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Las familias más ricas sustituyen a las más pobres como las que menos dan el móvil a sus hijos: “Su socialización debe ser física”

La edad de entrega del primer teléfono se retrasa. El porcentaje de niños de 11 años conectados ha disminuido en una década, pasando de la mitad a poco más de un tercio

Begoña Tena y Diego Saiz, con su hija Júlia, el viernes en la plaza del Ayuntamiento de Valencia.Mònica Torres

Un profundo cambio se está produciendo en la visión de las familias hacia el uso de la tecnología por parte de sus hijos. Los chavales de 10 a 15 años que menos disponían de móvil hace 10 años eran los más pobres, y ahora han pasado a ser los más ricos. Ambos grupos han intercambiado de forma casi exacta sus porcentajes. Entre las familias más acomodadas, de los cinco niveles en que el INE divide a los hogares españoles, con ingresos netos mensuales de 4.400 euros o más, la tasa de posesión de móvil se situó en 2025 en el 62%. En las familias más vulnerables, con ingresos inferiores a 1.400 euros, en el 68%. El grupo con más adolescentes con móvil es el de hogares con 2.200 a 3.100 euros de ingresos; lo tiene el 72%, diez puntos por encima de los de mayor renta.

Ese movimiento se está produciendo en paralelo a otro, que es el retraso de la edad de entrega del primer móvil. Hace una década, a los 11, la mitad (51%) de los niños ya lo tenían, mientras que en 2025, según publicó el INE en noviembre, son una minoría (37%). El porcentaje también se ha reducido entre los de 10 años (del 25% al 19%), 12 (de 73% a 66%), y 13 (del 86% al 84%). Ha subido en el de 14 (de 90 a 93%), y se ha mantenido a los 15 (94%).

Al politólogo Oriol Bartomeus, que ha investigado la relación de los adolescentes con el móvil, el giro, aunque le sepa mal decirlo, no le sorprende porque este tipo de movimientos, afirma, “suelen ser anticipados por las clases altas”. No tanto en sentido económico como de capital social, aunque ambas vertientes van con frecuencia de la mano. “Empieza a haber una toma de conciencia de los efectos negativos de utilizar el móvil desde edades tempranas. Va surgiendo buena literatura científica que indica que lo que hacemos es una equivocación”, señala. Pero, de un lado, ese mensaje no llega igual de rápido a todas las capas de la sociedad, sino primero a las que se informan por ciertos canales. Y, del otro, prosigue el director del Instituto de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Barcelona, dar más tarde el móvil (o supervisar un uso adecuado) suele requerir cierta presencia. “Es decir, tiempo para estar con ellos, cosa que es más fácil para determinadas clases sociales”.

“Los padres nos pusimos de acuerdo en retrasarlo”

Diego Saiz, de 49 años, dueño de una empresa especializada en proyectos museográficos, y Begoña Tena, de 47, autora, directora y actriz teatral, son de los que están contribuyendo al cambio que refleja el INE. Su hija, Júlia, todavía no tiene móvil, ni lo tendrá en mayo, cuando cumpla los 13. Su idea es retrasarlo, incluso hasta los 16, aunque Tena tiene dudas de que acabe siendo tan tarde. En su curso, primero de la ESO de un instituto público de Valencia, la mayoría lo tiene, pero su situación es menos rara que hace unos años. “Pensamos que no tienen madurez para enfrentarse al bombardeo de las redes sociales, y que a su edad la socialización debe estar en la realidad, no en los móviles”, dice Saiz.

Los progenitores de Júlia, que están separados pero se llevan bien, no creen que carecer de teléfono le esté penalizando socialmente, al menos por ahora. “Ayuda mucho que su red de amigas y amigos más cercanos, tampoco tienen, y eso ha sido posible porque los padres y madres nos pusimos de acuerdo en retrasarlo, que la entrega no fuera con la llegada al instituto”, dice Tena. “No creo que [por no tenerlo] se esté perdiendo cosas buenas. No me parece que las redes sociales sean en estos momentos un mundo fantástico, y me interesa más que genere redes físicas, reales, en su día. Cuando sea más madura, ya podrá entrar en las otras”, añade. Para facilitar el hecho de que la adolescente se mueve cada vez más a su aire por la ciudad, sus padres le han comprado un reloj con llamadas (a otra amiga suya le regalaron hace un poco un Nokia sin internet). Júlia no se queja: “De momento”, dice, “el móvil no me hace falta”.

Saber cuándo parar

El factor socioeconómico y cultural también influye —en promedio, porque de forma individual pueden encontrarse ejemplos en un sentido y otro— en la capacidad de los chavales que tienen móvil para limitar su uso a tiempos razonables. Entre los 16 adolescentes entrevistados en los últimos meses por EL PAÍS para saber qué ven y cómo utilizan sus teléfonos, seis admitieron que les quitaba horas para otras cosas que consideraban importante, y cuatro citaron los estudios. El Informe PISA, la mayor evaluación internacional, también muestra una relación entre uso elevado uso de móvil y bajo rendimiento educativo.

El sociólogo de la Fundació Bofill Miquel Àngel Alegre señala que esa habilidad suele englobarse bajo el término de competencias ejecutivas o de autorregulación. E implica “saber qué secuencia de tareas conviene en función de unos objetivos, como puede ser estudiar o hacer unos deberes, y no quedarse mirando el móvil, pero también saber gestionar emociones, sentimientos, actitudes, cuándo toca una cosa y cuándo debo inhibir otra”. Según la investigación educativa, tienen un vínculo “con la extracción socioeconómica y cultural de los estudiantes aún mayor que el de las competencias propiamente disciplinares”, como las matemáticas o la comprensión lectora, añade.

Alba, de 13 años, que vive en un barrio de clase trabajadora de Castellón y repite primero de la ESO, es una de las adolescentes entrevistadas por este periódico que admite tener problemas para contenerse. Usa el móvil “unas ocho horas al día”, y puede estar dos del tirón viendo vídeos de TikTok. “Me quita tiempo para arreglar mi habitación. Estudiar, que no estudio casi. Salir con mis amigas no, porque si tengo que salir, me quito el móvil. Pero para otras cosas también, como maquillarme, arreglarme, buscar ropa… Es como que me vicio y no paro”, reconoce.

Un caso diferente, tanto de más autorregulación con el móvil como de mayor ventaja social de partida, lo representa Clara, de 17, que vive en L’Eixample de Barcelona y es hija de una arquitecta y un ingeniero industrial. La adolescente asegura que durante el curso usa el móvil unas dos horas diarias, y tres en vacaciones. Para limitar el tiempo que pasa con las aplicaciones con más capacidad de atraparla se aplica a sí misma el sistema de control parental del móvil. “Sobre todo, en TikTok, porque si no, es que no veo el tiempo pasar. Me pongo media hora diaria, y aunque luego me suelo pedir, y me doy, claro, 15 minutos más, soy más consciente del tiempo que llevo”.

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