estas experiencias negativas están relacionadas con la situación excepcional de este sector, donde el comprador tiene poco margen de maniobra? “Mientras el desequilibrio entre oferta y demanda sea tan grande, el comprador seguirá siendo la parte débil, sobre todo en las grandes ciudades. Tiene menos capacidad de negociación, menos margen para exigir y más miedo a perder la operación. Eso no se corrige con buena voluntad individual, sino con cambios de fondo. Pero incluso en ese contexto, la experiencia puede ser más humana o más agresiva, y ahí sí hay margen de actuación profesional”, zanja el académico.
¿Y ahora qué? Un final no tan feliz
La América de una planta es una crónica escrita por los autores soviéticos Iliá Ilf y Yevgueni Petrov. Estos dos corresponsales del diario Pravda recorrieron Estados Unidos en 1935, anotando todo lo que llamaba su atención de aquel país tan distinto del suyo. Les sorprendió muchísimo lo cuidadosos que los americanos eran con sus viviendas, que ya entonces eran unifamiliares de una planta (de ahí el título). Cuando pasas tanto tiempo arreglando y embelleciendo tu propia casa o jardín —concluyeron los rusos—, apenas te queda energía para preocuparte de cuestiones colectivas.

El uso de la vivienda en propiedad como pacificador social lo han practicado regímenes de todas las ideologías. Al fin y al cabo, existen pocas obligaciones tan coercitivas como una hipoteca. Sin embargo, la vivienda ya no es solo un espacio para vivir. Buena parte de los problemas recientes tienen que ver con su transformación en activo financiero, que está provocando incesantes subidas de precio. Aunque no sean inversores, es algo que también perciben los compradores, incluso desde antes de firmar las escrituras: “En los cinco meses que habían pasado desde que reservé el piso por determinado precio hasta que me hicieron la tasación, vi cómo el valor de la casa había crecido unos 35.000 euros”, recuerda Muelas, que comprueba de un vistazo que tras menos de un año como propietaria, hoy ya no se podría permitir ninguno de los pisos ofertados en su zona y tampoco los que tienen características inferiores al suyo.
“Quienes me conocen saben que a ratos odio mi piso”, admite Galindo. “Odio tener que invertir tanto esfuerzo en algo material que no me voy a llevar a la tumba. Hemos pasado por un montón de calamidades: curras y pides curro en todo lo que sale, favores, vives peor que vivías, y encima tienes que sentirte afortunado. Y en parte es así: por suerte, gracias a esta pequeña inversión y a pesar de tener ese baño tan deteriorado, podemos permitirnos invertir tiempo libre en seguir estudiando y aprendiendo”, continúa. Muelas, además, cree que quienes se sienten algo más seguros con el tema de la vivienda deben seguir exponiendo el problema: “No entiendo cómo no se habla todavía más de ello: la situación es insoportable y no mejora. El mercado no se autorregula y a nivel legislativo no se avanza. Creo que, desde una posición de privilegio, hay que apoyar y amplificar las quejas. Las cosas no se arreglan solas. Cuando se prenda la mecha, espero echar gasolina también”, concluye.
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