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Muere el director húngaro Béla Tarr, mago del cine de autor más radical, a los 70 años

El responsable de películas como ‘Sátántangó’ o ‘El caballo de Turín’ era reconocido por sus atmósferas crepusculares y por sus planos secuencia contemplativos

El cineasta húngaro Béla Tarr, en Barcelona en enero de 2024. Marta Pérez (EFE)Vídeo: Reuters

El director húngaro Béla Tarr, autor muy reconocido entre los cinéfilos y creador de películas como Sátántangó, Las armonías de Werckmeister o El caballo de Turín, ha fallecido en Budapest a los 70 años tras una larga enfermedad, según informó el realizador Bence Fliegauf a la agencia de noticias local MTI, en nombre de la familia del artista.

Tarr realizó 11 largometrajes a lo largo de sus cuatro décadas de carrera, desde su debut en 1979 con Nido familiar hasta su último filme, Missing People (2019), una pieza muy especial, encargada para el Wiener Festwochen (el festival cultural que se celebra anualmente en Viena), en la que Béla Tarr presenta imágenes conmovedoras de pobres, migrantes y vagabundos, cuyas vidas contrastan con el opulento entorno de la capital austriaca. Por ello, el cineasta pensaba indagar aún más en las videoinstalaciones y seguir desarrollando allí su impulso creativo.

Sin Béla Tarr es imposible entender el cine de autor más radical del último medio siglo. De él han bebido multitud de creadores, desde el portugués Pedro Costa hasta el tailandés Apichatpong Weerasethakul, Palma de Oro en Cannes, Gus Van Sant (que rodó, siguiendo sus enseñanzas, Gerry) o László Nemes, el último húngaro que ha concursado en el festival francés con la rompedora El hijo de Saúl: Nemes fue ayudante de Tarr en El hombre de Londres. Durante años impartió un prestigioso curso de cine en la Film Factory de Sarajevo, de donde salieron, entre otros, el islandés Valdimar Jóhannsson (Lamb) o la española Pilar Palomero.

La obra probablemente más conocida de Tarr, Sátántangó (El tango de Satanás), retrata a lo largo de siete horas y media, en blanco y negro, el derrumbe del comunismo en Europa del Este a través del fresco de un pueblo desolado de la campiña húngara. La película adaptó en 1994 la novela homónima del último Nobel de Literatura, László Krasznahorkai, colaborador habitual de los proyectos de Tarr. Esa simbiosis creativa surgió de un impulso (como siempre hizo en su carrera, el cineasta se movía por sensaciones) de Tarr: el director se presentó en casa del novelista con la propuesta de adaptar su Tango satánico. Ocurrió, recordaba hace poco el ya Nobel de Literatura, en un día oscuro en Budapest, a finales de los años ochenta en la Hungría comunista. Aún no se conocían. Krasznahorkai rechazó la oferta. Es más, le dijo incluso que no volvería a escribir y cerró la puerta. Béla Tarr rodeó el edificio, se fijó en una ventana con la luz encendida y golpeó con los nudillos el cristal. Krasznahorkai se estaba lavando la cara en el baño. Abrió y contempló la cara de Tarr bajo la lluvia. “Ve mis películas y entenderás por qué quiero adaptar tu literatura”, le dijo el cineasta. Y así empezaron a crear. Antes llegó La condena (1988), y después, por fin, rodaron Sátántangó (1994), que se basaba en aquella propuesta inicial de adaptar Tango satánico (1985).

La siguiente colaboración entre cineasta y escritor fue Las armonías de Werckmeister (2000), basada en la novela Melancolía de la resistencia (1989). En El hombre de Londres (2007), basada en una novela de Georges Simenon, Krasznahorkai escribió el guion con Tarr, aportando su tono filosófico característico. Ambos se complementaron en ritmo y estructura. La trama sigue a Maloin, trabajador ferroviario que recupera un maletín con una importante cantidad de dinero en la escena de un asesinato del que es el único testigo.

El caballo de Turín, de 2011 y considerado ya entonces como su testamento fílmico, ofrece otro ejemplo del cine de Tarr: apenas proponía a tres personajes, incluido el animal del título, y mostraba la vida cotidiana de un campesino inválido de un brazo y su hija, con tan pocas concesiones al público como para dedicar una secuencia de 10 minutos a cómo ambos pelaban patatas en silencio. Precisamente por eso, sin embargo, se ganó el estatus de cineasta de culto, además de obtener el Oso de Plata del festival de Berlín.

Béla Tarr nació en Pécs, pero creció en Budapest en una familia de clase trabajadora. A los 10 años su madre le llevó a una prueba de reparto en la televisión nacional en 1965. Ahí comenzó una cortísima carrera como actor, como hijo del protagonista en una adaptación de La muerte de Iván Ilich. Solo volvería a la interpretación en Temporada de monstruos (1986). Él lo que quería era ser filósofo, pero acabó, tras filmar una película sobre trabajadores gitanos, en los estudios Béla Balázs​. Tras rodar su primer largo, Nido familiar, ya en compañía de su esposa, la directora y montadora Ágnes Hranitzky, con quien codirigió muchos de sus trabajos, Tarr decidió estudiar cine en la Escuela Húngara de Artes Teatrales y Cinematográficas.

Cuando el pasado mes de marzo el cineasta recibió el homenaje del festival barcelonés D’A (el húngaro ha recibido todo tipo de galardones, incluido el de honor de la Academia europea del cine, en los últimos 15 años), Tarr conversó con Manel Raga —otro de los asistentes españoles a su escuela bosnia— y allí explicó sobre su obra: “El cine está ahí cuando algo te importa y quieres compartirlo, eso es muy humano”. Aseguró que siempre había intentado luchar por la dignidad humana, por sus propias creencias como anarquista y por una cuestión moral: “En Europa usamos subvenciones, he hecho películas con vuestros impuestos… Lo que devuelves al público es importante”. Como consejo a los aspirantes a cineastas, les dijo: “¡Sois libres! ¡Y me cago en la industria cinematográfica!”. Porque para él, los guiones eran, en muchos casos, papeles burocráticos: “Eso son papeles… para conseguir financiación y calmar a los inversores. Las películas son personas”. Y por eso, impulsó a quienes le escuchaban a pisar la calle: “Debéis encontrar vuestro propio lenguaje. Vivid la vida, estudiad la vida. El cine… vendrá”.

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Sobre la firma

Gregorio Belinchón
Es redactor de la sección de Cultura, especializado en cine. En el diario trabajó antes en Babelia, El Espectador y Tentaciones. Empezó en radios locales de Madrid, y ha colaborado en diversas publicaciones cinematográficas como Cinemanía o Academia. Es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense y Máster en Relaciones Internacionales.
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