El desembarco de Trump en América Latina: ¿Alianza para el Progreso 2.0?
Paradójicamente, la Administración republicana, con la ejecución de Marco Rubio, puede acabar recuperando una herramienta que había relegado: la cooperación internacional como inversión estratégica en estabilidad hemisférica

Durante décadas, América Latina vivió atrapada en su irrelevancia política para las grandes potencias y el mundo desarrollado en general. Salvo México por su vecindad, Brasil por su tamaño o Colombia por la lucha antidrogas, el resto del continente aparecía relegado a clichés sobre migración, violencia o crisis recurrentes. Esa percepción comenzó a resquebrajarse con Donald Trump y cuando Venezuela y su petróleo —hundidos en la corrupción, la incompetencia y el afán de supervivencia de su dictadura— pasaron de ser un problema regional y un patrocinador de otras dictaduras como Nicaragua y Cuba, a convertirse en una pieza codiciada en el tablero geopolítico, presente en los cálculos estratégicos de China y Rusia y un activo deseado por Washington.
Hoy América Latina —en el centro del escenario internacional— vive un giro hacia la centro-derecha o derecha, impulsado por el agotamiento de los gobiernos de izquierda y por una presencia cada vez más explícita de Estados Unidos.
El cambio es visible. Argentina protagonizó un viraje profundo tras años de populismo fiscal, inflación crónica, corrupción y deterioro institucional. El Salvador consolidó un modelo de autoridad fuerte que, aunque cuestionado por derechos humanos, recuperó la estabilidad y el control territorial y redujo drásticamente la violencia. Honduras cerró recientemente un ciclo de izquierda que trajo gran frustración social, dando paso a una alternativa respaldada abiertamente desde Washington. Aunque la popularidad de Claudia Sheinbaum es alta y Luiz Inácio Lula Da Silva lidera la intención de voto presidencial hoy, están en otro lado, lo demás muestran una tendencia regional impulsada por la frustración frente a resultados económicos y de seguridad decepcionantes.
Venezuela, Cuba y Nicaragua son los casos más extremos: en el primero, más de dos décadas de chavismo derivaron en colapso económico, destrucción institucional y una crisis humanitaria sin precedentes. Honduras no logró mejoras sostenidas en crecimiento ni seguridad. Colombia muestra hoy señales preocupantes: debilitamiento institucional, populismo, retrocesos en seguridad, caída de la inversión y una creciente incertidumbre fiscal y regulatoria.

En paralelo, varios de los países que han girado —o están girando— hacia la derecha, comienzan a mostrar señales distintas. En Argentina, el respaldo financiero y político de Estados Unidos ha sido clave para estabilizar expectativas y avanzar en reformas estructurales. En El Salvador, Washington ha optado por priorizar resultados en seguridad y control territorial, aun a costa de críticas. En Honduras, el apoyo explícito al candidato de la derecha y hoy nuevo presidente, marcó una ruptura clara con el gobierno de izquierda anterior. Ecuador, Perú, Bolivia y Chile, entre otros, también han experimentado giros hacia la derecha, mientras que este año será decisivo para conocer la evolución política de países como Costa Rica, Colombia y Brasil.
El futuro de este giro hoy no puede entenderse sin la política exterior estadounidense hacia América Latina, que ha abandonado cualquier pretensión de neutralidad ideológica. Bajo la Administración de Trump, Washington ha optado por apoyar abiertamente a gobiernos que le aseguren acceso económico, orden, cooperación en seguridad, alineamiento geopolítico y apertura comercial, incluso involucrándose directamente en las dinámicas internas de cada país.
La captura del dictador Nicolás Maduro y el anuncio de que Estados Unidos administrará de facto la transición política y el sector petrolero de Venezuela representan un punto de inflexión histórico, deseable para algunos y muy preocupante para otros. Se pasó de sanciones o presión diplomática, a una presencia política y económica explícita, basada en la seguridad, la lucha contra el narcotráfico, el acceso al petróleo y la promesa de prosperidad futura. Venezuela pasó, en cuestión de días, de ser un Estado fallido a convertirse en un laboratorio de intervención directa.
Colombia, aunque en situación diferente, también refleja esta dinámica. Tras un año de tensiones con Washington, Gustavo Petro ajustó hace unos meses varias de sus llamadas “líneas rojas” ideológicas: una acción más directa contra grupos narcoterroristas vinculados a la “paz total”, fumigación de cultivos de coca, ciertas extradiciones y discreción en su rechazo a la operación estadounidense en Venezuela. Ese giro, propiciado por Washington, culminó en una llamada de Trump, que Petro celebró con sus seguidores con pitos y cantos, y que abrió la puerta a una visita a la Casa Blanca y, muy posiblemente —si Petro juega bien sus cartas— a la recuperación de su visa y a y salida y de su familia de la conocida lista Clinton.

La presión estadounidense condujo —para bien de Colombia— a una recomposición pragmática de la relación, en la que la cooperación plena en narcotráfico y seguridad sigue siendo una prioridad innegociable para Estados Unidos. Si el país gira hacia un centro o una derecha razonable en las elecciones de mayo, podría quedar ad-portas de un segundo Plan Colombia que, como política de Estado —sostenida por tres presidentes— permitió pasar de la inviabilidad percibida hasta 1998 a la recuperación a partir de ese momento de la seguridad, la estabilidad democrática y el acuerdo de paz con la mayor guerrilla del mundo en 2016.
El nuevo protagonismo latinoamericano, entonces, tiene un costo que Washington no podrá eludir. Al convertirse en un jugador central, frontal y visible en la región, Estados Unidos tendrá —por sus propios intereses— que ayudar efectivamente a construir estabilidad, prosperidad y seguridad duraderas. De lo contrario, las dinámicas internas de países frágiles tenderán inevitablemente al caos.
Paradójicamente, aunque parecía aislacionista, la Administración Trump, con la ejecución de Marco Rubio, puede acabar recuperando una herramienta que había relegado: la cooperación internacional como inversión estratégica en estabilidad hemisférica. Todo apunta a un retorno —depurado y actualizado— de un esquema de cooperación seguramente técnico, aunque, muy ideológico, y muy alineado con las prioridades de seguridad, estabilidad e institucionalidad. Y muy posiblemente vendrá con incentivos al sector privado estadounidense para que se vincule al proceso. Con ello, además, Estados Unidos buscará recuperar los espacios que otros actores, especialmente China, han venido ocupando con éxito en América Latina.
¿Acabarán las circunstancias forzando una Alianza para el Progreso 2.0, o en términos de hoy, una versión MAsGA, Make the Americas Great Again? La región, Donald Trump y Marco Rubio tienen la palabra.
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