Poder, beneficios y psicología en la guerra del Ártico
El ego de Trump y su obsesión por mostrarse poderoso y “poseer” territorios están llevando a la OTAN al límite


El mundo lleva tiempo envuelto en crisis múltiples, lleno de turbulencias, guerras y cambios tectónicos de poder que se superponen y entrecruzan. Cuando quedan 10 meses para las elecciones de mitad de mandato en EE UU, su presidente parece empeñado en agravar una situación ya tensa. Donald Trump presume de ser un negociador. Sueña con premios internacionales de paz. En 2024, se presentó como candidato con un programa de política nacional que prometía “devolver a Estados Unidos la grandeza y la gloria”. Cuando cumple un año de su segundo mandato, se ha convertido en el gran disruptor.
La avasalladora demostración de fuerza militar en Venezuela no pretendía dar paso a una democracia. Lo único que le importaba eran los beneficios económicos y el deseo de parecer todopoderoso. Pocos días después, escribió en la red Truth Social que era “el presidente interino de Venezuela”. No fue más que el comienzo de su desenfreno imperialista. De la noche a la mañana, trasladó su atención del Caribe al Ártico. “Por supuesto que necesitamos Groenlandia”, proclamó sobre un territorio que forma parte de Dinamarca desde 1721.
En 1953, Groenlandia se incorporó de pleno derecho al Estado danés, en 1979 obtuvo la autonomía y en 2009, el autogobierno. El objetivo de su pueblo está claro: la independencia. Dinamarca es un socio fiel de la OTAN desde su fundación en 1949. A Trump le da igual: se limita a subrayar la importancia “estratégica” de Groenlandia, porque “está plagada de barcos rusos y chinos”. Groenlandia ya fue uno de los asuntos preferidos de Trump en 2019 y de nuevo en 2025. En ambas ocasiones, expresó su deseo de comprar el país inuit. Los europeos lo observaron perplejos. Copenhague reiteró su respuesta a iniciativas estadounidenses anteriores (en 1867, 1910 y 1946): Groenlandia no está en venta.
Trump ha vuelto ahora a sacar a relucir la cuestión, pero con un matiz más desagradable. Primero, insistió en un intercambio de “dinero por tierras” y sostuvo que EE UU liberará a los groenlandeses del yugo colonial de Dinamarca. Enseguida pasó a amenazas de “anexión” por la fuerza, una violación flagrante de la soberanía de un estrecho aliado de la OTAN. Los groenlandeses están horrorizados y los europeos, en shock, pero los líderes de Dinamarca, Groenlandia y otros miembros de la OTAN han empezado a resistir con firmeza a la agresión.
Hace tiempo que el calentamiento global y el deshielo han agravado la rivalidad de las grandes potencias que se disputan los recursos del Ártico y el control de las rutas marítimas. Hace dos décadas, Rusia empezó a reforzar su presencia militar en las costas del Ártico, de la península de Kola a Kamchatka. Grandes inversiones rusas y chinas han mejorado las infraestructuras en la ruta marítima del Norte y las instalaciones de extracción de petróleo y gas de Siberia. Buques y submarinos rusos se dedican a examinar —e incluso cortar— cables frente a las costas de Svalbard y a sondear la brecha GIUK del Atlántico Norte [la zona marítima entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido].
Desde 2018, China intenta tener más participación en la gobernanza del Ártico. Ha desarrollado proyectos científicos de doble uso y construido rompehielos multifuncionales, además de incrementar su presencia gracias a la cooperación marítima con Rusia y el refuerzo de las investigaciones hidrográficas en el mar de Beaufort, cerca de la entrada al paso del Noroeste, en Canadá. Las empresas chinas desean un punto de apoyo en lugares estratégicos de Groenlandia para financiar aeropuertos y proyectos de extracción de tierras raras, pero no lo han conseguido por el frente común que presentaban Dinamarca y EE UU.
Estados Unidos ya tiene un flanco ártico al descubierto: Alaska. El extremo asiático de Rusia en el estrecho de Bering dista 80 kilómetros de la costa estadounidense. ¿Por qué dedicar tanta energía a la seguridad de Groenlandia? El repentino alarmismo de Trump parece totalmente absurdo. Pero, como ha dejado claro, para él Groenlandia es una cuestión personal, además de estratégica. Trump reconoce sin reparos que tiene la “necesidad psicológica” de “poseer” tierras para cuidarlas y defenderlas. Su sentido del poder se apoya en el concepto de propiedad. De ahí que desprecie la sensata reacción de Dinamarca y Groenlandia, que subrayan que EE UU ya dispone de todo lo necesario para la disuasión y la defensa, incluida la posibilidad de estacionar allí las tropas que desee.
En la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt consideró que, para protegerse de los nazis, que habían ocupado Dinamarca en 1940, EE UU necesitaba que Groenlandia sirviera de bastión donde construir aeródromos y estaciones meteorológicas. Durante la Guerra Fría se establecieron más bases (17 en total, con 10.000 soldados) y se instalaron radares de alerta temprana. El objetivo, como hoy, era vigilar los movimientos de la flota rusa, rastrear satélites y defenderse de sus misiles.
Tras la caída de la URSS en 1991, Estados Unidos se retiró por voluntad propia; no conservó más que la base más septentrional, en Thule, ahora Pituffik, con una dotación de entre 150 y 200 militares. ¿Por qué no se limita a reactivar las demás bases? ¿Por qué Trump no quiere avanzar en el marco de la OTAN y utilizarla para negociar una postura de defensa común en el Ártico?
En el mundo posterior a la Guerra Fría, los groenlandeses se emanciparon legal, política y económicamente. Están deseando abrir su país a las empresas extranjeras, en especial a las estadounidenses. Hasta hace poco, su objetivo era reducir su dependencia económica de Dinamarca y de la subvención de 600 millones de dólares que sostiene su economía.
Aquí es donde intervienen la pasión personal de Trump por los negocios y su ego. Consciente de las vulnerabilidades políticas de Groenlandia y de sus ricos yacimientos —muchos codiciados por Rusia y China—, Trump intenta ganar a toda costa. Quiere el dinero del petróleo, el gas, las tierras raras... Le preocupa poco que la capa gélida, el permafrost y los mares cubiertos de hielo, junto a la falta de infraestructuras, hagan muy difícil y costosa la extracción de esos recursos. Lo único que le importa es que existen.
La semana pasada, en Washington, Groenlandia y Dinamarca intentaron recurrir a la diplomacia y enviaron a sus representantes a reunirse con sus homólogos estadounidenses, cita en la que se jugaban mucho. Dejaron claras las líneas rojas en la defensa de la soberanía y la integridad territorial danesas, pero no hubo reciprocidad alguna del Gobierno de Trump. Al salir, dijeron que seguía habiendo un “desacuerdo fundamental”. Al día siguiente, Francia, Alemania y otros aliados enviaron soldados a Nuuk para una breve misión de reconocimiento. Si los dirigentes europeos confiaban en un periodo de calma, sufrieron una amarga decepción. El pasado sábado, Trump amenazó a todos los países europeos que apoyan a Groenlandia con imponerles aranceles del 10%, lo que ha agravado las tensiones transatlánticas. ¿Cuándo van a parar las intimidaciones de Trump?
Si los europeos creen en un orden jurídico internacional, deberán jugarse el dinero, además de decir bonitas palabras y responder a Trump con medidas económicas. Tendrán que aceptar el órdago, o es muy probable que la OTAN desaparezca y los groenlandeses sean las víctimas de una vil traición por la que su patria, Kalaallit Nunaat, se convertirá en una mina estadounidense.
La obligación de los líderes europeos es proteger como sea la extraordinaria nación ártica y unas leyes y principios que tanto nos ha costado conseguir en Europa. Hay que hacer despertar a los legisladores estadounidenses y lograr que colaboren para detener a Trump. Debemos recordarles que la fuerza y el atractivo de EE UU desde la posguerra han consistido en ser un imperio por invitación, no por imposición.
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