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editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Borrachera de poder de Trump

El resultado de la intervención en Venezuela ha envalentonado a la Casa Blanca para amenazar a toda Latinoamérica y a la UE

El resultado de la Operación Resolución Absoluta parece que se le haya subido a la cabeza a Donald Trump. La acción militar implicaba un ataque aéreo y terrestre sobre la capital de Venezuela y el secuestro de su jefe de Estado. Carecía de la constitucionalmente imprescindible autorización del Congreso para una acción bélica contra un país extranjero y vulneró la Carta de Naciones Unidas y la inmunidad soberana reconocida a los mandatarios de los países miembros de la organización internacional, pero la Casa Blanca se ha permitido ejecutar una acción con la única base legal de una orden de detención de Nueva York.

Así, el resultado del operativo militar ha devenido en una amenaza universal de uso de la fuerza bruta sin ningún principio democrático en sus acciones: en Venezuela, donde pretende controlar el país de la mano del mismo chavismo que denigró, la Casa Blanca ha descartado ignominiosamente a la oposición democrática, no ha exigido la libertad para los presos políticos, ni el retorno de los exilados o la apertura de un proceso democrático que conduzca a unas elecciones libres. Solo le interesa el petróleo, que considera una posesión de Estados Unidos.

En las últimas horas se percibe, además, que Trump se ha maravillado ante el efecto intimidatorio de su golpe de fuerza y que está disfrutando la imagen de gobernante dispuesto a utilizar al ejército más poderoso del mundo en cualquier momento y lugar al servicio de sus intereses y caprichos. Con la ebriedad del éxito, la imaginación de Trump y de sus colaboradores se ha proyectado inmediatamente sobre numerosos países, especialmente latinoamericanos, encabezados por Colombia y Cuba, seguidos por México, Panamá e Irán.

La más ignominiosa de todas las amenazas es sobre Groenlandia, que es a la vez un acto de hostilidad a un socio fiable y leal de la OTAN como Dinamarca, el país soberano y de la UE del que la isla autónoma forma parte. Las bravatas del presidente y las cínicas argumentaciones de Stephen Miller, el fanático jefe de Gabinete adjunto de la Casa Blanca e inspirador de las políticas más agresivas del trumpismo, descalifican los argumentos jurídicos y las explicaciones políticas o pretendidamente morales utilizadas por quienes han aplaudido el derrocamiento por la fuerza de Maduro. Para Miller solo importan el poder y la fuerza, “las leyes de hierro del mundo real” que permiten a Trump actuar sin límites al frente de la superpotencia. No hay ni una pizca de moralidad en la actuación del trumpismo, solo impúdica exhibición de fuerza y de codicia depredadora.

Trump ha sido descrito por sus propios colaboradores como impulsivo, agresivo y desinhibido (“personalidad alcohólica”, dijo su jefa de Gabinete), lo que en el plano internacional se traslada en puro unilateralismo, uso de la fuerza e intimidación de los más débiles. Contrasta con el apaciguamiento y respeto que muestra hacia los fuertes como Vladímir Putin y Xi Jinping, a los que ha cargado de razones respecto de Ucrania y de Taiwán. Que Venezuela derive en una transición democrática y pacífica, a pesar de Trump, es una responsabilidad que desborda el ámbito geográfico latinoamericano; afecta a la estabilidad internacional e incluso a la soberanía de muchos países. Si nadie responde contundentemente a las baladronadas trumpistas, ideas que parecían estúpidas hace solo unos meses empezarán a convertirse en realidad una detrás de otra. Ahora esas ideas ya son amenazas existenciales y directas para la Unión Europea y para la Alianza Atlántica. Venezuela es un aviso al mundo. Esto no es retórica.

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