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El difícil equilibrio político para Petro tras el espaldarazo de Trump

El presidente de izquierda busca mantener su postura crítica a Estados Unidos, al tiempo que espera cultivar una buena relación con magnate republicano

Gustavo Petro parece sorprendido de su buena suerte. Cuando el líder de izquierdas llegó a declamar un discurso antiimperialista el miércoles en la noche, ante miles de ciudadanos ofendidos por las múltiples amenazas que Donald Trump había hecho al jefe de Estado colombiano en las últimas semanas, la trama de su vida dio un giro que ni él vio venir. “Hoy traía un discurso y tengo que dar otro, el primer discurso era bastante duro”, reconoció. Minutos antes había anunciado su primera llamada con el mandatario norteamericano, el mismo que lo ha llamado narcotraficante, le ha quitado la visa y hasta le ha hecho más difícil hacer transferencias de dinero. Petro no llegó a insultar a quien ha sido su más poderoso enemigo político. “No es bobo”, dijo. “A Trump lo engañaron”, repitió en defensa del líder de la derecha internacional.

Desde entonces no se le ha oído decir una mala palabra contra el jefe de Estado norteamericano, al que a principios del año pasado calificaba de fascista. El giro en la trama sorprendió a la izquierda y a la derecha, a muchos gratamente y a otros con amargura. Pero a la mañana siguiente de la llamada se conoció que Petro viene jugando un juego a dos bandas. Por un lado, públicamente, no frenaba su retórica anti-Trump en sus discursos, trinos y entrevistas. Por otro lado, tenía a un grupo de facilitadores en la sombra pidiendo una sola llamada con Trump y negociando bombardeos o fumigaciones con glifosato para aplacar la enemistad.

Fue un esfuerzo silencioso que dio frutos, por encima de la retórica incendiaria a sus seguidores. Pero para Petro, este doble juego representa ahora un difícil equilibrio para mantener tanto sus banderas progresistas como la buena salud de las relaciones diplomáticas con un aliado histórico de Colombia.

El detrás de cámaras para lograr la llamada se conoció en la mañana del jueves. El embajador colombiano en Washington, Daniel García-Peña, reveló ante los medios que durante meses viene buscando una llamada con Trump. Para esto se ha reunido con más de 100 congresistas, tanto republicanos como demócratas, sin que ninguno lograra ayudarlo.

Empezó a perder el impulso hasta que apareció una mano amiga inesperada, un senador republicano de Kentucky, llamado Rand Paul, que se ha opuesto a la intervención en Venezuela. El legislador le ayudó a intermediar con la Casa Blanca, para conseguir la llamada, sin mucho optimismo al principio. “Voy a ver si logro hablar con Trump, aunque él ya no quiere hablar conmigo. Me trata peor que a los demócratas”, le dijo. La cosa no se destrabó, sin embargo, sino hasta que se sumó otro republicano, mucho más trumpista, el senador Mike Lee de Utah. “Fue él el que metió el empujón final”, cuenta una fuente con conocimiento del proceso.

Al mismo tiempo que hablaba García-Peña, EL PAÍS logró confirmar la existencia de una comisión secreta, integrada por diplomáticos y empresarios, que junto al embajador intentaban convencer a Trump de que Colombia sí es un país comprometido en la lucha contra las drogas. EL PAÍS ha confirmado con dos fuentes cercanas a la negociación que Colombia reanudó los bombardeos contra campamentos de grupos criminales este año, y volvió a la fumigación con glifosato sobre cultivos de coca, con el objetivo de satisfacer a Trump. Dos concesiones enormes para un líder de izquierda que por años criticó tanto las fumigaciones como estos bombardeos en los que pueden morir niños. Ya son varios los menores que han fallecido con las bombas.

Pero mientras se mediaba en la sombra para calmar a Trump, Petro hablaba de forma provocadora sobre el Gobierno norteamericano. En septiembre, cuando estuvo en Nueva York para la Asamblea General de la ONU, se unió a una manifestación propalestina en las calles de la ciudad en la que pidió “a los soldados del Ejército de los Estados Unidos no apuntar contra la humanidad sus fusiles, desobedezcan la orden de Trump”. La frase le costó su visa.

En octubre decía en entrevistas que “la humanidad tiene una primera salida y es cambiar a Trump. Si no, sacar a Trump”, y en sus trinos que “Trump ha desatado una guerra étnica en los EEUU”. Analistas y periodistas le criticaron no tener una postura más cautelosa, como sus homólogos de izquierda en Brasil y México, pero Petro no daba su brazo a torcer. Mientras él incendiaba las redes y enfadaba cada día más a un Trump empoderado, la cautela quedaba a cargo de la comisión secreta.

Petro se alcanzó a asustar esta semana. Después de que Trump dijo que podría ocurrirle lo mismo que a Nicolás Maduro, temió terminar capturado en el Palacio de Nariño. Confesó a la prensa que quería dormir en los próximos días cerca a la espada de Simón Bolívar, el líder libertador de la independencia del siglo XIX. Eso no frenó su doble estrategia. Mientras García Peña llamaba al senador de Utah y al de Kentucky para conseguir unos minutos de Trump al teléfono, Petro llamaba a la gran movilización. “Lo que aquí usamos es la defensa popular”, dijo en entrevista con EL PAÍS.

Luego llegó la conversación por teléfono, y Trump le confirmó que sus miedos no eran esta vez una paranoia. “Trump me dijo en la llamada que estaba pensando en hacer cosas malas en Colombia. El mensaje era que estaban preparando algo ya, planificándolo, una operación militar”, relató. “Creo que se congeló la amenaza, pero puedo equivocarme”.

Petro tiene ahora una invitación para visitar Washington en la primera semana de febrero, lo que quizás implique que le renueven la visa, o que al menos lo saquen de la lista que lo señala como un aliado del narcotráfico. Pero tendrá que llegar con dos retos enormes en la mano. El primero será convencer a Trump de lo que viene repitiendo hasta el cansancio en los últimos meses: que él sí es un aliado en la guerra contra las drogas, no solo porque reanudó los bombardeos y las aspersiones con glifosato, sino porque ha desacelerado el ritmo de crecimiento de la producción de coca y tiene una cifra histórica en incautaciones de cocaína. Es decir, que si bien la producción de coca está en cifras históricamente elevadas, está creciendo a ritmos mucho más lentos que cuando gobernaba la oposición de derecha.

Lo segundo es más sensible. Petro quiere fortalecer su cordialidad con Trump, al mismo tiempo que quiere que su proyecto progresista, crítico al Gobierno norteamericano, se logre reelegir en los próximos meses. Trump estará respirando en la nuca de la política venezolana, pero también de la colombiana, ya que en mayo hay elecciones presidenciales y el norteamericano no se frenó en intervenir en los comicios de Honduras y Argentina en 2025. Será difícil mantener la cordialidad cuando las decisiones de Washington juegan a nivel local este año, y al mismo tiempo defender las banderas del progresismo que ha sido crítico del poder norteamericano en América Latina. Petro seguirá caminando en los próximos siete meses que le quedan de Gobierno ese difícil equilibrio, entre criticar la re-encauchada doctrina Monroe, y darse la mano con Trump en la capital norteamericana.

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Sobre la firma

Camila Osorio
Corresponsal de cultura en EL PAÍS América y escribe desde Bogotá. Ha trabajado en el diario 'La Silla Vacía' (Bogotá) y la revista 'The New Yorker', y ha sido freelancer en Colombia, Sudáfrica y Estados Unidos.
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