Béla Tarr, todo por su público
El historiador Esteve Riambau recuerda el paso del cineasta húngaro fallecido por la Filmoteca de Catalunya y su rodaje con alumnos en un restaurante chino

Cuando Béla Tarr se enteró de que las entradas para ver Sátántangó estaban agotadas, me propuso que le cambiara el billete de regreso a Budapest, porque quería quedarse a presentarla. Eso sucedió hace un par de años, con motivo de la retrospectiva que le dedicamos en Filmoteca de Catalunya. La sala, efectivamente, estaba a rebosar y a la una de la madrugada di por finalizado el coloquio con los más de 200 supervivientes de aquella maratoniana sesión que había comenzado a las cuatro de la tarde de un domingo en el que, como recordó el cineasta húngaro, jugaba el Barça contra el Madrid y muchos de los espectadores no habían nacido cuando él rodó en 1994 su obra magna. Se trataba de una adaptación de la novela homónima de László Karsznahorkai, último premio Nobel de Literatura y uno de los puntales de su cine, junto con el compositor Mihaly Vig.
Unos días antes también había presentado, con la sala llena, Las armonías de Werckmeister (2000) y El caballo de Turín (2011), la que él había decidido que sería su última película. Consideraba que, con esa historia del animal que habría despertado la compasión de Nietzsche tras ver cómo su cochero lo golpeaba salvajemente, podía dejar de filmar. “Después de eso, ¿qué más puedo decir?”, afirmó tras la proyección de un filme que termina con el padre y la hija que, a la luz de una vela, conviven con un caballo maltratado en un paisaje rural desolado y sacudido por el viento. Desde sus orígenes profesionales bajo el régimen comunista hasta su rechazo del gobierno ultraderechista de Orban, Béla Tarr había depurado un muy personal estilo basado en la mirada distante, el plano secuencia y una fotografía gris y fría que le habían hecho merecedor del premio honorífico de la Academia del Cine Europeo.
La semana que estuvo en Barcelona fue intensa, repleta de experiencias como las que hacen vivir sus películas. Además de las sesiones en Filmoteca, presentó otra en el cine Zumzeig e impartió una master class en una escuela de cine que se desarrolló en un improvisado rodaje en el restaurante chino de la esquina. Gracias a la escuela privada que él dirigía en Sarajevo, de la que salieron alumnos como Pilar Palomero o Manel Raga, Tarr sentía un especial apego por los jóvenes. De ahí que, recíprocamente, estos se interesasen por un cine que no discurre precisamente por senderos habituales.

Tras la maratoniana sesión de Sátántango, todavía rematada con una botella de vino en el desierto vestíbulo de un hotel, el cineasta me escribió: “Estoy de regreso en Budapest, gris y fría. Te encuentro a faltar, a ti y a Barcelona. ¡Gracias por todo! Te quiero a ti y a la gente. Me lo he pasado muy bien contigo y allí me he sentido realmente feliz. No es habitual. Espero que podamos volver a vernos muy pronto”.
Poco más de un año más tarde, cumplió su promesa, de nuevo en Barcelona. Yo ya no dirigía la Filmoteca y, una vez liquidados los compromisos por los que había sido invitado, me llamó para que nos viésemos. Pedía mi colaboración para levantar una instalación que no había podido desarrollar con el gobierno municipal de Ada Colau. Se trataba de poner de relieve la dignidad de los homeless dentro de un container. Le encontré una ubicación ideal, pero ya no hubo tiempo para que retomase el proyecto. Acusaba muchos más años de los que realmente tenía, aunque él sabía que ya lo había dado todo. Y fue mucho.
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