La frontera colombiana espera los coletazos de la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela
El Gobierno de Gustavo Petro teme una nueva oleada migratoria tras la captura de Nicolás Maduro


Los puentes fronterizos se mantuvieron abiertos a lo largo de este sábado de bombardeos y vértigo. Ni siquiera la intervención militar de Estados Unidos para capturar de madrugada a Nicolás Maduro en Caracas, rechazada por el Gobierno de Gustavo Petro, detuvo el flujo de personas y vehículos por el Simón Bolívar, el más tradicional de los cruces que conectan la colombiana ciudad de Cúcuta con la vecina Venezuela, sacudida por un vacío de poder sin precedentes. Hasta los autobuses de transporte público, los taxis y los omnipresentes mototaxistas cruzaron como de costumbre esa vetusta estructura, con más de medio siglo de servicio, mientras una fila de cuatro tanquetas de las Fuerzas Armadas se asomaba vigilante en la boca del puente del lado colombiano.
Los militares cumplían así, de inmediato, las instrucciones del presidente Petro, un crítico muy vocal de las acciones de Donald Trump en la región y quien ordenó a primera hora el despliegue de la Fuerza Pública en la extensa y porosa frontera compartida, de más de 2.200 kilómetros, además de brindar toda la asistencia disponible en caso de que haya una oleada masiva de refugiados, que de momento no se ha producido. El ministro de Defensa, el general en retiro Pedro Sánchez, añadió que los uniformados estaban listos para “anticipar y neutralizar” cualquier intento de ataque terrorista por parte de la guerrilla binacional del ELN, que desde hace justamente un año desató una feroz arremetida en la cercana y limítrofe región del Catatumbo, con un saldo de decenas de miles de desplazados.
Su colega de Interior, Armando Benedetti, el hombre fuerte del Gobierno Petro, anticipó un Puesto de Mando Unificado (PMU) en Cúcuta, la mayor ciudad colombiana sobre la frontera, para declarar un “estado de emergencia económica, social y ecológica”. Al caer la noche, varios miembros del gabinete llegaron para instalarlo hasta Tienditas, el más moderno de los puentes que conectan a la militarizada capital del convulso departamento de Norte de Santander, una ciudad de 800.000 habitantes, con el estado Táchira. En la frontera, la jornada transcurrió en relativa calma y normalidad, aunque con enormes expectativas, conceden fuentes de la Gobernación. “Aquí no ha pasado nada”, o al menos no todavía, refrenda un dirigente gremial.
Además del comercio, estos puentes binacionales han sido también el embudo de uno de los mayores flujos de personas en el mundo. Casi tres millones de venezolanos se han asentado en los últimos años en Colombia, por mucho el principal país de acogida de una diáspora que se desborda por toda América Latina. El Simón Bolívar comunica la zona metropolitana de Cúcuta con San Antonio del Táchira. En muchos momentos, se ha quedado pequeño ante las oleadas de migrantes que han huido de su país empujados por la hiperinflación, la inseguridad o la escasez de alimentos y medicinas en los años en que Maduro ocupó el Palacio de Miraflores. Después del restablecimiento de relaciones con la llegada de Petro al poder, hace ya tres años y medio, ha vuelto a ser un puente esencialmente vehicular. Los días en que miles de personas caminaban sin descanso bajo el sol abrasador que rebotaba en el cemento parecen lejanos.

“Colombia no está preparada para los flujos migratorios en este momento, perdió su capacidad”, advierte por teléfono Ronal Rodríguez, investigador del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario, en Bogotá. “El recorte de recursos en Acnur y OIM es importante y la desaparición de Usaid genera dificultades en materia de cooperación internacional. En materia humanitaria, ya tenemos problemas por el desplazamiento de 87.000 personas por la confrontación entre el frente 33 de las disidencias de las FARC y el ELN, lo cual ha presionado la situación en la zona de frontera. Los gobiernos locales están absolutamente desbordados”, se lamenta.
A escasos diez kilómetros del Simón Bolívar, en el malecón de la avenida Libertadores, el júbilo estallaba al atardecer entre la comunidad de venezolanos residentes en Cúcuta, que se reunió para celebrar la llegada de “la hora de la libertad” junto a la iluminación navideña. Centenares de personas, muchas ataviadas con la vinotinto, la camiseta de la selección venezolana de fútbol, o arropadas con la propia bandera sobre los hombros, entonaron cánticos en medio de la música y los fuegos artificiales más propios de los festejos de Año Nuevo de hace apenas tres días. La mayoría llevaba muchas horas sin dormir, desde que se enteraron de la noticia de madrugada, pero eso no aplacaba su ánimo festivo. Cuando llega el turno del himno, todos entonan a todo pulmón el Gloria al bravo pueblo.
“A celebrar con mesura, con cordura. Esto apenas comienza, es una transición bastante compleja, pero es también momento de comunicarle al mundo que apoyamos lo sucedido”, valora Alexis Abreu, un empresario de 38 años que llegó hace ocho desde Los Teques, cerca de Caracas, con su esposa y su hija. “¿Quiénes son para decir qué es o no lo correcto cuando ellos sacaron a más de ocho millones de venezolanos del país a la fuerza? Es importante alzar la voz de que se hizo lo correcto”, se reafirma. “Estamos felices, pero con expectativa. Aún faltan cosas por hacer”, refrenda Yosman Velasco, un diseñador web de 28 años que se mudó desde San Cristóbal en plena pandemia. “En una primera fase, ya se está empezando a ver el cambio de Gobierno que tanto habíamos querido. Maduro efectivamente fue arrestado, trasladado y enviado a Estados Unidos para que pague por sus crímenes”, repasa en medio del estruendo.
Cuando Maduro se atrincheró en proclamarse ganador de las elecciones del 28 de julio de 2024, pese a todas las evidencias de que el resultado fue su derrota, Petro lanzó un fallido intento de mediación. Nunca lo reconoció como ganador de esos comicios, pero tampoco llegó a romper relaciones, en medio de un aluvión de críticas internas por no condenar con mayor contundencia el fraude perpetrado por el heredero de Hugo Chávez, ahora depuesto por las armas estadounidenses y encarcelado en Nueva York. Por los puentes también cruzaron decenas de perseguidos políticos –antes de internarse en otras ciudades colombianas– que incluyen a dirigentes opositores, líderes estudiantiles, defensores de derechos humanos, periodistas o testigos electorales. Huyeron de la feroz represión desatada después de esas presidenciales, en las que la oposición demostró, con actas en mano, el amplio triunfo de Edmundo González. De momento, tampoco hay señales de que se pueda posesionar él como presidente legítimo. La incertidumbre gobierna en Miraflores, a 800 kilómetros de la frontera.
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