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La captura de Maduro dispara el apoyo a Trump entre venezolanos y cubanos: “Es un hombre de palabra”

Mientras la mayoría de los estadounidenses desaprueba la captura del presidente de Venezuela, entre estos dos exilios ha crecido la admiración y agradecimiento hacia el republicano

Bárbara, Carlos Muñoz, Carolina Barrero y Yanet Tensenberg con su hijo.

Habría que hacerle una estatua a Donald Trump justo al lado de la de Simón Bolívar en la plaza del centro histórico de Caracas, donde todo el que pase recuerde que a Venezuela primero la liberó un venezolano y luego un estadounidense. Carlos Muñoz, un electricista, residente en Estados Unidos desde hace diez años, cree que esa sería la mejor forma de honrar al republicano y devolverle la alegría que ahora les ha dado a gente como él y como Yanet Tensenberg, su coterránea. “La única forma de que salieran del Gobierno era con una intervención militar”, dice él. Ella asiente, y añade: “Trump es un hombre de palabra”.

Muchos de los congregados afuera del tribunal del distrito sur de Manhattan el 5 de enero aseguran no haber dormido en días, desde que sus familiares en Venezuela los despertaran y les hicieran saber que Maduro había sido capturado por el gobierno de Estados Unidos y llevado hasta el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, para presentarse ante la justicia en el edificio frente al cual estaban ellos ahora. En su primer mandato, Trump prometió que desembarcaría con marines en Caracas. Nunca sucedió. En su segunda Administración, desplegó desde el verano un aparataje militar en el Caribe que algunos no imaginaron que desembocara en Fuerte Tiuna, el fortín del chavismo.

De hecho, tras su llegada a la Casa Blanca, gran parte de los exiliados venezolanos que apoyaron a Trump en las elecciones de noviembre de 2024 se sentían estafados y utilizados para ganar sus papeletas en Florida, el Estado donde viven casi 400.000 de ellos, de la comunidad de 1,3 millones asentada en Estados Unidos, y que le dio más del 90% de los votos al republicano.

Varias acciones de Trump decepcionaron a la comunidad: la suspensión del Estatus de Protección Temporal (TPS), que amparaba a unos 600.000 venezolanos; el recibimiento en Miraflores del enviado especial, Richard Grenell, para negociar el regreso de seis rehenes estadounidenses, y la disposición de Maduro para recibir vuelos de deportados, a pesar de que había roto relaciones desde 2019 con Washington.

Venezolanos celebran la captura de Maduro, en España, el 3 de enero.

Sin embargo, lo que esperaban los venezolanos en EE UU era un derrocamiento del régimen de Maduro, un cambio que les devolviera una Venezuela próspera, sin seguir fabricando exiliados, como sucede desde hace más de 10 años. El exilio estaba molesto, mientras el Gobierno les seguía arrebatando protecciones como la del parole humanitario u otros programas, o los detenía y los deportaba como presuntos criminales a lugares como El Salvador.

Con el comienzo de 2026, las cosas cambiaron, al menos para el ala más conservadora de los exiliados venezolanos. Para ellos, ahora Trump quedaba absuelto. “Yo sé que muchos migrantes están molestos por el tema de las deportaciones y la eliminación del TPS, pero si hay una transición a la democracia en Venezuela, habrá un país al que regresar”, asegura Boris Molina, de 59 años, quien abandonó el país cuando Hugo Chávez ocupó el poder en 1989. Su hermano es uno de los que teme ser deportado. Es un solicitante de asilo.

Bárbara, una mujer de 50 años que ha preferido omitir su apellido, afirma: “Trump ahora dice que los venezolanos estarán protegidos, y le estoy inmensamente agradecida. Amo a Donald Trump, el único presidente del mundo que se volteó a ver a Venezuela, el único que se condolió del pueblo, que está muerto de hambre, que no tiene gasolina, que está sufriendo”.

Protesta en Caracas, Venezuela, el 4 de enero.

Hay otros venezolanos a quienes les parece inadmisible que Estados Unidos haya capturado a Maduro. O que Trump presuma de controlar el petróleo venezolano o decida el rumbo del país. A Yonatan Matheus, un activista por los derechos humanos, le preocupa “la gravedad que, para la soberanía y estado de derechos, representan las acciones de la Administración Trump”. Otros como José Hernández, ex representante de Venezuela en la comisión de seguridad hemisférica de la OEA, insisten en que no había otra alternativa para su país: “Que nos llamen cipayos es solo parte de la triste narrativa impuesta. Venezuela hoy está mejor sin Nicolás allí”.

El festejo cubano

Contrario a la respuesta de la diáspora venezolana, la reciente intervención en Venezuela ha sido criticada por los estadounidenses. Una encuesta de la empresa de análisis de datos YouGov muestra que el 56% desaprueba la acción de su Gobierno y el 66% cree que Trump debió solicitar la autorización del Congreso para proceder.

“Los estadounidenses están muy divididos sobre la operación en Venezuela”, asegura David Smith, profesor asociado de Política Estadounidense y Política Exterior de la Universidad de Sídney. “Están muy inseguros sobre lo que sucederá después, e incluso a muchos de los partidarios de Trump no les gusta la idea de que Estados Unidos ‘dirija’ Venezuela, como ha sugerido Trump”. “Los estadounidenses quieren que se preste mucha más atención a la solución de sus problemas internos, especialmente la crisis del costo de vida. Muchos de ellos verán esta intervención como una distracción costosa que, en última instancia, podría dejar a Estados Unidos envuelto en otra guerra interminable”, sostiene el académico.

Afectaciones por el ataque estadounidense, en La Guaira, el 3 de enero. Foto: Matias Delacroix (AP)

Sin embargo, hay una diáspora que se ha sumado a celebrar los nuevos acontecimientos en Venezuela: la cubana. Los vínculos fuertes entre ambos países se remontan a los 2000, con Chávez en el poder, cuando Venezuela suplió la falta que dejó el colapso de la URSS, en una Cuba sumida en una crisis sin precedentes. Al país llegaron hasta 90.000 barriles de petróleo diario y en 2011 la isla se conectó al cable submarino ALBA-1, de Telecom Venezuela y la cubana Transbit. El Gobierno de La Habana, por su parte, exportó profesionales de la salud o el deporte que le proporcionaron millones de dólares todos estos años, además de algo clave: su aparato militar.

Fueron 32 los cubanos que murieron en la operación militar que sacó a Maduro y a su esposa, Cilia Flores, de su cama en Fuerte Tiuna, una presencia que el Gobierno había negado por años y que ahora estaba al descubierto.

Desde la escalada en el Caribe, la gente se ha preguntado si también estaría Cuba en la mirilla de Trump. “No voy a hablar sobre nuestros próximos pasos o políticas en este momento, pero no es ningún misterio que no somos grandes admiradores del régimen cubano”, dijo después de la intervención a Venezuela el Secretario de Estado, el cubanoamericano Marco Rubio. Trump también expresó que pretendía “ayudar a la gente en Cuba”. El Gobierno de Miguel Díaz-Canel, en La Habana, está en alerta: ha movilizado a la población para extender su apoyo a los venezolanos y asegura estar listo para cualquier escenario. “Daré mi sangre y mi vida por Maduro”, dijo el mandatario cubano hace unos días.

Algunos no solo se preguntan si Cuba está en los planes, sino que una parte de los exiliados cubanos ha implorado que la intervengan. En las redes sociales se ha visto gente que pide anexionismo o que ha compartido memes que le indican a Trump dónde queda Punto Cero, el Fuerte Tiuna del castrismo.

Simpatizantes de Nicolás Maduro, en Caracas, el 4 de junio.

Los cubanos, históricamente amparados por las políticas migratorias en Estados Unidos, el pasado año entraron al mismo saco que el resto de los migrantes: la comunidad de 2,5 millones, en la que el 68% le dio el voto a Trump, ahora también estaba afectada por la eliminación de programas de visas, reunificaciones familiares o parole. Muchos cubanos han terminado en el centro de detención de Alligator Alcatraz, construido a las afueras de Miami, y en los últimos meses en la comunidad comenzó a notarse la inconformidad por las deportaciones de familiares o vecinos. Ahora, con la posibilidad de que Trump intervenga Cuba como hizo con Venezuela, el presidente ha vuelto a fortalecer a sus partidarios.

Para Jorge Duany, director del Instituto de Investigaciones Cubanas y profesor de Antropología en el Departamento de Estudios Globales y Socioculturales de la Universidad de la Florida, no es casual que la captura de Maduro traiga tanta alegría para la comunidad cubana y venezolana.

“El fracaso de múltiples intentos previos —como elecciones fraudulentas, sanciones económicas y búsqueda de una salida negociada del liderazgo chavista— probablemente ha contribuido a la frustración ciudadana y al respaldo de alternativas extremas como la que utilizó la administración Trump”, dice. “En cuanto a Cuba, la larga permanencia del régimen castrista, a pesar del embargo estadounidense, las recurrentes crisis económicas y las denuncias generalizadas de violaciones a los derechos humanos, ha generado cierto desgaste de la opinión pública tanto dentro como fuera de la isla”.

“Durante décadas, las comunidades cubana y venezolana denunciamos los crímenes de las dictaduras de Castro y Maduro ante todas las instituciones internacionales y gobiernos democráticos, buscando amparo en el derecho internacional, solidaridad y ayuda. La mayoría de las veces encontramos silencio, complicidad e inacción”, asegura la activista cubana Carolina Barrero. “La extracción del dictador Maduro es el sueño por el que muchas personas han dado su vida en Venezuela. ¿Cómo no van a poner en valor a la Administración que finalmente escuchó?”.

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Sobre la firma

Carla Gloria Colomé
Periodista cubana en Nueva York. En EL PAÍS cubre Cuba y comunidades hispanas en EE UU. Fundadora de la revista 'El Estornudo' y ganadora del Premio Mario Vargas Llosa de Periodismo Joven. Estudió en la Universidad de La Habana, con maestrías en Comunicación en la UNAM y en Periodismo Bilingüe en la Craig Newmark Graduate School of Journalism.
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