La tregua entre Petro y Trump descoloca al uribismo en plena campaña electoral
La formación política que lidera expresidente Álvaro Uribe, el gran referente de la derecha, corteja el respaldo del presidente de Estados Unidos


La apuesta electoral de la derecha colombiana por acercarse a toda costa a la Administración de Donald Trump en Estados Unidos parece menos rentable desde hace pocos unos días. El republicano se prepara para recibir en la Casa Blanca, el 3 de febrero, al presidente de izquierda Gustavo Petro, después de meses de agrios enfrentamientos. Ese encuentro entre dos líderes impredecibles, en las antípodas ideológicas y que habían intercambiado insultos de diversos calibres, debe sellar la distensión entre Bogotá y Washington a pocos meses de las elecciones en Colombia. Una reconciliación inesperada que descoloca, en especial, al partido liderado por el expresidente Álvaro Uribe, el gran referente de una derecha que lleva años cortejando al trumpismo.
La amigable llamada que mantuvieron Petro y Trump ha marcado un antes y un después. Fue un sorprendente giro de guion, luego de las insistentes amenazas del republicano, quien, envalentonado por su intervención militar en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro, insinuaba que Colombia podía ser la próxima en la lista. “La conversación consistió en que yo pudiera exponer mi opinión”, explicó el presidente colombiano en entrevista con EL PAÍS. “Él solo había recibido informaciones de la oposición vía el Estado de Florida —donde se encuentra el ala republicana más radical—. Esa oposición miente sobre nuestra lucha contra el narcotráfico. Usted lee lo que dice Álvaro Uribe y prácticamente viene a defender que nos ataquen”, relató en un indisimulado dardo al uribismo, la corriente política creada en torno al expresidente. Uribe, a su turno, ahora critica a Petro por “mansurrón” con Trump.
Una vieja relación
Bogotá y Washington son estrechos aliados en la lucha antinarcóticos y contrainsurgente desde el año 2000, cuando el Plan Colombia fue aprobado por un presidente demócrata, Bill Clinton, con el apoyo de ambos partidos. La tradición diplomática colombiana se había esmerado en construir y mantener ese consenso bipartidista en Estados Unidos, sobre todo en el Congreso, que aprueba la mayoría de asuntos presupuestales. El uribismo, sin embargo, tensó en distintos momentos esa neutralidad para alinearse con los republicanos, antes de que la irrupción de Trump convirtiera el consenso en una utopía.

Uribe, presidente entre 2002 y 2010, selló una íntima alianza con la Administración de George W. Bush en tiempos de la “guerra contra el terrorismo”, al punto que Colombia fue uno de los pocos países que apoyó la invasión a Irak. En el ocaso del periodo de Bush, Uribe recibió en plena campaña electoral de 2008 a John McCain, el candidato republicano que perdió frente a Barack Obama, e incluso le informó la víspera sobre la Operación Jaque para liberar a un grupo de secuestrados de las FARC, entre ellos tres contratistas estadounidenses. Tras esos comicios, los congresistas demócratas ventilaron sus reparos en derechos humanos para congelar el trámite del tratado de libre comercio entre los dos países, que solo se aprobó luego de que Uribe dejara el poder. Para entonces, no estaba en los cálculos de nadie que Trump y su movimiento MAGA llegaran a la Casa Blanca.
El primer Trump coincidió con Iván Duque (2018-2022), un pupilo de Uribe que se alineó con Washington con respecto a la crisis de la vecina Venezuela y el fallido “cerco diplomático” contra el régimen de Maduro. En Cúcuta, la principal ciudad colombiana sobre la frontera, todavía recuerdan la visita al puente internacional Simón Bolívar del entonces senador republicano por Florida Marco Rubio. Hoy es el secretario de Estado de Trump, considerado por muchos como el diplomático más influyente desde Henry Kissinger.
El uribismo incluso tomó partido por la truncada reelección de Trump, a pesar del riesgo de quedar a contrapié ante una victoria de su rival demócrata, Joe Biden, como al final ocurrió. Políticos como los congresistas María Fernanda Cabal y Juan David Vélez, miembros del Centro Democrático, el partido fundado y encabezado por Uribe al que pertenece Duque, se involucraron en la campaña de miedo al “socialismo” que desplegaron los republicanos en Florida, salpicada de desinformación. El propio magnate republicano se encargó de que Colombia estuviera presente en medio de la intensa puja por asegurarse un sector del voto latino: envió mensajes de apoyo al expresidente Uribe, criticó el acuerdo de paz con la extinta guerrilla de las FARC y apeló a un término acuñado por Uribe para sus campañas electorales, el “castrochavismo”, para descalificar a los demócratas.
La campaña por el favor de Trump
Ese constante coqueteo entre uribismo y trumpismo pasa por la Florida, ha tenido un fuerte aliado en Marco Rubio y se han mantenido desde entonces. En tiempos más recientes, Uribe fue, desde el primer momento, el más ferviente defensor en Colombia de la operación estadounidense del 3 de enero en Caracas para deponer a Maduro, un ataque que considera “en legítima defensa”. “Que en Colombia nos liberemos pronto del contagio destructor”, manifestó el expresidente al celebrar la caída del heredero de Hugo Chávez. Eso fue antes de la llamada entre Trump y Petro. Después, ha acusado al presidente colombiano de mentir “descaradamente y sin sonrojarse”, y acusa de “castrochavista” al senador Iván Cepeda, el candidato presidencial del oficialista Pacto Histórico con el que lleva años enfrentado en la justicia.

En la medida en que Petro normalice las relaciones con Washington, el principal socio comercial y militar de Bogotá, la oposición pierde uno de sus caballitos de batalla. A un semestre del cambio de Gobierno en Colombia, en ambas capitales han optado por bajar el volumen de la confrontación, sin que ese proceso de normalización implique un apoyo de Estados Unidos a un aspirante de izquierdas, advierte la internacionalista Sandra Borda. “Para Estados Unidos tener una Administración de Iván Cepeda es un dolor de cabeza en este momento”, señala la analista. “No creo que se hayan dado por vencidos con la idea de meterse en el proceso electoral colombiano y ayudarle a la derecha”, como lo han hecho en otros países, concluye. “La figura clave para el uribismo en este momento es Marco Rubio”, corrobora.
De momento, el uribismo juega con al menos tres cartas distintas en las presidenciales de mayo. Su oficial es la senadora Paloma Valencia, que se medirá en la llamada Gran Consulta que reúne a nueve aspirantes de derecha y centro derecha. Allí también compite Juan Carlos Pinzón quien, con un discurso de mano dura y simpatías entre los empresarios, ha logrado el respaldo de Uribe después de un intenso acercamiento a los sectores más conservadores. El exministro de Defensa mantiene vínculos fluidos con la clase política estadounidense, pues fue embajador en los gobiernos de Juan Manuel Santos (2015-2017) y Duque (2021-2022), y ha lanzado todo tipo de guiños a Trump. Incluso adaptó en un nuevo eslogan su Make America Great Again (“Haz a Estados Unidos grande otra vez”, en español): “Colombia volverá a ser antiguerrilla. Make Colombia antiguerrilla again”.
A ellos se suma el abogado Abelardo de la Espriella, un supuesto outsider que habla de “destripar” a la izquierda y se ha acercado a la ultraderecha global para copar espacios que antes ocupaba el uribismo, del que siempre se ha declarado admirador. A finales del año pasado lanzó su campaña ante 15.000 personas en el Movistar Arena de Bogotá, muy al estilo de los eventos de Trump, y entre ellos estaba María Elvira Salazar, una congresista republicana por Florida. “Si pasa a segunda vuelta, estaremos con él”, dijo el propio Uribe recientemente, a riesgo de restarle impulso a su copartidaria Valencia y a Pinzón. Todos ellos han celebrado las acciones de Trump, y prometen enderezar las relaciones. Aunque esperan contar con el favor del republicano en el momento definitivo, la previsible foto de un Petro sonriente en la Casa Blanca debilita ese discurso.
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