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tribuna

Transaccionar en el mundo crudo de Trump

La UE empieza a entender los contornos del nuevo orden mundial, pero se ve lastrada por la falta de voluntad política

Trump no es irracional. Es irreverente, obstinado y performativo. Un hombre fuerte, narcisista y con tendencias autoritarias, que solo entiende el lenguaje mercantilista. Utiliza la prueba y el error para condicionar a sus rivales, en una lucha por el poder y el protagonismo. Sus últimas acciones ayudan a definir los contornos de la nueva política exterior de Estados Unidos, y lo que nos exaspera no es la imprevisibilidad de sus acciones, sino que sean consecuentes con sus exabruptos, hablados y escritos.

Trump el transaccional, el aislacionista o el nuevo rey de la esfera de influencia estadounidense han sido algunas de las etiquetas para un presidente que, en el fondo, representa una clara desviación de los consensos transatlánticos e internacionales de las últimas décadas. La venda en nuestros ojos a menudo nos ha impedido reaccionar ante lo certero de sus mensajes. La operación militar en Venezuela para detener a Maduro y las amenazas contra Groenlandia siguen la estela de la Estrategia de Seguridad Nacional, publicada en diciembre del año pasado. En ella destacan una visión imperialista hacia el hemisferio occidental —procurando para Estados Unidos el control del continente americano— y la animadversión hacia Europa y su debilidad.

El mundo se ha vuelto más competitivo, los vértices del poder internacional —demográfico, económico o tecnológico— viran hacia el Pacífico, la profundización de la presencia china y rusa en Latinoamérica se percibe como una amenaza para la seguridad estadounidense, y la dependencia europea en defensa ya no se explica por la fortaleza de la alianza transatlántica, sino como una carga para Washington.

La cosmovisión de Trump se basa en cuatro postulados principales. Primero, la política exterior debe responder a los beneficios personales y nacionales, ya sea para enriquecer los negocios de familiares y allegados de Trump o para que las empresas estadounidenses se beneficien de los recursos naturales de Venezuela, Groenlandia o Ucrania.

Segundo, las razones, intereses y leyes se circunscriben al ámbito doméstico: no hay institución, norma o convención internacional que pueda limitar el poder estadounidense. Sólo así se entiende por qué Maduro es juzgado por narcoterrorismo bajo legislación estadounidense mientras se hace caso omiso del atentado contra la soberanía que representa la detención de un líder en suelo extranjero, premisa básica del orden internacional.

Tercero, si las alianzas son una rémora, debe hacerse un análisis de costes y beneficios para mantenerlas. Las amenazas contra Dinamarca pueden acarrear un coste para la salud de la OTAN, pero el beneficio en pro de la seguridad nacional, el control de futuras rutas comerciales o los recursos naturales y tierras raras por explotar en el Ártico pueden justificarlo. Y cuarto, vivimos en la era de la impunidad del intervencionismo. La ley del más fuerte justifica tanto los ataques extrajudiciales en Venezuela como la privatización de la paz en Oriente Próximo, Europa Oriental o África.

En la Unión Europea empezamos a entender los contornos de este nuevo orden, pero nos lastran las divergencias entre Estados miembros y la falta de voluntad política. Los partidarios de una Europa más asertiva y que utilice sus cartas del poder compiten con la cosmovisión trumpista de la Europa de los patriotas y los que prefieren halagar a Trump. El presidente estadounidense es un líder para los que quieren menos Unión Europea, pero sigue sin ser un revulsivo para los que queremos más Europa.

Europa no puede considerar a Estados Unidos un rival sistémico —la asimetría tecnológica, militar o nuclear siguen siendo demasiado grandes—. El apaciguamiento se impone todavía en la mente de muchos líderes europeos, con Mark Rutte y Viktor Orbán a la cabeza. Sin embargo, haber rebatido a Trump en el injusto acuerdo comercial o en la arbitrariedad del gasto del 5% en defensa hubiese permitido a Europa tener más cartas en la negociación sobre Groenlandia: “Rebajaremos los aranceles impuestos a los servicios estadounidenses en suelo europeo si reduces tus pretensiones de soberanía sobre la isla”. “Subiremos el gasto de defensa al 5% si nos prometes que la OTAN seguirá preservando la integridad territorial de sus miembros, Dinamarca incluida”.

La UE capea mejor las crisis con principio y fin —como el Brexit para preservar el mercado único o la pandemia para superar el tabú del endeudamiento conjunto— que los cambios estructurales que la nueva relación transatlántica representa. El acuerdo sobre Groenlandia que anunció Trump en Davos, de rubricarse, habrá demostrado la utilidad de plantarse ante sus amenazas. Qué ingenua se revela ahora la claudicación en ese campo de golf escocés. Como ingenuo sería pensar que, retirada la amenaza de invasión, las pretensiones trumpistas de debilitar a Europa desaparecerán.

La UE solamente saldrá del aturdimiento si consigue consolidar su autonomía ante la próxima embestida de Trump. En tiempos en los que todo parece posible, la máxima de que Europa se construye respondiendo a las crisis ha dejado de ser suficiente. La falta de mecanismos para reforzar su poder puede resultar en una deconstrucción progresiva. La soberanía europea, en sus múltiples dimensiones, es un camino incierto y por el que no hemos decidido transitar. Pero probablemente sea la única manera de preservar la UE y la relación transatlántica, esta vez en mayor pie de igualdad.

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