Del tarot a la mano de Friedeberg: los simbolismos y contradicciones en la obra del artista
El artista mexicano solía insistir en que sus símbolos no tenían un significado particular, pero su obra está atravesada por referencias al tarot, la astrología, la religión y la iconografía espiritualista


A Pedro Friedeberg no le gustaba ser relacionado con el surrealismo y negaba que su obra más conocida, la mano-silla, tuviera un significado especial. “Fue una cosa que hice una vez. Tuvo mucho éxito y por eso la tuve que repetir 17.500 veces, pero ya estoy hasta la coronilla de esa silla”, le dijo a la directora Liora Spilk Bialostozky para su documental de 2022, Pedro. El artista solía insistir en que sus símbolos no tenían un significado particular, pero su obra está atravesada por referencias al tarot, la astrología, la religión y la iconografía espiritualista que han fascinado a generaciones de coleccionistas, críticos de arte y admiradores.
La mano, el símbolo que lo persiguió
La icónica silla en forma de mano apareció por primera vez a inicios de los años 60 y pronto se convirtió en una de las piezas más reconocibles del diseño mexicano del siglo XX. La escultura —conformada por una palma que funciona como asiento y dedos que forman el respaldo— se volvió una especie de objeto de culto que fue reproducido innumerables veces y terminó por convertirse en la obra más asociada al artista. Según la historia, surgió como un simple experimento en el taller que se salió de control y con el tiempo todos querían tener su propia versión. Sin embargo, el propio Friedeberg mantenía una relación compleja con su creación más famosa; si bien la pieza lo lanzó a la fama internacional, también se convirtió en un símbolo del que parecía querer escapar.

Tarot, alquimia y religión
El artista solía explicar que no pretendía dotar a sus imágenes de interpretaciones profundas o serias, aunque su obra está conformada por un imaginario muy particular que va desde esculturas antiguas, códices prehispánicos, el hinduismo, la cábala, diagramas astrales, cartas del tarot y símbolos alquímicos que aparecen de manera recurrente en sus dibujos, pinturas y esculturas.
El propio Friedeberg reconocía su fascinación estética por la iconografía y la espiritualidad. “Me gustan mucho los símbolos esotéricos de los alquimistas. Yo en realidad soy ateo, yo no creo mucho en el espíritu. La única religión que poseo un poquito es la religión animista”, compartió en el documental antes mencionado. Esta creencia sostiene que todos los elementos del mundo natural, desde animales y plantas hasta objetos, poseen una esencia espiritual.
Sus influencias
Antes de dedicarse por completo al arte, Friedeberg estudió arquitectura en la Universidad Iberoamericana, pero la disciplina le pareció sumamente aburrida y nunca terminó la carrera. Por esta época conoció a Mathias Goeritz, quien desarrolló la llamada “arquitectura emocional”, un movimiento que buscaba priorizar la experiencia sensorial del espacio por encima de la funcionalidad. El profesor se convirtió en una segunda figura paterna y un referente para el artista, que con el tiempo también expresó su rechazo hacia los diseños funcionalistas y brutalistas de su época. Curiosamente, esta formación terminaría influyendo profundamente en su obra. Sus composiciones, repletas de patrones geométricos, laberintos, escaleras y estructuras repetitivas, conservan un fuerte sentido arquitectónico que combina la precisión geométrica con la fantasía visual.

De los museos al espacio público
Con el tiempo, la iconografía de Friedeberg ha trascendido el mundo del arte. La obra del italiano-mexicano ha dejado su huella en proyectos ligados a la cultura pop. Entre ellos destaca el enorme mural que realizó para la cervecería Corona, así como la presencia de una de sus piezas en el arte del álbum musical Sonidos de Karmática Resonancia, de la banda mexicana Zoé. En Ciudad de México, su trabajo también dialoga con el espacio público. Algunas de sus piezas han sido exhibidas en lugares de gran circulación, como la estación Bellas Artes del Metro, mientras que distintas versiones de su célebre mano-silla pueden encontrarse en galerías, colecciones privadas e incluso en espacios abiertos de barrios como la colonia Condesa.
Tras su muerte este jueves, el universo que Pedro Friedeberg construyó permanece como uno de los lenguajes más distintivos del arte mexicano contemporáneo, incluso pese a la resistencia del artista a atribuir un significado espiritual a su obra.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.








































