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editorial

El rechazo a Trump toma forma

El presidente de EE UU retira sus amenazas sobre Groenlandia después de constatar la hostilidad europea en el Foro de Davos

La visita al Foro de Davos no ha sido precisamente el paseo triunfal que esperaba el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acostumbrado a llegar a los encuentros internacionales, acaparar la atención, a veces ofender a los anfitriones, proponer actuaciones normalmente irrealizables cuando no inaceptables y regresar a Washington sin que nadie se atreva a levantar la voz. Sin que se haya producido un abierto divorcio entre EE UU y sus aliados históricos, a los que el inquilino de la Casa Blanca se empeña en hostigar, lo cierto es que tanto Trump como sus colaboradores, que imitan el comportamiento de su jefe, se han encontrado por primera vez con la exteriorización explícita del malestar que genera. Las caretas han caído.

Trump llegó a la localidad suiza donde se celebraba el foro económico más elitista del mundo con una amenaza y una represalia bajo el brazo: Groenlandia sería anexionada, sí o sí, y los países de la OTAN y la Unión Europea que se opusieran serían sancionados con grandes aranceles. Sin embargo, cuando abordó el avión de vuelta Washington, lo primero se había convertido en una propuesta genérica verbal, un “marco para un futuro acuerdo” con la OTAN para aumentar conjuntamente la presencia militar en la isla atlántica de soberanía danesa. De lo segundo se retractó.

Entre ambos momentos sucedió algo poco habitual tanto en Europa como en Estados Unidos. Al otro lado del Atlántico está tomando forma un frente en el interior del Partido Republicano harto y alarmado por la deriva autocrática del presidente y su Gabinete. Las votaciones complicadas empiezan a sucederse en el Congreso. Mientras, en Davos, Trump asistió a una acogida gélida a su discurso disperso y autocomplaciente. Se encontró con un tono firme y unido de Europa y Canadá ante sus amenazas y con el desdén olímpico de Macron ante sus insultos personales. Europa en pleno le plantó en su anuncio de la “Junta de Paz” para Gaza. Reino Unido protestó airadamente cuando acusó a las tropas británicas de cobardía en Afganistán. Y la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, ofreció un poderoso gesto cuando dejó plantado con la palabra en la boca en una cena ante 200 personas al secretario de Comercio estadounidense, Howard Lutnick, mientras este acusaba a Europa de débil. Todos son hechos aislados, pero es posible que, en Davos, la anécdota se haya convertido en categoría. El predicamento de Estados Unidos en la escena internacional está dañado.

Refuerza esta percepción el hecho de que la actitud de Trump no se está produciendo solo en gestos o declaraciones sino en algo mucho más tangible y menos sutil. Varios fondos de inversión y de pensiones daneses, suecos y finlandeses han vendido o reducido sus posiciones en deuda de EE UU en los últimos días. Aunque sus montos son relativamente pequeños frente al mercado global de bonos de EE UU (más de 30 billones de dólares), se trata de un movimiento de gran impacto no solo simbólico porque, de hecho, ha contribuido a disparar el rendimiento de la deuda estadounidense. Europa y el Reino Unido poseen en conjunto algo menos del 40% de la deuda estadounidense en manos extranjeras, lo que evidencia la fuerte dependencia de Estados Unidos del exterior para financiarse. Y aunque una venta masiva de bonos del Tesoro de EE UU —algo que resultaría demoledor para la economía estadounidense— está de momento descartada, las recientes decisiones de los fondos europeos ya están hablando a la Administración de Trump en el lenguaje que mejor entiende, por si se marcha de Davos con la impresión equivocada.

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