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editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Brutalidad imperialista

La Unión Europea no puede seguir ignorando con medias palabras la amenaza que supone el expansionismo de Donald Trump

Todos los imperios han adornado hipócritamente sus ímpetus depredadores con explicaciones benevolentes e incluso mesiánicas: desde la salvación de las almas en los imperios medievales hasta la empresa supuestamente civilizatoria y progresista que justificaba la colonización de pueblos presentados como salvajes. El rebrote imperial y colonizador que está protagonizando Donald Trump no tiene, en cambio, escrúpulos para confesar cínicamente sus interesados propósitos y su confianza en el uso de la fuerza militar como instrumento de su diplomacia y organizador de las relaciones internacionales. El imperialismo trumpista, feroz como todos, se adorna de la brutalidad de exhibir la violencia y el designio personal como las únicas leyes en sus proyectos expansivos y en sus intromisiones en soberanías ajenas. También su desprecio por la legalidad y las instituciones: las internacionales y las de su propio país.

Es el petróleo lo que le importa de Venezuela, y no la libertad de los venezolanos, asunto aplazado en el mejor de los casos. Tampoco la represión del narcotráfico o la inmigración irregular, dudosos argumentos esgrimidos ante el juez y el Consejo de Seguridad para cubrir la vulneración de la soberanía de Venezuela y de la inmunidad de la que —pese a tratarse de un tirano— gozaba un jefe de Estado como Nicolás Maduro.

Todavía más descarada es la ausencia de argumentos racionales para explicar sus propósitos anexionistas respecto a Groenlandia. No hay nada en la inmensa isla ártica danesa que Estados Unidos no pueda obtener pacíficamente: recursos, seguridad o bases militares —todos ellos, elementos negociables con Dinamarca, el país más leal en sus relaciones con Washington y más cumplidor como socio de la OTAN—. Todo excepto la soberanía territorial, que solo pertenece a los ciudadanos groenlandeses bajo la legalidad danesa e internacional. Esa es, sin embargo, la cuestión que Trump rechaza y sustituye, según sus declaraciones, por su “propia moral”. “No hay nada que pueda pararme”, ha declarado. “No necesito la ley internacional”. Nadie puede ya llevarse a engaño.

El mandatario republicano ha demostrado con su operación militar en Venezuela y su ilegal proyecto anexionista que se halla en las antípodas de los principios y métodos que condujeron a la paz y a la estabilidad en Europa a partir de 1945 y sirvieron de fundamento de la Unión Europea y de la OTAN. Así como desprecia la solidaridad atlántica y la idea de defensa colectiva —pilares consustanciales de la Alianza—, desprecia el poder normativo de la UE, una comunidad política surgida del multilateralismo y la cooperación pacífica alcanzados contra viento y marea por quienes se enfrentaron en el campo de batalla en las dos últimas guerras mundiales.

La peor estrategia ante una exhibición tan cínica de la política de poder es la que combina la adulación con el apaciguamiento, dos formas de sumisa acomodación a las amenazas de quien es el comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo y hace valer tal condición en cualquier negociación. Al igual que Vladímir Putin, si algo entiende y respeta Trump es la contundencia en el lenguaje, justo lo que ha faltado esta semana en la reacción de la mayor parte de los socios europeos de la OTAN y de la UE, y especialmente a los máximos responsables de ambas organizaciones, el secretario general, Mark Rutte, y la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen.

Señalar y nombrar las actuaciones inaceptables y a sus responsables es el primer deber político de los gobernantes, incluso por una obligación de pedagogía democrática ante la ciudadanía. Es el primer paso para utilizar los instrumentos de respuesta que tienen en sus manos, sin deferencias hacia quien pretende imponerse antes de negociar, tal como hizo la Comisión ante la guerra arancelaria trumpista. La política imperial de Trump es para la UE una amenaza existencial que exige de los gobiernos y de los ciudadanos una plena conciencia de la emergencia que supone. Si Europa no se atreve a llamar a las cosas por su nombre para actuar a continuación, nadie podrá.

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