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En colaboración conCAF

El ocaso de las parteras andinas por el éxodo rural

La película boliviana más premiada del 2025, ‘La hija cóndor’, ahonda en la tensión entre tradición y modernidad

La actriz María Magdalena Sanizo en una imagen de 'La hija cóndor'.

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Clara es una adolescente quechua que vive rodeada de montañas. Le espera un rol preponderante en su comunidad, Ayopaya, en el valle de Cochabamba, Bolivia. Es la hija y sucesora de la última partera que queda en la zona, una autoridad más que un oficio en la cultura andina. Pero a Clara cada vez más la seducen las noticias que llegan de la agitada ciudad, con la que se conecta a través de una radio: “No soporto más vivir en medio de la nada”, dice. La utopía de la urbe choca con el deber con su pueblo. Es la historia de la protagonista de la película boliviana más premiada de 2025, La hija cóndor. Pero también tiene algo de la historia de la actriz que la interpreta, de la artista secundaria o de la mayoría de miembros de su provincia.

La hija cóndor recorrió en 2025 los festivales de Toronto, La Habana o Biarritz, y ahora en enero se proyecta en Palm Springs. El camino continúa este año con presencia en certámenes de México, España, Bélgica o Francia que aún no se pueden desvelar, y su exhibición en EEUU y Canadá ya está garantizada. El director, Álvaro Olmos, atribuye la atención que ha generado su obra —con un reparto de actores naturales casi en su totalidad— a que, a pesar de ser una historia sobre una cultura local, toca un tema universal: la pérdida de las costumbres y la identidad por la migración, del campo a la ciudad, en este caso. “En la peli hablamos sobre las parteras, pero pasa con muchas tradiciones. La invasión del mundo occidental es lenta”, dice sobre la producción que llegará a salas bolivianas el 7 de mayo.

El rodaje contó con la asesoría de doulas, profesionales que ofrecen apoyo físico, emocional e informativo antes, durante y después del parto. Olmos también pudo aprender de la que fue tal vez la última partera de Ayopaya, Vicenta Domínguez, fallecida en un accidente en febrero del año pasado. A ella le dedicó el filme uno de los productores, Aniceto Arrollo, al terminar el preestreno de la película en diciembre, que se realizó en esa provincia frente a una pequeña parte de los 1.200 comunarios que hicieron parte de la producción. “Muchos jóvenes aquí presentes nacieron de las manos de Vicenta (…) Como tributo se le hizo esta película, reflejando en varias escenas lo que nos fue contando”, aseguró en quechua después de la proyección.

La longeva partera Vicenta Domínguez se adapta en La hija cóndor como el personaje de Ana, la madre adoptiva y tutora de Clara. Es encarnada por la quechua de 63 años María Magdalena Sanizo, quien tomó mucho de sus recuerdos cuando acompañaba a su abuela partera en sus controles. Como en la película, Sanizo rememora cómo las comadronas deben adquirir mucho conocimiento para cumplir un respetado cargo y son constantemente solicitadas en diferentes puntos del pueblo: “La llevaban en mula o caballo (…) Con solo frotar la panza de la embarazada, mi abuela ya sabía en qué posición estaba el bebé, ponía la cabecita en su lugar si estaba chueco y escuchaba si funcionaba el corazón”.

En los Andes, el oficio de las parteras se hereda de generación en generación, por lo que Sanizo estaba llamada a continuar con el legado. Sin embargo, al igual que le ocurre a Clara en la película, el sueño de la urbe pudo más. “Me vine más que todo por el matrimonio. A mi esposo le gustaba trabajar en la ciudad; luego vienen los hijos con sus estudios”. Las pequeñas localidades están desapareciendo: los municipios con menos de 5.000 habitantes en Bolivia pasaron de ser 109 en 1992 a 57 en el 2024, de acuerdo a un análisis del economista Jimmy Osorio en base a censos de ambos años.

La película revela cómo la partería tradicional se va desvaneciendo en tiempo real. En una de las escenas, cuando Ana está haciendo un control, su paciente la espera con un médico que le dice: “El Gobierno quiere que haya más hospitales rurales para que la gente del campo tenga acceso a una medicina digna”. La embarazada parece estar de acuerdo, porque necesita cumplir ese proceso formal para cobrar el subsidio de gestación. A ello se suma que su hija Clara escapa a la ciudad para cumplir el sueño de cantar en una banda de música chicha.

A la actriz que interpreta a la joven Clara, Marisol Vallejo (21 años), la trama le hace eco con la historia de sus padres. “Mis papás son de Pocona, vinieron a la ciudad jovencitos, a sus 18 años, en busca de trabajo, de ganar dinerito”. Vallejo ya nació en la capital de Cochabamba, pero visita constantemente la comunidad de sus padres para ver a sus abuelos y, sobre todo, en carnavales, cuando participa de las fiestas de la comuna cantando y bailando. En los taquipayanacus (competencias musicales), se animó a cantar y tocar el acordeón, desafiando roles destinados a los hombres; fue el germen de la agrupación que fundaría años después: Estrellas del Valle.

Esta es una de las muchas agrupaciones de música chicha que existen en Cochabamba, considerada la meca de este género en el país. Están conformadas por mujeres campesinas o de ascendencia rural vestidas de cholas, indígenas con pollera, blusa y sombrero. En La hija cóndor, Clara termina en uno de estos grupos, que suele acoger a mujeres migrantes del campo. “Con las bandas hacemos viajes larguísimos, dormimos juntas, comemos juntas. En las fechas de mucha demanda, como diciembre o enero, prácticamente vivimos en el auto”, cuenta Vallejo.

La hija cóndor no presenta, sin embargo, una visión polarizada de la vida del campo como edén y de la ciudad como infierno. En otra parte de la película, el consejo del pueblo decide cortarle el cabello a una adolescente, castigándola por su comportamiento. Vallejo explica que existe una resistencia, sobre todo de personas mayores, hacia la ciudad que puede resultar perjudicial: “Si no se cede un poco a la modernidad, nuestra cultura va a desaparecer. Sería genial poder potenciar nuestras costumbres a través de lo moderno”.

A ese objetivo apunta el director Olmos con su película: que los ayopayeños vean una de sus historias y a ellos mismos en la pantalla grande. Hernán Mamani, comunario de Ayopaya y uno de los participantes en el filme, comentaba en quechua después de la proyección en su comunidad: “Me gustaría que se hagan más películas de este tipo porque reflejan nuestros usos y costumbres”. El racismo en Bolivia es latente; la actriz y cantante Vallejo recuerda cómo algunos de sus familiares se cambiaron el apellido porque “sonaba muy andino” o dejaron de hablar su lengua originaria por vergüenza.

Ella, en cambio, dice estar orgullosa de su origen y de sus raíces. Se lo atribuye a aquellos viajes anuales a la tierra de sus padres, donde formaba un grupo musical con su hermana y sus primos para participar en la competencia de comparsas. “Es interesante que cuando mis abuelos vienen a la ciudad suelen sentirse sofocados, porque en el campo tienen terrenos grandes donde pueden andar por donde quieran. Entienden el valor de su tierra. Si no tienes eso, eres influenciable y es más fácil que te vayas”.

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