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Colombia, de principal aliado militar de Estados Unidos en la región a posible objetivo

Donald Trump amenaza con insistencia a Petro y asegura que no descarta una operación como la que llevó a la captura de Maduro en la vecina Venezuela

Las palabras de Donald Trump, envalentonado por la operación que desembocó en la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, han disparado los temores en la vecina Colombia, que ha completado el giro de principal aliado militar de Estados Unidos en la región a un potencial blanco de una nueva incursión. La escalada verbal del magnate republicano contra Gustavo Petro, un duro crítico de sus acciones en América Latina, no se detiene. El domingo, en declaraciones a periodistas a bordo de su avión presidencial, Trump insistió en sus amenazas contra el primer presidente de izquierdas de la Colombia contemporánea.

“Colombia está gobernada por un hombre enfermo, que le gusta hacer cocaína y venderla a Estados Unidos, pero no va a seguir por mucho más tiempo, déjenme decirles”, reiteró el mandatario estadounidense, además de repetir que Petro tiene “molinos de cocaína, fábricas de cocaína”. Y cuando le preguntaron en el Air Force One si Washington sopesa “una operación como la de Venezuela”, no lo descartó: “Me suena bien”. La víspera, en la rueda de prensa que concedió unas pocas horas después de capturar a Maduro, había afirmado que Petro “está produciendo cocaína y la está mandando a Estados Unidos. Entonces será mejor que se guarde las espaldas”. Y en diciembre ya había señalado que “será el siguiente” en su campaña contra el narcotráfico, enfocada en un primer momento contra el régimen chavista de Venezuela.

El presidente de Colombia, que fue militante de la guerrilla del M-19 en su juventud, tampoco ha rebajado el tono, a pesar de los llamados a privilegiar los canales diplomáticos. “La Constitución ordena a la Fuerza Pública defender la soberanía popular. Aunque no he sido militar, sé de la guerra y la clandestinidad. Juré no tocar un arma más desde el Pacto de Paz de 1989, pero por la patria tomaré de nuevo las armas que no quiero”, escribió la madrugada de este lunes en uno más de sus extensos mensajes en X, su canal de comunicación predilecto, dirigido al secretario de Estado de EE UU, Marco Rubio. Ya antes había calificado de “aberrante” la “agresión a la soberanía de Venezuela y de América Latina”. Es el enésimo choque entre dos presidentes en las antípodas ideológicas, en colisión permanente y muy proclives a fijar sus posturas a golpe de redes sociales.

La personalidad imprevisible de ambos líderes ha disparado a niveles sin precedentes la tensión entre dos capitales con una estrecha relación histórica, pues Washington es el principal socio tanto comercial –por mucho– como militar de Bogotá. El sobresalto ha sido constante desde octubre, cuando Trump lanzó una diatriba contra Petro, al que acusó, sin evidencias, de ser “un líder del narcotráfico”. Sus señalamientos escalaron como respuesta a las reiterativas críticas del colombiano al despliegue militar de la Armada de Estados Unidos en el Caribe –y en menor medida en el Pacífico, con bombardeos de lanchas frente a las costas colombianas–.

Además de aliado histórico, Colombia es clave para Washington, justamente por su papel frente a Venezuela, con la que comparte una porosa frontera de más de 2.200 kilómetros. Petro, a un semestre de acabar su periodo, mantuvo unas relaciones relativamente cordiales con Joe Biden, el antecesor de Trump. Al demócrata le gustaba referirse al país andino como “la piedra angular” de la política exterior de la Casa Blanca en Latinoamérica. Las dos capitales colaboran en la lucha antinarcóticos desde el año 2000, en el periodo de Andrés Pastrana (1998-2002), cuando el llamado Plan Colombia fue aprobado por un presidente demócrata (Bill Clinton) con apoyo de ambos partidos, el Demócrata y el Republicano. Más recientemente, en tiempos de Barack Obama y Juan Manuel Santos, Washington tuvo un enviado especial en la negociación con la extinta guerrilla de las FARC y apoya la implementación de ese acuerdo de paz, sellado a finales de 2016 –a pesar de que también ha sido blanco de críticas de Trump–. La arraigada tradición diplomática colombiana se propone construir y mantener ese consenso bipartidista en Estados Unidos, pero ahora mismo parece una quimera.

La política exterior de Petro ha quedado a contrapié a lo largo del último año, prácticamente desde la misma inauguración de Trump. El pasado enero, chocaron de frente por los vuelos de repatriación que el colombiano en un primer momento rechazó por lo que consideraba un trato indigno con los deportados, que volaban esposados. La amenaza arancelaria de Trump asomó la economía colombiana al precipicio, pero esa primera crisis se resolvió en menos de 24 horas. En octubre, Colombia sufrió la temida descertificación de Washington en la lucha antinarcóticos, algo que no ocurría desde tiempos de Ernesto Samper (1994-1998) y que deja al país en el mismo grupo de Bolivia, la propia Venezuela y Myanmar.

Poco después de la descertificación, Estados Unidos revocó la visa de Petro, ante lo que el departamento de Estado calificó como “acciones imprudentes e incendiarias” durante una protesta a favor de Palestina en las calles de Nueva York. Al final de la semana en la que se había dirigido a la Asamblea General de las Naciones Unidas, con un discurso en el que cargó contra Trump, el colombiano participó en una manifestación para repudiar las acciones del Gobierno israelí de Benjamín Netanyahu. Allí, exhortó a los soldados estadounidenses a desobedecer las órdenes de Trump para obedecer “la orden de la humanidad”. El Departamento del Tesoro también lo incluyó –de nuevo, sin pruebas– en una lista que lo asocia al narcotráfico, la misma acusación de la que Petro se ha defendido en innumerables ocasiones. En Washington, sus argumentos parecen caer en oídos sordos.

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Sobre la firma

Santiago Torrado
Corresponsal de EL PAÍS en Colombia, donde cubre temas de política, posconflicto y la migración venezolana en la región. Periodista de la Universidad Javeriana y becario del Programa Balboa, ha trabajado con AP y AFP. Ha cubierto eventos y elecciones sobre el terreno en México, Brasil, Venezuela, Ecuador y Haití, así como el Mundial de Fútbol 2014.
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