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Columna

La ciencia de Trump seguirá pendiente abajo

Los congresistas republicanos se han sumado a los demócratas para rechazar los feroces recortes en investigación propuestos por la Casa Blanca

El Congreso de Estados Unidos le está dando un buen baño de agua fría a la estrategia financiera con la que Donald Trump quería estrangular a la ciencia de su propio país. Por una vez, los congresistas republicanos se han sumado a los demócratas para rechazar los feroces recortes en investigación propuestos por la Casa Blanca. Las agencias de investigación espacial, atmosférica y energética esquivan así un hachazo que las habría dejado implorando por su mera supervivencia. La acción del legislativo es una buena noticia, sobre todo si sirve de precedente para que el Partido Republicano empiece a fracturarse ante la saña irracional con que se comporta su amado líder desde que llegó por segunda vez a la presidencia. Pero la pesadilla está muy, muy lejos de haberse disipado.

El control político que Trump quiere ejercer sobre la ciencia de su país no ha hecho aún más que mostrar la patita. El bloqueo de los recortes por el Congreso no va a evitar que la Casa Blanca siga obstaculizando cualquier proyecto que considere contrario a sus doctrinas y doctrinillas, como por ejemplo las investigaciones sobre diversidad y el desarrollo de energías limpias. Del autor del éxito de ventas Drill, baby, drill (perfora, nena, perfora) y petrolero en jefe de todas las Américas no va a venir un solo dólar para investigar en energías renovables, por mucho que su amigo o examigo Elon Musk acabe de descubrir que la España vacía puede convertirse en una inmensa granja solar para que sus clientes enchufen los coches Tesla.

Los científicos de prestigio que asesoraban a las agencias del medicamento (FDA) y de control epidémico (CDC) han sido despedidos sin argumentos y sustituidos por una serie de personajes oscuros cuya única virtud curricular es tragar con las manías antivacunas y pseudocientíficas del secretario de Salud, Robert Kennedy. Las subvenciones a la ciencia han dejado de estar supervisadas por científicos y han empezado a estarlo por asesores políticos nombrados por el Gobierno, no vayan a favorecer los “valores antiamericanos”, cualquier cosa que sea eso. Los Institutos Nacionales de la Salud (NIH), la principal maquinaria de investigación biomédica del mundo, han caído en manos de expertos dóciles a los dictados de la Casa Blanca. Once de los 27 institutos están descabezados ahora mismo.

La guerra abierta contra las universidades de élite, como Harvard, Columbia o California, va a proseguir pase lo que pase en los tribunales que ahora revisan algunos de los recortes ya sufridos, porque Trump considera que esos centros tienen un indeseable sesgo liberal. En comparación con Trump o su vicepresidente, J. D. Vance, cualquier cosa tiene un indeseable sesgo liberal, en efecto. Harvard resiste de momento en los tribunales, pero otras seis universidades de élite han pasado por el embudo aceptando hacer reformas que resulten del agrado del señor emperador y sus invictas centurias.

Los estudiantes extranjeros ya han caído un 17% respecto al curso anterior y, vista la política de inmigración, esa tendencia está llamada a crecer en el siguiente. Los Estados Unidos de Trump han abandonado o están en trámites de abandonar 66 agencias científicas internacionales, de las que el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) es solo el ejemplo más popular. Los tiempos de cerrazón nacionalista e irracionalidad científica van a continuar durante el futuro previsible. Los daños serán generacionales.

Como buen político miope, Trump identifica la ciencia con los avances tecnológicos que aporten beneficios económicos en el plazo de una legislatura. El verdadero objetivo de la ciencia es entender el mundo, no transformarlo hasta que encaje con una ideología, pero eso le debe importar al líder del mundo libre lo mismo que la vida de una ciudadana discrepante que intenta arrancar su coche en una calle de Minnesota: nada.

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