László Krasznahorkai, Premio Nobel de Literatura: “Mi Hungría es la de la lengua, no la de los húsares”
El autor de ‘Tango satánico’ habla en Barcelona de su país, de la Shoah, de sus autores favoritos y del cineasta Béla Tarr: “No ofrezco esperanza, pero tampoco la quito”


Aureolado por el Premio Nobel de Literatura y por los mechones de pelo blanco que —junto a la barba cana y los ojos de un azul tan puro que hieren— le dan un aspecto de apóstol o profeta, el escritor húngaro László Krasznahorkai (Gyula, 72 años) recibe en el bar del hotel Alma tras haberse dado el día antes un insólito, para un autor tan depurado y exigente como él, baño de multitudes en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). El autor de Tango satánico y Melancolía de la resistencia, vestido completamente de negro y sorprendentemente bronceado, está de un humor excelente y se muestra cercano y afable, aunque se ensombrecerá al hablar de la situación política de su país. Poner sobre la mesa un ejemplar de su libro Trabajo preliminar para un palacio (aún no traducido al castellano), protagonizado por un librero homónimo de Melville, sirve para arrancar la conversación recuperando una discusión mantenida en 2024 en Marraquech en las Conversaciones literarias de Formentor sobre el significado de la ballena que aparece en Melancolía de la resistencia.
Pregunta. Negó entonces hasta tres veces que la ballena fuera un símbolo de nada, ni de Moby Dick, ni del estalinismo, ni de la codicia, ni del caos…
Respuesta. Y sigo diciéndolo, en mi obra nada es simbólico, no me gustan los símbolos en la literatura, ni la parábola, aunque tengo una debilidad por la poesía simbolista francesa. A ese libro, Trabajo preliminar, le tengo mucho aprecio porque salen Melville, Malcolm Lowry, que es uno de mis autores favoritos, y el innovador y visionario arquitecto experimental estadounidense Lebbeus Woods. Lebeo es un nombre bíblico, por cierto.
P. Preguntarle entonces si la literatura es un tango con el diablo…
R. Lo es para los personajes de Tango satánico. Hay bailes más felices como el flamenco, a pesar de que también trata de la pasión y el demonio está asimismo presente, se puede sentir la influencia del diablo en el flamenco. Pero en mi novela, el tango es simplemente el baile que hacen allí mientras esperan un milagro. Es eso y nada más.
P. ¿Es entonces solo realismo?
R. Realismo es una palabra asociada a una época, no es lo que yo hago. ¿Qué es el realismo? La verdad es que no existe exactamente tal cosa, si piensas que incluso ante algo tan objetivo como un accidente de coche, los testigos darán versiones distintas. Cuando hablas de relaciones sentimentales o emocionales como hago yo, no puedes decir qué es real y qué no. No puedes presentar una situación desde un punto de vista correcto: ¿cuál sería? De hecho, se trata de un cambio radical del concepto de realidad, es más, de la desaparición de la realidad.
P. ¿Qué intenta decir al lector? Los hay que quedan algo desconcertados con sus libros.
R. Primero, intento convencerlos de que no me lean, y lo digo en serio, honestamente. No ofrezco esperanza, aunque tampoco la quito. Los míos no son libros de recetas, evidentemente. No se puede cocinar una buena comida con ellos. Son como una paella que hice una vez. Salió mal, tenía todos los ingredientes de paella, pero el conjunto no funcionó, incluso me sentó fatal. Pero si alguien, pese a todo, decide leer libros míos, le aconsejo que no se crea nada de lo que se ha dicho sobre ellos. Lo de que son difíciles de leer. Es verdad que uso frases inusualmente largas [de hecho una sola en 400 páginas en el último, Herscht 07769, que publicará Acantilado, sobre un personaje que quiere alertar del fin del mundo a Angela Merkel mientras trabaja como limpiador de grafitis para un director amateur de orquesta neonazi]. Es como cuando guardas un secreto mucho tiempo y de repente lo sueltas: cómo te quiero Lucía y siempre te querré, y toda la avalancha que sigue; no puedes decirlo en frases cortas. Imposibilita el uso del punto el que suelo escribir desde esa pasión por el contar. En fin, se me ocurre ahora: ¿todo esto le interesa a alguien? ¿A quién le interesa cómo se ha hecho un libro? Nos sorprendería si Samuel Beckett nos explicara cómo surgió Esperando a Godot. Yo creo que no tenía una idea, salió así. Honestamente, no puedo decir más. Tengo algo en mi cabeza, lo compongo y escribo. Y si el lector tiene un mal día, se compra el libro.
P. Dicho así…
R. Lo importante es que el lector se reconozca a sí mismo. Lo frágil que es su propia dignidad. Que se dé cuenta de que esa dignidad es lo último que se le puede quitar, pero que se le puede quitar. En eso nos diferenciábamos mi amigo Béla Tarr y yo. Él creía que a una persona no se la podía despojar de su dignidad.

P. ¿Siente una afinidad con el mundo húngaro?
R. La hungaridad… Nací húngaro, mi lengua materna es el húngaro. La hungaridad, lucho contra ello todo lo posible. Por qué cambiar ser ciudadano del mundo por ser solo húngaro. Mi relación con ser húngaro es como la que tienes con una piedra en la orilla del río. No sabemos por qué es así. Por qué no nací albano o eslovaco. Lejos de mí ideologizar el hecho de ser de alguna nación, de Hungría concretamente. Siempre hay auges del populismo, gente que está orgullosa de ser húngaro, de la patria. ¿Estoy orgulloso de la silla en que estoy sentado? Es muy perjudicial cómo habla la gente de la patria en relación con la realidad. La procedencia no tiene mucho que ver con nada. Ciertamente, a los que hablan como yo los odian. Me gusta la lengua húngara, me siento muy afortunado de que mi lengua materna sea una capaz de expresar matices muy finos. Pero respeto igual otras lenguas y entiendo que se las cuide, como a la lengua catalana, en la que tengo editor.
P. Entiendo que no es muy de húsares, Esterházys, Abadys, los sables…
R. [Ríe de buena gana] Solo puedes reírte de todo eso. Eso sí, hasta que te alcancen por la calle sus partidarios y te machaquen. Me preguntas por los húsares, la patria, y yo hablo de lengua continuamente. No es una casualidad. Mi Hungría es la de la lengua y no la de los húsares. Me he alejado tanto del mundo húngaro, de ese concepto de lo húngaro contagiado de estupidez. Ocurren cosas horribles en todos los Estados expuestos a los populismos, pero nada igual por intensidad y brutalidad a lo que sucede en Hungría. Esa capacidad de manipular, una fuente de infección. Hungría ya no es un país, es un manicomio del que ya se han ido los médicos y en el que los enfermos juegan a ser médicos los lunes, miércoles y viernes.
P. Con la Historia en la mano, Hungría parece equivocarse siempre en los momentos decisivos. Ha pesado mucho el tratado de Trianón.
R. Siempre se equivoca en las encrucijadas históricas, siempre escoge mal el camino. Cuando dije en una entrevista que no entendía que los húngaros estén siempre muy orgullosos de sus batallas, que además siempre pierden, me atacó la extrema derecha. No tiene sentido discutir. Incluso gente que parece muy inteligente está presa de la ideología. Todo eso nos devuelve al mundo animal, cuando lo que querríamos es elevarnos como personas. No se trata de aceptar o rechazar tradiciones; pocas personas más conservadoras que yo en aceptarlas desde un punto de vista intelectual. Pero, como reza un dicho húngaro, molemos en dos molinos muy diferentes y de la harina de ellos nunca saldrá pan. Y eso ha construido una sociedad enferma, esas heridas psicológicas que se podrían tratar de sanar de manera distinta.
P. En su literatura, pese a tener usted raíces judías, no aparece la Shoah, el Holocausto.
R. Está presente. El antisemitismo, el racismo, la estupidez criminal... están en mis libros, en Melancolía de la resistencia, en Tango satánico… El nazismo pequeñoburgués…
P. Pero no de manera explícita.
R. No he escrito concretamente de la Shoah porque ya lo hizo Imre Kertész [su predecesor húngaro en el Nobel de Literatura, en 2002] , que era muy amigo mío. Yo no podría escribir de eso mejor. Y es muy peligroso hacerlo, hay tantas obras kitsch sobre la Shoah…

P. ¿Cómo ha sido lo de ganar el Nobel?
R. Muy inesperado para mí. No pertenezco al grupo de los que están el primer jueves de octubre ante la pantalla viendo la imagen de una puerta cerrada y esperando que se abra y anuncien un nombre. Fue muy difícil asumir que te colocaban junto a tantos nombres que admiras, ¡Faulkner! Sigo sin saber qué hacer con el Krasznahorkai que tiene el Nobel. Es algo que te eleva a una altura en la que no hay oxígeno, y mis pulmones lo necesitan, es mucho honor para mí. Ha sido una valentía elegirme, porque yo siempre he contado en mis libros una historia de fracasos.
P. ¿El cine de Béla Tarr ha condicionado la lectura de su obra? ¿Le ha robado la cartera de alguna manera?
R. No, no, Béla nunca me quitó nada, yo se lo di todo. Mira, un libro es un libro, una novela es una novela, Béla y yo trabajábamos juntos, decidíamos todo juntos. Yo le ayudaba en todo lo que necesitaba. Incluso le convencí de tomar cosas que no quería utilizar. Pero en un barco hay un capitán y los demás. Muchos escritores toleran mal eso, pues que no vayan a lo cinematográfico. El cine tiene leyes muy crueles, y son necesarias.
P. Kafka y Malcolm Lowry son especiales para usted.
R. Son muchos los escritores que admiro, esos no son los únicos ni mucho menos, pero es cierto que sin Kafka, sin El castillo, yo no sería escritor. Y a Lowry también le debo mucho. No es que haya que elegir. Aliento a todo el mundo a abrirse y leer más autores. Viene un mundo, si seguimos así, en el que las estrategias de supervivencia individuales van a tener un papel definitivo.
P. De alguna manera, usted es también un K.
R. Jajaja, un L. K.
P. Permítame la frivolidad, ¿conoce a ese otro Lászlo, Almásy, el explorador húngaro real y el de la novela y la película?
R. Sí, aunque es más conocido fuera de Hungría. Un tipo muy especial y muy colorido. Valdría la pena que los húngaros lo conocieran más, pero me temo que tampoco ayudaría.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































