América Latina busca su propia voz en un mundo convulso
El Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026,organizado por CAF en colaboración con el Grupo Prisa, reúne a siete jefes de Estado y se convierte en un informal ‘Davos latinoamericano’


Hay que remontarse hasta septiembre de 2017 para ver a siete jefes de Estado de América Latina coincidiendo en un mismo espacio. Y fue fuera de casa, durante la Asamblea General de la ONU en Nueva York. Donald Trump llevaba nueve meses en la Casa Blanca, al frente de una presidencia que apenas insinuaba lo que vendría más tarde. Han pasado ocho años, Trump está de nuevo en el poder para un segundo mandato y el mundo está patas arriba. La ultraderecha avanza en la región, los gobiernos de izquierda hacen malabares para sobrevivir a la guerra arancelaria y a la amenaza militar de Trump (ya ha intervenido en Venezuela), y las reglas que ordenaron el mundo desde el fin de la II Guerra Mundial han volado por los aires. Este escenario da idea de la dimensión geopolítica que tiene el Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026 que se celebra desde este miércoles en Panamá, organizado por CAF-banco de desarrollo de América Latina y el Caribe, con el apoyo del Grupo Prisa (editor de EL PAÍS) a través del foro World in Progress (WIP). Una cita pensada principalmente para afianzar lazos comerciales que se convirtió hoy en una cumbre multilateral regional de alto contenido político, un necesario Davos latinoamericano. Siete jefes de Estado, un presidente electo y 6.000 invitados debatieron sobre el papel de América Latina en el nuevo mundo.

El presidente ejecutivo de CAF, Sergio Díaz Granados, abrió el foro. “Esta se ha convertido en la cita más importante para efectos de movilización y alianzas. Latinoamérica y el Caribe tienen las piezas necesarias para resolver sus dilemas”, dijo. Le siguió el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva. Al frente de la mayor economía de América Latina —la segunda es México, el gran ausente del foro—, el mandatario de izquierdas llamó a “reconquistar la confianza en la integración”. “En un contexto global de ruptura del orden liberal, el multilateralismo no basta. Debemos mirar a la Unión Europea sin olvidar las diferencias. Falta convicción a los liderazgos regionales sobre los beneficios de un proyecto más autónomo”, dijo Lula, y plantó la semilla de la discusión.
Lula no nombró a Trump, pero el republicano estuvo presente. Llamó también la atención sobre el estado actual de la política de integración. Recordó que la última cumbre entre la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) y la UE, organizada por Colombia en noviembre pasado, estuvo a punto de ser un fiasco, al no firmarse siquiera una declaración conjunta de rechazo a las operaciones militares de Estados Unidos contra supuestas narcolanchas en el Mar Caribe y el Pacífico. Lula viajó a Santa Marta de apuro, para no dejar solo al anfitrión, Gustavo Petro, y se fue antes de la firma del documento final. La Casa Blanca no había secuestrado aún al venezolano Nicolás Maduro y la región fue incapaz de medir la dimensión del peligro que acechaba. Subestimó la posibilidad de una operación militar en Caracas y concentró su atención en la supuesta ofensiva estadounidense contra el tráfico de drogas. Un mes después de una declaración que llamaba a respetar la soberanía de los países, los soldados de Trump irrumpían por aire, mar y tierra en la capital venezolana en la madrugada del 3 de enero.
Sobre ello llamó la atención el presidente brasileño, no tanto sobre Maduro, pero sí sobre la falta de reflejos regionales para identificar las amenazas y responder a ellas con contundencia. Así de rápido va el mundo. “Volvimos a ser una región dividida, más volcada para afuera que para adentro. Permitimos que conflictos y disputas ideológicas ajenas se impusieran. Las amenazas del extremismo político y de la manipulación de la información se incorporan a nuestro día a día. Nuestras cumbres se han convertido en rituales vacíos, de los que se ausentan los principales líderes regionales”, dijo Lula.

El Foro en Panamá no tendrá el jueves un documento final ni obligará a los presidentes a asumir compromisos políticos. Eso volvió menos comprometedoras las discusiones y contribuyó al éxito de la convocatoria. Sin compromisos escritos, fluyen las palabras y crecen las ideas. No hubo tres mosqueteros (Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Lula da Silva), aquellos que dinamitaron la idea de un mercado de libre comercio americano (ALCA) que el presidente George W. Bush intentó imponer en la Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata (Argentina) en 2005. Nadie dijo tampoco que “huele a azufre”, como Chávez al hablar después del presidente de Estados Unidos en la ONU en 2006. No se nombró a Trump, pero todos sabían en el centro de convenciones de la capital panameña que allí estaban sus políticas como una sombra oscura y beligerante.
El anfitrión, el presidente José Raúl Mulino, lo dejó claro mediante un gesto bien estudiado. Llevó a los mandatarios invitados de visita a las esclusas de Cocolí, claves en las obras de ampliación que permitieron a los gigantescos buques Neopanamax atravesar sin problemas el canal que une el Atlántico con el Pacífico. La foto de familia estuvo dedicada a la Casa Blanca y sus amenazas sobre la soberanía del Canal de Panamá. Trump considera que sus buques pagan demasiado por el uso de una obra de infraestructura que considera de su propiedad. En el pasado avanzó sobre la posibilidad de recuperarlo para Washington, aunque luego su interés se trasladó al petróleo venezolano, sin poner del todo fin a la amenaza. En su discurso, Mulino, de centroderecha, advirtió que el mundo está “en la antesala de una gran tormenta” y pidió que América Latina sea “un contrapeso de paz”. “Debe conformarse como un bloque único porque solo así tendrá poder de negociación y podrá reclamar el lugar que nos corresponde”, dijo.

La foto del Foro unió a enemigos íntimos ante una amenaza común. Coincidieron en un mismo espacio presidentes que no se hablan entre sí, incluso que mantienen abiertas disputas regionales de alto calibre, como Petro y el ecuatoriano Daniel Noboa, enfrascados en una pelea arancelaria ―“Le ofrezco la posibilidad de que hablemos”, le dijo Petro, sin recibir respuesta del ecuatoriano―. El colombiano coincidió en el Foro con el chileno José Antonio Kast, a quien había llamado “nazi” en el pasado. “Jamás le daría la mano”, fue su primera declaración tras el triunfo del dirigente chileno en las elecciones presidenciales de diciembre pasado. Lula quiso dejar claro, en cualquier caso, que Kast será bienvenido una vez que asuma el cargo el 11 de marzo: apenas aterrizado en Ciudad de Panamá, se reunió durante una hora y media con el chileno. Su equipo de prensa difundió con premura la fotografía, dos jefes de Estado que están en las antípodas ideológicas y se daban la mano mientras sonreían a la cámara.
Kast llegó como presidente electo. Pidió más “carácter” a la región, sin aclarar si eso supone plantar cara al avance trumpista. Fue el único que habló de la tragedia de la migración venezolana, el gran tema de las discusiones políticas en Chile. “Más de siete millones de venezolanos han huido del país; hemos fallado como región. Chile los ha acogido, pero también ha sufrido porque se ha recargado la economía, se perdió el sueño de la casa propia”, dijo. Kast hizo campaña machacando con la inminente expulsión de todos estos venezolanos, a los que acusa, sin pruebas, de la disparada de los índices de violencia urbana en Chile, un país históricamente ajeno a ese problema. El eje Kast-Noboa fue claro: la delincuencia es un flagelo y hay que poner orden, lo mismo que el narcotráfico. Lula, Petro e incluso Mulino ni siquiera se refirieron al asunto.

Rodrigo Paz, elegido presidente en Bolivia con la misión de enterrar casi dos décadas de gobiernos del MAS, el partido de Evo Morales, prometió abrir su país al mundo —“Bolivia solo es viable si ustedes son viables”, dijo—. Paz es un recién llegado y se esforzó por presentar a su país como un destino apetecible para las inversiones. No olvidó la disputa por la salida al mar que Bolivia tiene con Chile, pero optó por un giro al menos original: “Tenemos más puertos que ustedes, cinco fronteras. Le ofrezco a Chile también nuestros puertos ante un mar enorme del continente como Brasil”. Si no hay agua, sobra tierra.
El ecuatoriano Noboa prefirió hablar de política interna. Aseguró que su país logró estabilidad macroeconómica y apenas llamó al respeto entre presidentes —sin nombrar a Petro—. No hubo en su discurso menciones a un nuevo orden mundial, sí a los peligros que considera más acuciantes: el narcotráfico y la corrupción. Trump sobrevoló su discurso, pero como una voz que hablaba a través de él sin atisbos de amenaza. Bernardo Arévalo, el presidente de Guatemala, también prefirió hablar en clave local, de los esfuerzos que está haciendo para reordenar un país que estaba perdido en la corrupción y el clientelismo político. La violencia se ha convertido ahora en una nueva losa. “Hemos logrado avances en materia de seguridad, pero sabemos que aún estamos lejos de la situación ideal. El rumbo es claro tanto para Guatemala como para la región: necesitamos más unidad, más coordinación, integración y conexión, un compromiso renovado y reforzado por un sistema internacional basado en leyes y en la paz”.
Andrew Holness, primer primer ministro de Jamaica, sugirió directamente a sus interlocutores tres propuestas: una agenda regional competitiva, estar listos institucionalmente y una postura diplomática y económica renovada. “No podemos hablar como un mercado aislado, sino como un hemisferio coherente”, advirtió.
Este jueves se celebra la segunda y última jornada del foro. El presidente del Grupo Prisa, Joseph Oughourlian; su vicepresidente, Fernando Carrillo, y el director de EL PAÍS, Jan Martínez Ahrens, participarán de las discusiones. El eje será el mismo: la necesidad de encontrar una voz propia para América Latina ante un mundo cada vez más convulso. Si en el siglo pasado la estrategia era la de un frente de “países no alineados”, que incluía a gobiernos de todo el mundo disconformes con el reparto del mundo impuesto por Estados Unidos y la Unión Soviética, la nueva realidad parece converger hacia una alianza regional que lime las diferencias internas.
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