Tu cerebro en un frasco
El avance de los sistemas de inteligencia artificial y de los minicerebros a partir de células madre plantea nuevas preguntas sobre la consciencia


Hagamos un experimento mental. El Doctor No te saca el cerebro del cráneo y lo mete en un frasco con todos los nutrientes necesarios para mantenerlo vivo. Pone especial cuidado en conectar tus ojos y tus oídos, que siguen puestos en tu cabeza como siempre, a unos cables de alta tecnología que los mantienen unidos a las zonas correctas del cerebro, es decir, las áreas primarias del procesamiento visual y auditivo. Lo que tus ojos ven y tus oídos oyen llega por tanto al cerebro como siempre. Así que allí estás tú, mirando tu cerebro metido en un frasco. Bien, ahora responde: ¿dónde está tu consciencia?
Como tienes unos conocimientos básicos de neurología, tú sabes que tu consciencia debe estar en algún lugar de ese órgano de kilo y medio metido en un frasco allí delante de ti. Pero lo que sientes no es eso en absoluto. Lo que tú sientes es lo mismo que antes de que el Doctor No empezara la operación: que tú estás detrás de tus ojos y en medio de tus dos oídos. Es evidente, ¿no? El Doctor No ya puede llevarse tu cerebro a la habitación de al lado o al planeta Mongo, que tú vas a seguir estando donde estás ahora, detrás de tus dos ojos y en medio de tus dos oídos, ¿no es cierto?
De hecho, si el Doctor No se llevara tu cuerpo con el cráneo vacío al planeta Mongo y dejara el cerebro en el frasco aquí en la Tierra, tú declararías estar en el planeta Mongo, por más que supieras que tu cerebro —el sustrato neuronal de tu consciencia— sigue en la Tierra metido en un frasco. Es algo desconcertante, porque la consciencia es producto de la actividad del cerebro, no de la actividad de la retina ni del tímpano, y es lícito decir que está metida en ese frasco, por mucho que tú creas que está en Mongo. ¿Y si el Doctor No, con esa mala uva que le caracteriza, corta ahora los cables que unen el frasco a los ojos y los oídos? ¿Volvería la consciencia al frasco, como el genio de la lámpara cuando ha concluido su jornada laboral? ¿O desaparecería de repente?
Bien, ahora que te habré amargado el sábado por completo, dejémonos de experimentos mentales y volvamos al planeta Tierra. Hay casos tan graves de epilepsia que solo se pueden tratar mediante una intervención radical llamada hemisferotomía (no confundir con la hemisferectomía, explicaré esto enseguida). Consiste en aislar el hemisferio cerebral que causa los ataques. Eso significa desconectarlo del resto del cerebro y de los nervios que traen las señales sensoriales y sacan las órdenes a los músculos, aunque respetando los vasos sanguíneos para dejarlo vivo (en la hemisferectomía, en cambio, el hemisferio se extirpa directamente).
Tras una hemisferotomía, los neurólogos pueden examinar el hemisferio aislado del mundo con las técnicas habituales, como la resonancia magnética y el electroencefalograma. Y los resultados revelan con claridad que ese hemisferio desconectado sigue funcionando con relativa normalidad, dentro de lo que cabe. Las redes neuronales conocidas mantienen su actividad intacta, hasta donde estas técnicas de imagen pueden determinar. El hemisferio aislado, que es lo más parecido que podemos tener al frasco del Doctor No, parece estar en una especie de sueño profundo. No es tan extraño. Al fin y al cabo, durante el sueño REM —el sueño con sueños— persiste una forma de consciencia pese a que estamos desconectados de los sentidos y de los músculos.
La cuestión no es un mero ejercicio de filosofía pura. El avance de los sistemas de inteligencia artificial y de los minicerebros obtenidos de células madre planteará pronto la posibilidad de que un cerebro en un frasco tenga una forma de consciencia. Y esto es todo por hoy.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































