La cesta de la compra, cada vez más imprevisible por el cambio climático y los fenómenos extremos
Las altas temperaturas anticipan inestabilidad en las cosechas y en los precios de los alimentos, como ya ha ocurrido con el chocolate, el aceite, el café o el arroz


Los precios de los productos agrícolas serán cada vez más inestables a cuenta del cambio climático. Este verano es ejemplo de que la tierra hierve —Europa ha vivido una de las olas de calor más intensas en décadas, con España marcando el peor récord de incendios en 30 años—, y los modelos climáticos anticipan más fenómenos extremos. De hecho, existe un 80 % de probabilidad de que al menos uno de los próximos cinco años supere a 2024 (el más caliente en el registro) como el año más cálido visto hasta ahora, según la Organización Meteorológica Mundial. Y mientras el planeta se calienta, “hay evidencia suficiente para relacionar las altas temperaturas con subidas de precios de los alimentos”, dice el Banco Central Europeo.
“Los extremos climáticos están alterando la dinámica de las cosechas”, explica Fallon Casper, especialista principal en mercados y cadenas de valor para América Latina en el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA). “Los periodos de lluvias ahora son más intensos y las sequías más largas. Eso tiene repercusiones en cómo los agricultores anticipan su producción”, ahonda. De hecho, los mercados de materias primas ya se sacuden con fuerza a cuenta del clima. El cacao, que cotiza en Londres y en Nueva York, avanza más de un 200% en un lapso de tres años, y los fabricantes de productos derivados ya han trasladado los precios al consumidor.
Las chocolatinas en España se encarecen más de un 21% en el último año, según datos del INE. Los precios altos coinciden con fenómenos puntuales en los supermercados, como en Supercor, en donde comenzaron a meter los chocolates (sobre todo aquellos con alto porcentaje de cacao) en cajas de seguridad para prevenir robos. Otras estrategias del sector pasan ahora por reducir el tamaño del empaque o cambiar la fórmula de sus productos con otros ingredientes. Fruto de este cambio es la fama del chocolate Dubai, que contiene pistacho. El café vive un episodio similar: se encarece en las tiendas españolas casi un 20% en el último año, mientras que el contrato de entrega futura de la variante más dulce en Nueva York (la variedad arábica) ha subido un 62% en el mismo periodo.
Las cotizaciones de ambos recursos agrícolas han sido muy volátiles este año en los mercados financieros y la inestabilidad comparte factores en la forma: son materias primas concentradas en pocos países productores, con una demanda que crece más rápido que la oferta, y a la que se suma el nerviosismo de los mercados ante anomalías meteorológicas. Eso, más que la excepción, ahora es la norma: el aceite de oliva en España se encareció un 52,5% en un año por las sequías y el calor extremo de 2022; el aceite de girasol se disparó tras la invasión rusa de Ucrania, que recortó la cosecha en más de un millón de toneladas; Japón tuvo que desbloquear 210.000 toneladas de arroz de sus reservas estratégicas tras una mala cosecha y una subida de precios del 64,5% anual; y el zumo de naranja alcanzó máximos por una mala cosecha en Brasil.
Trika Tapé Alain cultiva cacao desde hace más de medio siglo en Costa de Marfil. Tiene 69 años, cinco esposas y 36 hijos. Su vida gira en torno a dos fincas cacaoteras: una en Guiglo, al suroeste del país, cerca de la frontera con Liberia; y otra en Zaïbo, en el centro-oeste. Juntas suman 80 hectáreas y lo común ha sido obtener hasta cuatro toneladas del grano por cosecha. “Este año apenas ha llovido, la producción ha caído y ahora tendremos solo una tonelada”, comenta a EL PAÍS. Tapé reconoce que ha recibido mejores pagas en los últimos años (para esta temporada el kilo lo liquidan a 2,74 euros), pero no ha logrado capturar todo el furor que ha vivido el producto en los mercados internacionales porque en su país el Gobierno fija los precios internos por debajo del valor global, con el objetivo de atraer capital extranjero.
“Aunque hay precios altos [en los mercados financieros], los pequeños productores suelen ser compradores netos de alimentos y no se benefician del alza porque sus costes también suben”, explica Casper. Uno de los factores que más presiona sus márgenes es el encarecimiento de los insumos agrícolas, entre esos, el de los fertilizantes, que según la experta “se ha encarecido un 5% este año”.
Impacto global
A casi 8.000 kilómetros de Costa de Marfil está Colombia, tercer productor mundial de café, en donde el clima también ha hecho de las suyas. Wilber Jiménez, consejero delegado de 930, una empresa que cultiva, tuesta y vende café en taza, explica que en el país andino la norma es tener dos cosechas al año —ahí no hay estaciones, sino temporadas de lluvia o de sequía—. “Este año llovió mucho en las fincas donde cultivamos. Eso ha provocado un retraso en la cosecha, por lo que este año tendremos solo una y no dos temporadas de recogida”, explica.
Para Jaime Moreno, consejero delegado de Café Quindío —empresa tostadora que vende en el mercado colombiano y exporta a EE UU, Arabia Saudí o Francia—, el clima se ha convertido en el principal factor de inestabilidad a largo plazo. Aunque su empresa no cultiva, sino que compra café en verde, la volatilidad del mercado les afecta directamente: “Lo que golpea es no saber qué va a pasar”, insiste. Otro ejemplo se dio en EE UU este verano, cuando las cotizaciones de la soja y el maíz se movieron con fuerza por el clima: un recorte en la superficie sembrada agitó el mercado de la soja, mientras que varias semanas de calor y sequía en el cinturón agrícola bastaron para que el maíz subiera.
“El modelo actual responde más a las noticias del clima que a la lógica productiva”, sentencia Moreno, y “ahora, con este tema aranceles, se ha agregado otro factor con el que hay que lidiar en el corto plazo”, concluye. Y es que las dinámicas internacionales también sacuden los precios. Ocurrió tras la invasión de Ucrania, que paralizó las exportaciones de girasol —el país, junto con Rusia, concentra el 80% del mercado global— y provocó una escasez que disparó el precio del aceite derivado de esta planta.
En España, ese vacío lo empezó a llenar la colza, un cultivo amarillo que llevaba décadas estigmatizado por la crisis sanitaria de los años ochenta. Hoy, la superficie sembrada se ha triplicado y el precio de este aceite sube el 22% en un año, impulsado por la presión de la demanda internacional —especialmente para biocombustibles— y por las noticias de menores rendimientos en cosechas en Canadá y Europa del Este, que han sufrido por lluvias tardías, heladas y calor extremo.
Todos los productores consultados por este periódico tienen sistemas de evaluación de riesgos climáticos. Desde los cultivadores de soja en Brasil, pasando por los cañeros en Paraguay o arroceros en India. En España, desde Pascual apuestan por la firma de contratos a largo plazo para abastecerse de soja, con más de 245 agricultores locales “para reducir la exposición a la volatilidad internacional”. La compañía destaca que uno de los horizontes que se deben marcar en España es el de la soberanía alimentaria: “Nuestro modelo es una forma de mitigar riesgos en un país especialmente vulnerable al cambio climático, con pérdidas estimadas en más de 550 millones de euros anuales en el sector agrario”, agregan portavoces de la empresa.
El índice de precios de los alimentos de la FAO subió un 7,6% en julio, en comparación con el mismo período de 2024, y coincide en el tiempo con un intenso verano. Miles Parker, economista principal sénior del BCE, cuantifica el impacto en una reducción “del PIB regional de hasta un 1,5% dos años después de una ola de calor”. Y advierte de que la volatilidad climática genera “mayor incertidumbre, inflación más inestable y cambios en los precios relativos”, lo que dificulta “la previsión de precios por parte de autoridades monetarias”.
“El tiempo ha cambiado mucho”, dice Tapé, con un tono como de resignación. Si bien la FAO, en conjunto con la OCDE, apuntan a una moderación en los precios de los alimentos, insisten en que la inestabilidad siempre puede tocar la puerta: hay un 40% de probabilidades de que un solo evento climático desbarate las proyecciones de precios de la próxima década. “Las temporadas eran muy buenas. Bueno, en realidad, todo ha cambiado. Hoy es muy diferente a 10 años atrás”, rememora Tapé.
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