Juan Manuel Santos: “El mundo va por un camino equivocado”
Entre foros internacionales, cafetales y excombatientes, el expresidente colombiano reflexiona sobre la paz, Venezuela, Trump, Petro y el caos global

El expresidente colombiano Juan Manuel Santos (Bogotá, 74 años) se mueve como una rock star allá donde va. Hace un par de semanas, en Panamá, tres guardaespaldas le abrían paso entre decenas de personas que querían hacerse una selfie con él. Santos no rehúye a nadie: se detiene, sonríe, escucha, posa. Y pregunta. Mucho. Invitado al Foro Económico Internacional para América Latina y el Caribe, organizado por CAF y con el apoyo del Grupo Prisa (editor de EL PAÍS) a través del foro World in Progress (WIP), fue una de las figuras más buscadas del encuentro. Entre saludos y muestras de admiración, quedó claro que, lejos de retirarse del escenario internacional, Santos sigue jugando la partida.
La entrevista continuó días después en el norte del Valle del Cauca, adonde viajó para reunirse con exguerrilleros de las FARC que transformaron su vida tras la firma del acuerdo de paz, que este año cumple una década. Hoy cultivan, producen y venden café. Santos se mostró incombustible: pasó más de siete horas seguidas tomando nota mental de los aciertos y errores de su principal legado. “Paz y café, son mis dos pasiones”, resumió.
Pregunta. Se le ve más animado y activo que nunca. ¿Es una sensación o, después de unos años de bajo perfil, tiene más ganas de estar en la conversación?
Respuesta. Creo que los expresidentes no deben intervenir en la coyuntura electoral. No deben seguir aferrados al poder, aunque deben estar dispuestos a colaborar en asuntos de interés nacional cuando se les requiera. En el plano internacional, que para mí siempre ha sido muy importante, estoy muy preocupado por lo que está pasando en el mundo. El mundo va por un camino equivocado. El riesgo de una guerra nuclear está aumentando y nadie está hablando de eso. Además, el cambio climático, las pandemias o la inteligencia artificial son riesgos existenciales que están pasando a un segundo plano.
P. ¿Qué le pareció la intervención militar estadounidense en Venezuela del pasado 3 de enero? ¿Qué piensa del plan de Trump?
R. Desde el punto de vista militar, fue una operación impecable. Me quito el sombrero. Pero es una operación ilegal que viola la Carta de las Naciones Unidas, el derecho internacional y sienta un pésimo precedente. Nuevamente vemos a una de las grandes potencias que crearon este orden mundial para prevenir guerras y respetar la soberanía de los pueblos, violando sus propias reglas. Al mismo tiempo, mucha gente está contenta de que el señor [Nicolás] Maduro, responsable de crímenes de guerra, violaciones de derechos humanos y corrupción, no esté en el poder.
P. Pero continúa el chavismo.
R. La gente está muy sorprendida de que haya sido reemplazado por personas que forman parte del régimen que cometió esos crímenes. Hay una dicotomía. A mí, como colombiano, como demócrata y como alguien interesado en que Venezuela recupere su democracia y su libertad, lo que me importa es que se defina lo antes posible una hoja de ruta clara para la transición. Sorprende que, a estas alturas, la oposición no haya tenido espacio para participar en ese proceso, cuando fue la que ganó las elecciones de 2024 y fue reconocida por el mundo.
P. A muchos les sorprendió que Delcy Rodríguez se quedara en el poder. ¿Qué lectura hace de esa decisión?
R. Todo depende de que eso acelere la transición. Pero, ¿hasta qué punto? Los colectivos [grupos de civiles armados] siguen reprimiendo a la gente y no se ha liberado a todos los presos políticos. ¿Hasta dónde ha continuado lo que precisamente se quiere cambiar en Venezuela? Todo va a depender de la velocidad y de la forma en que se haga esa transición.
P. ¿Cree que Delcy Rodríguez sería capaz de conducir una transición democrática?
R. Lo que se está viendo es que Delcy y su hermano están a las órdenes de Trump. Él les dijo: “Si no se portan bien, van a quedar peor que Maduro”, y están obedeciendo. Por eso, no depende tanto de si ella es capaz o no, sino de lo que Trump le diga que tiene que hacer.
P. Los opositores coinciden en la necesidad de una hoja de ruta, pero no en acelerar los plazos electorales.
R. Precisamente por eso es fundamental definir esa hoja de ruta cuanto antes. Incluso si Estados Unidos dice que está controlando al chavismo, Trump debería sentar a chavistas y oposición y acordar una transición pacífica lo más pronto posible.
P. ¿Qué futuro le espera al chavismo?
R. El fracaso del chavismo ha sido protuberante. La revolución bolivariana fue una decepción para mucha gente y políticamente van a quedar muy disminuidos. No veo que el chavismo tenga mucha relevancia por vías democráticas en el futuro cercano.
P. ¿Qué le pareció que María Corina entregara su Premio Nobel de la Paz a Trump?
R. Apoyé al Comité del Nobel cuando le otorgó el premio a María Corina. Fue valiente y se enfrentó a una dictadura con coraje. También apoyo al Comité cuando dice que el Nobel no es transferible.
P. Usted ha apostado al diálogo como pocos líderes en la región. ¿Cómo se dialoga en un continente donde conviven Javier Milei, Nayib Bukele y Gustavo Petro?
R. Los dirigentes políticos deben ser capaces de sentarse con quienes piensan distinto, sean de izquierda o de derecha, y encontrar denominadores comunes que beneficien a la región. Si el presidente electo de Chile se sienta con el presidente de Colombia, lo ideal es que trabajen juntos en lugar de insultarse. Hay muchas cosas que América Latina puede resolver si actúa como región.
P. ¿Es optimista?
R. Hay que dejar a un lado las ideologías. En Colombia, todo el mundo creyó que el proceso de paz con las FARC era imposible y me dijeron, incluso mi propia familia, que no me metiera en eso. La perseverancia, cuando uno tiene un objetivo, permite lograr las cosas, pero se requiere liderazgo. Ojalá líderes con posiciones diferentes se pongan de acuerdo y pasen del dicho al hecho.
P. ¿Qué tipo de hechos?
R. Una oportunidad concreta sería, por ejemplo, que los países latinoamericanos se pusieran de acuerdo para producir conjuntamente los equipos militares que hoy compran de manera aislada. Habría enormes economías de escala y una cooperación que también podría traducirse en una lucha más eficaz contra el crimen organizado. ¿Por qué no una fábrica de drones o de antidrones? Ese tipo de acciones concretas es lo que puede acercar a los países, sin importar su ideología.
P. ¿Cómo ve la dicotomía entre mano dura y estrategia de largo plazo? ¿Le preocupa la bukelización de la seguridad?
R. Es un enfoque que puede ser efectivo políticamente, pero a la larga puede resultar contraproducente. Con las FARC decían que había que acabar con todos, y eso era imposible. Con el crimen organizado pasa algo similar. Se necesita mano dura, sí, pero con rigor y método. No se puede sentar a conversar sin objetivos claros ni dar estatus político a bandas criminales; eso es contraproducente y además está prohibido por el derecho internacional humanitario. Además, se requiere un enfoque integral: recuperar el control del territorio, invertir socialmente y ganarse a las comunidades. Eso funcionó con la firma del acuerdo de paz. No es sino recordar cómo estaban esas zonas calientes en el 2017; eran remansos de paz. Lamentablemente, los gobiernos siguientes no lo continuaron y la situación ha empeorado.

P. ¿Petro ha empeorado lo que dejó Iván Duque?
R. El problema no es el acuerdo de paz, como algunos dicen, sino no haberlo implementado. Duque hizo campaña contra el acuerdo y solo aplicó lo mínimo. Petro prometió implementarlo, pero se dedicó a su “paz total” a costa del acuerdo con las FARC, y eso ha agravado la situación.
P. Se cumplen diez años de la firma del acuerdo. ¿Cómo lo vive?
R. Siento una gran frustración porque mis sucesores no entendieron la necesidad de implementarlo, pero también un gran orgullo de que siga vivo: el 86% de los firmantes continúa en él, pese a que casi 500 han sido asesinados. Todavía hay tiempo. El acuerdo sigue siendo un ejemplo reconocido por la comunidad internacional y la solución a muchos de nuestros problemas actuales.
P. Iván Cepeda lidera las encuestas en Colombia. Si él fuese presidente, ¿cree que podría encauzar el acuerdo de paz?
R. No quiero meterme en la contienda electoral. Creo que los expresidentes, entre más calladitos y menos aferrados al poder, mejor. Pero ya que lo menciona, hay un tema que sí me interesa. Ojalá quien llegue a la presidencia entienda que, para resolver muchos de los problemas que va a tener que afrontar, no necesita una reforma constitucional ni una asamblea constituyente porque las soluciones están en el acuerdo de paz firmado con las FARC y el acuerdo ya está en la Constitución. Basta con implementarlo.
P. La reunión entre Trump y Petro acabó saliendo bien... ¿Usted era uno de tantos colombianos que aguantó la respiración antes de la cita?
R. Sí, pero tras la llamada entre Petro y Trump se empezó a preparar el terreno con un ánimo constructivo para arreglar una situación que a nadie convenía, y eso me llevó a pensar que iba a salir bien, como por fortuna finalmente ocurrió. Ahora se espera que se concreten acuerdos, sobre todo de colaboración en la lucha contra el narcotráfico y los grupos criminales en la frontera, y que Venezuela coopere en ese combate, algo clave para Colombia.
P. ¿Podemos hablar entonces de un acuerdo de paz o solo de una tregua?
R. Yo espero que de un acuerdo de paz, porque, entre otras cosas, no hay tiempo para que se estropee. A Petro le quedan pocos meses. Y que lo que ha pasado sea una lección sobre la importancia de utilizar la diplomacia por encima de las ideologías y de los prejuicios personales. Cruzo los dedos para que así sea porque son dos personas impredecibles, son dos fosforitos que se prenden con cualquier cosa, y son dos animales políticos que les gusta tener buenos enemigos. Petro es un buen enemigo de Trump, desde el punto de vista político, y Trump es un buen enemigo de Petro. Lo que espero es que prevalezca el interés nacional de los dos países y que esta tregua nos regrese a una política estable de cooperación y convivencia en el largo plazo, como la que teníamos antes.
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