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La Fundación Miró abre al público por primera vez el Jardín de los Cipreses

El centro reordena la colección para conectar mejor las obras con la arquitectura de Sert

La escultura 'Mujer' (1970) en el Jardín de los Cipreses, que se ha abierto al público.Marta Pérez (EFE)

El director de la Fundación Miró, Marko Daniel, finalizará su etapa de ocho años al frente de esta institución del arte catalán dejando como legado la apertura al público por primera vez del Jardín de los Cipreses, donde se puede contemplar la escultura Mujer, de 1970. Aunque era un espacio accesible puntualmente, ahora pasa a formar parte del recorrido museístico de la colección, que ha sido reordenada para conectarla mejor con la arquitectura de Josep Lluís Sert y, a la vez, con el público. Coincidiendo con el cincuenta aniversario, se han incorporado préstamos destacados, como seis obras cedidas temporalmente por el Museo Reina Sofía, y una selección de piezas de Alexander Calder. Además, se puede ver la pintura inédita Dos mujeres, de 1931.

Si hace dos semanas el Patronato de la Fundación informaba de la próxima salida del que ha sido su director durante los últimos ocho años, este jueves él mismo ha presentado uno de los grandes retos en qué ha estado enfrascado últimamente, con permiso de los fastos para celebrar el cincuenta aniversario. En la presentación, Marko Daniel ha afirmado que “todo empieza y termina con el círculo” en esta nueva mirada titulada precisamente Joan Miró. Círculos. En un paralelismo con su situación, ha considerado que la vida son etapas que se abren y se cierran.

En este sentido, el director ha destacado que, cuando llegó al centro, lo primero que hizo fue abrir al público el Patio Norte, que se ha convertido en un gran mirador de la ciudad, presidido por la escultura Luna, sol y una estrella (1968); y se marcha integrando otro espacio exterior, el jardín que crearon conjuntamente Forestier, Rubió i Tudurí y Puig i Cadafalch entre 1915 y 1929, que formaba parte del antiguo trazado de los Jardines Laribal, también coronado por una escultura de bronce, una mujer con un caracol.

No es nueva, esta pieza ya estaba en la Fundación, pero el cambio de emplazamiento le da mucho más protagonismo. Por ahora es la única obra de Miró en este espacio verde, que se ha rehabilitado respetando totalmente el original y su mobiliario centenario, como la fuente de piedra y cerámica, que sigue la misma línea cromática de los bancos que invitan a evadirse, contemplando los cipreses, que con su esbelta silueta evocan la eternidad.

“Si paseo, miro o la tierra o el cielo, no el paisaje”, subraya Miró en un texto incluído en el recorrido, una manera de entender el arte que se ramifica por toda la exposición. Se juega con todos los elementos para reforzar los diferentes puntos de vista que el artista proponía. Su obra se puede entender como un diálogo constante entre opuestos: no se lee igual de cerca que de lejos, desde fuera que desde dentro y con luz natural o indirecta.

Un redescubrimiento

Reordenar la colección ha sido un trabajo de más de tres años que ha concluido con una nueva mirada a la obra mironiana, donde se prescinde del relato cronológico o temático para poner a dialogar las obras entre ellas, con el espacio y el visitante, según ha contado Teresa Montaner, la jefa de Colecciones, una de las personas que más sabe de este influyente pintor del siglo XX que quiso dejar a la ciudad un centro de arte vivo.

Convirtiendo el arte de Miró en inmersivo mucho antes de que esta palabra corriera por algunos centros artísticos, Teresa Montaner ha defendido que “la idea es que el visitante forme parte de la propia obra” y el objetivo de fusión artística y arquitectónica de Miró y su amigo Sert tome más sentido todavía abriendo espacios y facilitando que la colección vaya modulándose con el tiempo.

Para ello, se han situado intencionadamente un centenar de piezas en las diferentes salas, a partir del concepto del círculo, que fue como el artista bautizó una carpeta de los años cincuenta donde fue guardando sus trabajos basados en la astronomía que le llevaron a buscar una “pintura cósmica”. Este hallazgo permitió comprender mejor sus procesos de creación, que enfatizan una relación ancestral entre el cielo y la tierra, como ha indicado Marta Ricart, artista e investigadora que también es comisaria de la muestra.

Como ejemplo de la vinculación de Miró con la tierra sobresale la obra de gran formato y diferentes texturas Sobreteixim de los ocho paraguas (1973), situada en el inicio del recorrido. Justo en la otra punta del circuito, pero encarada a esta, destaca Manos volando hacia las constelaciones (1974), un enorme acrílico sobre tela que en el nuevo espacio gana visibilidad.

Entre las novedades, también tienen gran importancia los dos trípticos situados en las dos capillas creadas para albergarlos, que ahora lucen como fueron imaginadas: Pintura sobre fondo blanco para la celda de un solitario I, II y III y La esperanza del condenado a muerte I, II y III. Ambas cuentan con una silla de madera pensada para una experiencia de inmersión completa.

Aunque hay algunas obras emblemáticas como el Tapiz de la Fundación que siguen en el mismo lugar porque es el sitio más adecuado por su desbordante tamaño, muchas otras se han movido para generar estas nuevas interpretaciones. El oro del azur (1967), Mujer y pájaro en la noche (1945), Poema (1968), Llama en el espacio y mujer desnuda (1932) o Cabeza de fumador (1925) forman parte de esta presentación, donde hay préstamos del Reina Sofía como Caracol, mujer, flor, estrella (1934).

Evitando un discurso cerrado, la muestra rompe con la mirada fija y unidimensional de las obras, según Marta Ricart, y abre el foco para seguir enriqueciendo el arte de Miró con nuevas miradas. Es por eso que también se ha previsto un programa de mediación y performance que empieza el próximo 11 de abril con Un ensayo permanente a cargo de Fondo, que incluye un artefacto escénico diseñado con La Cuarta Piel que se instalará en varios espacios.

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