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Sara Torres, escritora: “Como mujer aprendes a asustarte con la belleza de las demás”

Se ha convertido en un poderoso referente generacional. En ‘El pensamiento erótico’, hace una reivindicación vital de los cuerpos desde una determinada e identitaria perspectiva ‘queer’

Mientras mamá moría, yo estaba haciendo el amor…”. De esta forma arrancó Sara Torres (Gijón, 34 años) Lo que hay (Reservoir Books, 2022), su primera novela y uno de los debuts narrativos más impactantes y exitosos de la década. Había elegido el duelo por la muerte de su madre, la escritora Teresa Rodríguez de Castro, para el género después de haberse dado a conocer como poeta con títulos como La otra genealogía, Conjuros y cantos o El ritual del baño (los dos últimos en La Bella Varsovia). Comenzaba así la carrera de quien es hoy una especie de sacerdotisa queerse licenció en Filología y Literatura por la Universidad de Oviedo, es doctora por la Queen Mary londinense y ha enseñado en la Autónoma de Barcelona— con legiones de seguidoras de una escritura que posee un gran aliento poético y una decidida apuesta subversiva a partir de la rebelión de intimidades socavadas durante siglos. A aquellos títulos siguió La seducción, que la consagró y amplió su público, además de poemarios como Deseo de perro (Letraversal) y dos ensayos, La potencia afectiva. Deseo, cuerpo y emociones (Txalaparta) y ahora El pensamiento erótico (Reservoir Books). Se confiesa viejoven, su condición de hija única dice haberle potenciado una poderosa voz interior que conecta con legiones de lectoras que la veneran y siguen masivamente en público.

El primer poema le salió directamente de la boca. ¿Cuántos años tenía?

No lo sé, me recuerdo muy pequeña porque me produjo sorpresa que yo pudiese escribir. No con la mano, con la voz. Tenía una habitación muy pequeñita y podía apoyar las piernas sobre la pared. Me recuerdo girando en una silla y juntando palabras. Hay algo mágico en ese reconocimiento de poder crear lenguajes colectivos dentro de una. Las palabras que escuchamos antes pueden tener un sentido nuevo dentro de nuestro cuerpo, algo singular, único. La oralidad siempre ha sido importante para mí, entender que el texto escrito es un lugar de trabajo y conexión, pero no olvidar que hay algo fundamental en el lenguaje que vibra en la voz. Siempre creo partiendo desde la poesía hacia otros géneros.

Así que se reivindica, ante todo, poeta.

No tengo una identidad clara, pero el inicio del lenguaje en su dimensión artística y de conocimiento es la poesía.

¿Aquella voz fue en usted una revelación?

Sí, como magia. Muy material, enraizada, corporal. Activó en mí un tipo de sensibilidad distinta, recibí el placer enorme de reconocer ese estado y poder expresarlo.

¿Se acuerda de ese poema?

Sí, pero no lo vamos a contar.

Vale, pero ¿cómo empezaba?

Venía de una voz antigua… Yo miraba a una niña, echada en su cama, como si fuese de otro mundo. Decía: “La niña de bello rostro / está sentada en su cama, / sus pies entre los cojines, / su cuerpo arropado en mantas…”. Recuerdo verlo nacer. Hay algo del pensamiento mágico de la infancia que no se pierde si guardas el sentido poético.

Ha seguido indagando constantemente ese primer hallazgo. Un tema principal sobre el que gira toda su obra es el cuerpo.

Sí, sí. ¿Qué no lo es? Al final, en Occidente tenemos una fobia al cuerpo. Queremos superarlo, controlarlo, mejorarlo, trascenderlo. Toda nuestra relación con él está en tensión. Si dejáramos de cuestionarlo, se produciría algo muy hermoso. Una relajación del ego.

Nuestro cuerpo y el de los demás…

Cuando socializas desde lo femenino, aprendes todo el rato a mirarte desde fuera con ansiedad ante tu imagen.

¿La responsabilidad de la belleza a la que alude en La seducción?

Cuando controlamos en nosotras la belleza, no es solo para ofrecer una imagen que encante, sino una apariencia que no asuste. Nos pasamos la vida preocupadas con que nadie se aterre al mirarnos.

¿Prefiere pasar inadvertida?

Depende del día. Muchas veces buscas eso, pero un poquito más. Que no encuentren nada en tu cuerpo con lo que no entrar en conflicto.

Incluso si se trata de bellezas que hieran, como también apunta. ¿Cómo puede llegar a herir la belleza?

Supongo que por dos vías: una por la de la idealización y de la norma. Nos daña la hegemonía de unos cuerpos sobre otros. vía Cuando consideramos que algunas tienen más capital, su valor puede ser destructivo. Otra es la sensibilidad, al reconocer lo bello en algo íntimo. Esa segunda herida se puede perseguir con alegría, creo.

¿No es eso más asombro que susto?

Como mujer aprendes a asustarte con la belleza de las demás. La imagen de cómo debe ser un cuerpo incide en tu monstruosidad. Las más bellas también lo sufren.

Cuando encajas esa belleza y lo logras con naturalidad o sentido práctico, ¿alcanzas cierta serenidad?

A esa serenidad se llega con la sabiduría de ir reconociendo qué es la norma y qué la intimidad bella. Si surge de una relación íntima con la realidad, produce sabiduría y templanza, creo.

Aparte del cuerpo, debuta en narrativa con Lo que hay y elige el duelo por la muerte de su madre.

Bueno, me pregunto si lo elijo yo o me elige el duelo a mí.

Ya. Y empieza así: “Mientras mamá moría yo estaba haciendo el amor”. Eros y Tánatos.

En la vida se dio así.

¿La ayudó esa novela a superarlo?

Supongo que la muerte de un ser querido no se supera. Estás hecha de presencias y faltas. Pero me ayudó mucho a sacar el ego de la pérdida. Al compartirla con tantas personas y ver que muchas habían vivido experiencias similares, incluso como las de la primera frase, me ayudó muchísimo a entender que somos un continuo de cuerpos experimentando cosas. En algunos momentos de sufrimiento se impone el ego: ¿cómo me puede estar pasando a mí esto? Conectar con otras que sufren igual hace que todo sea menos duro.

Lectoras, en su caso, muy jóvenes.

No pensé que lo fueran tanto, la verdad. He sido muy viejoven desde pequeña. Siempre he tenido amigas bastante más mayores que yo y me he relacionado con escritoras de otras generaciones. Es algo muy común en los grupos queer. Te conectan pasiones más que motivos generacionales. Siempre me proyecté hacia adelante, me veía anciana de adolescente. Por eso me ha parecido hermoso mantener una conversación con personas de menos edad.

¿Quizás porque ven en usted una madurez, una cristalización de otros mundos, otras vías?

No me avergüenza ser honesta con las emociones. Quizás sea eso lo que conecta. No me da pudor reconocer el cuerpo que siente todo tipo de pasiones. No lo estilizo y lo expongo en sus formas más brutas. Eso consuela. No te hace sentir sola. Tampoco creo que sea buena narradora, mi artesanía es la de la imagen poética, quizás.

¿Tuvo que deshacerse de muchas cosas aprendidas para llegar a esa honestidad en su escritura?

Nacemos y recibimos una versión oficial del mundo. Ya sabes, blanca, patriarcal, esas palabras importantes. Genera inercias. Traducir la realidad desde ese aparato produce injusticias y dolores. Hay que dejarlo ir tras reconocerlo como una ficción convencional y empezar a proponer otras creatividades en ese sistema heredado.

¿Y fuera?

Fuera creo que no estamos nunca. Se puede estar en tensión, mutación, creatividad, en conflicto, pero es demasiado egocéntrico creer que podemos estar fuera.

Arranca El pensamiento erótico con usted de niña viendo documentales y el trauma que le causaron las bestias al aparearse. ¿Tanto fue?

Acudí a ellos porque su discurso pretendía revelar la verdad de la vida. Pero es que hasta en la representación de lo animal prima la ideología humana. No era consciente. Esas imágenes se te quedan grabadas. Como niña ves más intimidad y más cuerpo. La vida, la muerte, la violencia, el sexo. Los volví a repasar. Aluciné. La voz en off era más ideológica que cualquier peli romántica. Invito a verlos de nuevo para entender cómo se codifica el deseo en las mentes infantiles. Cuando no imponer el binarismo en la escuela se toma por ideologización, veamos cómo se construyen esos documentales para entender un discurso marcado. Para mí, la ideología, en general, no es deseable. Es un código cerrado, con tendencias a veces totalitarias. Me interesa una versión más poética del conocimiento.

¿Frente a lo político lo poético, entonces?

Claro. Lo poético es el reconocimiento de la movilidad de la vida. La política debe tener una relación con la vida, no con las ideas.

En su obra prima también lo animal.

Lo animal es una construcción humana. Bastante violenta, además. Justifica una dominación. Pero al buscar deshumanizarte y reconocerte en lo animal pones en duda los valores sobre lo humano. Ese devenir animal me interesa. Corporizarme yo y reconocerme en la tierra con todo lo otro, que es tierra, también.

¿Ha vivido siempre en compañía de animales?

Fui una hija única con una perrita y aprendí a relacionarme con ellos. El tacto, por ejemplo, importantísimo.

Hija única… Eso ¿marca?

Muchísimo. Estoy segura.

¿En qué sentido?

Horas sola jugando con la voz interior. La que se despliega el juego porque nadie te contesta. Eso tiene que marcar. Es una relación hermosa. Si no la sientes durante una temporada larga, la echas mucho de menos. Pero, por otra parte, puede ser una relación angustiosa. Y en los momentos de más sufrimiento, un tormento.

La escritura necesita errancia, dice. ¿Dejarse llevar o no tener miedo de ir a cualquier parte?

La errancia, para mí, es permitir que las cosas emerjan sin un fin concreto. Y eso es complicadísimo porque media la idea en nosotros el resultado. Tiene que ver con el acto erótico de estar en el presente. Cuando estamos en el gesto y no en el fin, entramos en lo poético. Lo asombroso depende del gesto. Pero es difícil.

De su literatura se desprende la libertad como máxima prioridad: un amor que no dependa del hogar de otros, escribe.

En este caso, el hogar lo apunto como un refugio donde poder dormir, comer… Tiene un sentido material.

¿Una urgencia generacional no resuelta? Unida a lo que también llama una pasión acomodada a la desesperanza. ¿No es eso conformarse con poco?

En ese momento que lo escribí pedía menos, ahora, en términos de pasión, siento que nado en la abundancia.

¿Porque está muy enamorada?

Sí, me siento en un momento de regalo absoluto. Esa pasión acomodada a la desesperanza es muy propia de una niña queer del norte de España. Nací en un entorno muy conservador, que luego se transformó conmigo. Había un silenciamiento del deseo en la infancia y adolescencia que te hacía aprender a estar desesperanzada sin reprimir la pasión. Estaba llamada a casarme y tener hijos, ser monja o a una soltería amarga para vestir santos. Yo no conocí a una lesbiana hasta los 16 años.

¿Cómo descubrió entonces que lo era?

No fue algo identitario inicialmente, surgió del reconocimiento de una sensibilidad y un deseo. La fascinación con la belleza de las otras. Mis amigas. Lo ocupaba todo. Lo listas que eran, lo bien que bailaban. Era amor, claro.

El sentimiento de euforia también la define bien.

Todo mi trabajo es vitalista. Una afirmación ante la vida también en momentos desesperados. Y este ensayo, igual. He expresado el sentimiento de un cuerpo enamorado de forma optimista, que trabaja en el mundo alimentándose de momentos íntimos rebosantes de fuerza creativa. El amor produce esa abundancia. El cuerpo enamorado, desde la euforia, traspasa ciertos límites.

¿De poder?

Prefiero potencia. El poder tiene muchos sentidos.

¿Por qué no poder? Si le arrebatamos el significado maléfico a la palabra quizás podamos transmitir una energía de cambio en el mejor sentido.

Me interesa entonces mirar ese poder-potencia como una semilla que húmeda germina, así es luz y alegría.

¿Qué quiso decir Monique Wittig cuando afirmó que las lesbianas no son mujeres?

Hizo algo importantísimo: reconocer que la relación hombre-mujer es culturalmente obligatoria, como un contrato social, como si no hubiese otra opción en la vida que madurar en esa lucha entre opuestos. Ella aborda la cultura heterosexual y la somete a análisis. En un contexto académico en que todo es lenguaje y cultura susceptible de ser estudiado, menos la relación heterosexual, algo intocable, lo hace. Escoge las herramientas que se utilizan para estudiar el mundo y las aplica a lo heterosexual, pasando por el filtro, entre otros, de Rousseau, de Marx, estudia la relación hombre-mujer como una relación de clase, y llega a resultados críticos absolutamente justos, que andaban en un punto ciego donde no se podía mirar.

¿De ahí esa frase?

Bueno, ella dice que las lesbianas no son mujeres porque rompen el contrato social con los hombres. Al no colocarse en relación con lo masculino destrozan el binarismo, pero sí dice que somos mujeres como clase política.

Cuerpos, al fin y al cabo.

Sí, las lesbianas, como dice Wittig, no somos mujeres, pero sí cuerpos: de eso no podemos ni queremos escapar. Y ahí volvemos.

¿Dónde queda el camino a la igualdad?

Un término complicado, verdad. Y el camino hacia el respeto a la pluralidad de la vida, ¿dónde está? ¿O a la necesidad de refugio y protección? ¿O revertir un modo de pensar que hace unas vidas menos dignas de protección y refugio que otras? ¿Y el discurso que produce odio hacia la otredad o genocidios?

¿Cuándo eso genera hipocresía? Cuando opciones de izquierda ejercen sobre el feminismo discursos en una dirección y acciones en la contraria, ¿qué hacer?

La instrumentalización política de las luchas sociales ha sido siempre una herramienta para ganar votos. Pero sí creo que en la izquierda hay un reconocimiento de la urgencia de muchas luchas. El problema es instrumentalizar y capitalizar. El deseo de poder. Si hay personas en política a las que solo les mueve principalmente un deseo de poder, pierden la capacidad de mirar y cuidar la vida. Pero el deseo de poder está en todos nosotros. Es un trabajo constante el que se necesita para reducirlo. También tenemos una responsabilidad social en eso entre nosotras, poner límites a quienes desean acumular demasiado.

A la fantasía dedica mucho espacio en su ensayo. ¿Dónde queda su pureza en ese ámbito?

Desconfío de la fantasía cuando se presenta como escenario de libertad de la imaginación. En ella siempre se movilizan creencias, suposiciones e interpretaciones de lo real. Yo analizo las fantasías como espacios culturales y colectivos. No tienen tanto que ver con la identidad secreta de una. Quiero quitar esa responsabilidad individual respecto a la fantasía para entender que son constructos donde nos encontramos. Cambian según se transforman los relatos públicos sobre lo deseable.

¿Dónde anda Eros en este mundo tan rudo?

No estoy segura de que lo haya sido menos que ahora. Desde luego, para una lesbiana como yo el mundo siempre ha sido más violento que hoy. Existe una narrativa imperante sobre el presente como un no tiempo. Como el fin de la imaginación, la ternura y la posibilidad. Quienes lo promueven no han vivido en una minoría censurada y silenciada. Para algunos cuerpos, la imaginación hace muy poco que comenzó a ser verdaderamente materializable y pronunciable en voz alta. Una entrevista como esta no hace muchos años que sería imposible. En el plano de la imaginación y los afectos hay modos de vivir y pensar posibles, lenguajes que están surgiendo y es importante atender. No permitir ni que la inercia del último capitalismo y la narrativa apocalíptica nos frene.

En ciertos sectores cavernarios esos lenguajes producen rechazo violento. ¿Nos hemos desnudado en libertades y nos quieren volver a vestir?

¿Qué jerarquías se pierden cuando ampliamos lo imaginable? Hay una resistencia conservadora, ¿cómo no? Esa transformación social que se desea y se busca por parte de muchas personas provoca tensión y habrá sujetos que quieran defenderse de la diferencia. No ha pasado tanto tiempo, necesitamos más. El problema es la urgencia que requiere esa liberación y requerimos muchas alianzas entre el ecologismo, el feminismo, las ideologías queer para afrontar el cambio a la vez.

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Sobre la firma

Jesús Ruiz Mantilla
Entró en EL PAÍS en 1992. Ha pasado por la Edición Internacional, El Espectador, Cultura y El País Semanal. Publica periódicamente entrevistas, reportajes, perfiles y análisis en las dos últimas secciones y en otras como Babelia, Televisión, Gente y Madrid. En su carrera literaria ha publicado ocho novelas, aparte de ensayos, teatro y poesía.
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