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La brújula europea
Columna

La oscuridad trumpista sobre Europa y Latinoamérica

Las dos regiones dan pasos de acercamiento, pero en un contexto cada vez más desfavorable a una cooperación necesaria. Se debería haber actuado antes

El mundo está cambiando, poca duda cabe, pero para algunos mucho más que para otros. Hay países que siempre estuvieron totalmente expuestos al riesgo del ataque por la fuerza bruta, de la coerción indisimulada, de las arbitrariedades de un orden con reglas estrictas para unos y flexibles para otros. Para algunos, en cambio, el giro actual es una caída del Jardín del Edén de la tranquilidad —los europeos— o una renovada exposición a intervenciones e interferencias que habían quedado adormecidas en las últimas décadas —los latinoamericanos—.

Los europeos bregan ahora, a la vez, con un asalto armado —Rusia— y con una disposición sin contemplaciones al abuso —de EE UU—. Latinoamérica lidia ahora con unos EE UU que afirman de forma explícita querer restaurar su preeminencia hemisférica, y recurren para ello a mecanismos de clamorosa interferencia —rescate a Milei, arancelazo a Brasil para que no encarcele a Bolsonaro— o intervención —Venezuela—. La asfixia petrolera a Cuba es otro paso, y cabe intuir que más vendrá, sea con un renovado interés abusivo por el canal de Panamá o con otros objetivos que puedan ser interpretados como éxitos que contrarresten la sangría de apoyo interno de Trump. Tras algunas décadas de relativa contención de EE UU, el reloj parece retroceder a los tiempos oscurísimos de golpes, intervenciones armadas, interferencias descaradas, como en el Chile de Allende, en Panamá o Granada, y en tantas otras circunstancias.

En este contexto bestial, tiene mucho sentido que potencias medianas o países pequeños como son los de Europa y Latinoamérica unan fuerzas y busquen sinergias para defender un orden multilateral que conviene a todos ellos —ya que no disponen de la fuerza militar o tecnológica de las grandes potencias— o para avanzar en proyectos de mutuo interés. Este asunto ha sido abordado en un panel celebrado en el marco de la conferencia Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe, organizada esta semana por el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF) en Panamá con la colaboración del Grupo Prisa, editor de EL PAÍS, y en el cual participaron Enrico Letta, Josep Borrell, Iván Duque, Eduardo Frei y Laura Chinchilla.

Afortunadamente, hay buenas noticias en ese sentido, como la firma del acuerdo de libre comercio entre la UE y Mercosur que, aunque haya sido frenado por la acción del Parlamento Europeo —un error—, tiene visos de poder ir adelante y consolidar un positivo nuevo lazo. Este pacto sigue a la mejora de otros acuerdos, por ejemplo el de la UE con México. El comercio es un área importante de colaboración entre las dos regiones.

Aunque no cabe esconder que la cooperación no podrá tener un efecto trascendental sobre los aspectos de fuerza militar y tecnológica que definen este tiempo, sí hay otras áreas donde la relación puede tener consecuencias productivas. Lo son sin duda el terreno energético, el de los recursos estratégicos o la dimensión demográfica, con un significado migratorio interesante e importante para Europa, porque atañe a un flujo poblacional más aceptado que otros en un continente europeo que envejece rápidamente. Pero, pese a las buenas noticias y al alentador espectro de otros posibles desarrollos, la realidad es que la perspectiva es sombría.

Por un lado, la notable asistencia a la cita panameña —todo un éxito, con siete mandatarios más el presidente electo de Chile, un poder de convocatoria inaudito en bastantes años en la región— no despeja las nubes de una falta de integración regional latinoamericana, lo que a su vez que complica la cooperación con Europa. Fragmentación continental y fuertes oscilaciones políticas nacionales son un problema.

Por otro, el claro movimiento hacia la derecha extrema en América Latina hace dudar mucho de que los nuevos liderazgos quieran seguir apostando por Europa, y no por un Washington con el cual sienten sintonía ideológica, y que, además, según recita su reciente Estrategia Nacional de Seguridad, no solo busca evitar el control por actores externos de intereses estratégicos en la región, sino que incluso pretende “desalentar la colaboración [de los países del hemisferio occidental] con otros”.

Europa, claro está, no resulta ni mucho menos inmune al síndrome del crecimiento de fuerzas soberanistas, que puede complicar el funcionamiento del proyecto comunitario y su proyección exterior. Y, claro está, tiene a buena parte de sus países que miran hacia otro lugar y son indiferentes a la promesa implícita en una mejor asociación con Latinoamérica.

En 1990, la UE recibía un 25% de las exportaciones de América Latina y el Caribe, cuota que bajó al 8% en 2023. Sus productos representaban un 23% de las importaciones de la región; en 2023, menos de un 13%. El mundo ha cambiado, y no se podía modificar su rumbo, pero se podrían haber atenuado ciertas dinámicas cuando las condiciones eran más favorables si se hubiera tenido algo de clarividencia. No la hubo, y se perdieron oportunidades.

Ahora toca remar a contracorriente. Será duro, pero no cabe rendirse. Como recordó el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en Davos, la única opción de salvación para países medianos y pequeños es la asociación. Confiar en complacer a las fieras, en alinearse con ellas, es un error de cálculo. Hay que tejer redes de protección para que no nos devoren, y el entramado que se puede construir entre Europa y América Latina puede aportar una contribución significativa. Rememos fuerte.

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