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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

EE UU, China y Rusia quieren repartirse el mundo: nuevos imperios para el siglo XXI

El ataque de Estados Unidos a Venezuela confirma el gran cambio que se está produciendo en el orden internacional: nos adentramos en un mundo caracterizado por la emergencia de grandes espacios imperiales. Y esto afecta directamente al continente americano, a Groenlandia, a Europa, a Taiwán e incluso al futuro de internet

No es que el mundo haya caído en el caos, sino que ha entrado en una nueva era, de imperios que imponen su orden, o sus órdenes, normalmente extractivas, aunque no nos gusten. El filósofo Alexandre Kojève y el politólogo Francis Fukuyama consideraron, siguiendo a Hegel, que la universalización del Estado nación (liberal) marcaría el “fin de la historia” y el fin de las batallas ideológicas. Pero el análisis que a mediados del siglo pasado hizo Carl Schmitt anticipó el surgimiento de grandes espacios imperiales, como los que empiezan a componer el nuevo orden mundial en el que entramos.

Entonces el pensador alemán —que había apoyado al nazismo— se basó en la dicotomía tierra-mar. Estos espacios siguen siendo básicos —ahí están las acciones en Ucrania o Venezuela, entre otras—. Pero Schmitt no previó, no pudo prever, que estos imperios tendrían, con el desarrollo de nuevos dominios, además de la aérea, otras nuevas dimensiones, como la espacial, la subacuática, el ciberespacio e incluso la extraterrestre. Estos imperios, y las empresas en las que se apoyan (¿o es al revés?), quieren dominar en estos espacios, reconociendo algunos de los intereses de las otras potencias imperiales, si bien cambiando algunas reglas.

Para Carl Schmitt, en su libro El Nomos de la Tierra, de 1950, un imperio no es simplemente un Estado grande. Es una forma de orden político-jurídico que estructura un gran espacio, decide quién manda en él y lo regula. Se basa en la apropiación, reparto y ordenación de territorio, tres elementos esenciales presentes en los objetivos buscados con la intervención en Venezuela —veremos si, por extensión, en América Latina—, o en Gaza y Oriente Próximo.

En estos tiempos resaltan dos grandes imperios: el de Estados Unidos y el de China. Este último, en parte, gracias a la apertura que iniciaron Nixon y Kissinger, quienes nada ingenuamente previeron hacia dónde iba el mundo. También hay visión imperial —o intento de recuperarla— desde la Rusia de Putin, que no cogió a tiempo la revolución digital, cuyo alcance China sí entendió. O en la caótica India de Modi, y en terceros, o imperios secundarios, como Arabia Saudí —enfrentada a Irán, incluso ante un futuro posayatolás—, Turquía o incluso Israel.

Con Trump, o incluso antes, Estados Unidos está dejando que se deshaga el orden internacional que tanto contribuyó a poner en pie tras la Segunda Guerra Mundial. ¿Síntoma de declive imperial y de declive occidental, como se percibe desde Pekín la reciente Estrategia de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, en un mundo que ha dejado de ser bipolar, luego (durante poco tiempo) unipolar para pasar a ser multipolar, multiimperio?

Schmitt es más conocido por su visión, a menudo simplificada, de la política como una relación de amigo-enemigo y de la preponderancia en algunos momentos del poder ejecutivo sobre el legislativo, cuestiones que vuelven a estar de actualidad. Pasada su turbulenta relación con el nazismo, en su citado libro, y en una interesante correspondencia con Kojève, consideró obsoleta la forma del Estado nación, y pronosticó el surgimiento de grandes espacios imperiales, con esferas de influencia, algo que tanto gusta a Trump, a Putin y a Xi Jinping, cuya visión sobre Taiwán y todo el mar de China se puede ver facilitada por la acción estadounidense en Venezuela. Schmitt realzó el citado concepto de la apropiación de otros territorios, ya sea por conquista o por otros métodos, que, según el pensador alemán, no es que se base en el derecho existente, sino que genera su propio derecho y orden imperiales. Como indica el filósofo Jean-François Kervegan en una entrevista sobre la actualidad del pensador en Le Grand Continent, “la realidad le ha dado la razón en este punto” de los imperios. En esta línea, Trump insiste en resucitar la Doctrina Monroe —la cita siempre que puede— y en que el Hemisferio Occidental —como llaman a las Américas— esté únicamente controlado por Estados Unidos. Cuba, que se había convertido en pieza indisociable de la Venezuela chavista, puede ser la siguiente pieza a cobrar. Trump la ha nombrado, junto a Colombia. ¿Y el gran Brasil?

Aunque EE UU fuera desde hace tiempo una “república imperial” (como la calificó Raymond Aron), las intenciones de Trump de apropiarse del canal de Panamá, Groenlandia y Canadá, o de provocar un cambio de régimen en diversos países, a comenzar por Venezuela, resultan muy schmittianas. Hay que entenderlas en la competencia con otros imperios. La acción en Venezuela no se comprende del todo si se ignora la competencia con China, crecientemente presente en América Latina, al menos en términos económicos, tecnológicos, petroleros —Pekín es el primer comprador de crudo venezolano—, y de otros elementos estratégicos como las llamadas tierras raras, abundantes en Venezuela. Trump intenta hacerse con el control de las Américas, del Ártico al Antártico. Es un detalle, pero la decisión de rebautizar el golfo de México como Golfo de América resulta muy imperial. Nombrar un espacio es participar en su apropiación. Schmitt, recuerda Kervegan, ya consideraba que la “toma de territorio” y la “toma del lenguaje” son indisociables. Es parte de lo que Le Monde llama el “software imperial”.

Además de unas capacidades militares sin parangón, para un alcance global Estados Unidos cuenta con 128 a 750 bases militares de 50 a 80 países (el cálculo depende del tamaño) en el mundo, algo inigualado por ninguna otra potencia. China está desarrollando un potencial naval y unas bases en el extranjero que nunca tuvo en los últimos siglos. A la vez India, multialineada, está desplegando la suya para contrarrestar a China. Ambos cuentan con una diáspora en todo el mundo, y muy especialmente en países asiáticos donde controlan buena parte de sus economías.

Hay otros espacios en los que los imperios pueden chocar, más allá de Taiwán, los territorios en disputa entre China e India, o el Ártico. Algunos no pertenecen a nadie. Los analistas chinos los llaman “las nuevas fronteras del poder” global: los polos, la profundidad de los mares, el espacio exterior (y la Luna), el ciberespacio, el sistema financiero internacional, e incluso, cada vez más, la ideología. China ha incrementado sus donaciones y préstamos al Sur Global, entre otros, con la Iniciativa de la Franja y la Ruta, mientras Trump, incomprensiblemente, ha desmantelado USAID, la Agencia estadounidense para el Desarrollo Internacional.

El deshielo está haciendo del Ártico un mar cada vez más estratégico. Por él recientemente han pasado barcos con cargamento procedente de China hacia Europa, abriendo la Ruta del Norte. En esto, Groenlandia tiene importancia para la visión imperial desde Washington o Pekín. O el subsuelo marítimo, con sus riquezas minerales, o los esenciales cables submarinos. La mayor red de cables submarinos del mundo pertenece a las grandes tecnológicas, especialmente Google, Meta, Microsoft y Amazon. China impulsa cables propios. En esto Rusia es marginal, aunque no sus supuestos ataques a estas líneas.

El dominio espacial es cada vez más central. Por ejemplo, para los GPS (esenciales incluso para las finanzas), o, como se ha demostrado en la guerra de Ucrania, para las comunicaciones por internet satelital y los ataques de drones. ¿Quién domina el espacio de telecomunicaciones vía satélite? Empresas de EEUU. En menor medida China a través de compañías como China Satellite Communications y otras agencias estatales y mixtas en expansión global. El CEO de Google, Sundar Pichai, anunció recientemente que su empresa va a empezar a construir centros de cálculo en el espacio, alimentados por energía solar, el proyecto Suncatcher. Necesita que los proteja el Gobierno de EE UU.

Sí. La nueva era de los nuevos imperios también va acompañada de nuevas compañías imperiales. Es un imperialismo público-privado, plutócrata. No es algo nuevo. La Compañía Británica de las Indias Orientales estaba instalada en India, con inmensos poderes, antes de que ésta se convirtiera en la “joya de la corona” del Imperio Británico. Hoy los imperios se miden por su capacidad económica y militar, pero también por el alcance de algunas de sus empresas. Se vio a muchos de sus consejeros delegados un año atrás en la segunda inauguración de Trump como presidente, o emperador.

En la era digital y de la inteligencia artificial, las mayores empresas, aparte de las energéticas, son americanas o chinas. Los “señores del aire”, las llamó hace tiempo el filósofo Javier Echeverría, mientras Yanis Varoufakis ha hablado de “tecnofeudalismo”. En todo caso, estas big tech rompen el concepto de soberanía. Pueden considerarse imperios en sí. Así califica a OpenAI (propietaria de ChatGPT) Karen Hao, que disecciona esta empresa en El imperio de la IA. Elon Musk se creyó emperador un tiempo. También en China Jack Ma, fundador de Alibaba. Sus verdaderos emperadores los apartaron, aunque luego los recuperaron. Porque los necesitan. Son señores de la tecnología, del dinero, y también de importantes medios de comunicación.

Pero estos señores necesitan a sus Estados. Viven en una parte importante de contratos con el Estado. Consideran que necesitan la protección de sus gobiernos para garantizar sus líneas de comunicación e impulsar normas globales que les favorezcan. Efectivamente, en estos afanes imperiales hay grandes batallas por las normas. Ya lo decía Schmitt: el poder imperial genera sus leyes. En nuestros días, Anu Bradford, que hace unos años hablaba del “efecto Bruselas” (cómo las normas internas de la Unión Europea tienen efectos globales), en Imperios digitales, ha examinado la batalla global para regular la tecnología. China está haciendo grandes esfuerzos, por razones comerciales y de seguridad, para diseñar e imponer sus propias normas, diferentes de las estadounidenses. Para sí y para el Sur Global, donde hay una competencia por la influencia y el control.

Esta batalla puede llevar a ciberespacios y tecnologías separadas, no sólo entre China y EE UU, sino en África, Asia o América Latina. Un ejemplo importante: hasta ahora, aunque con diversos cortafuegos nacionales (el mayor, el de China), había un único internet mundial (controlado desde una fundación en EE UU y todo un complejo sistema). Para China, el protocolo

TCP/IP (Protocolo de Control de Transmisión/Protocolo de Internet) originado en los setenta no podrá satisfacer las futuras demandas para la Red, como las que necesitan los vehículos autónomos, ni responde a sus intereses. Según el Financial Times, China —Gobierno y empresas como Huawei, China Mobile, China Unicom— está proponiendo una nueva arquitectura de internet, denominada New IP, que permitirá, además, un mayor control estatal. Rusia quiere seguir este camino.

¿Y Europa? Los imperios y sus guerras han sido consustanciales a su historia. Hoy la Unión Europea no es, no puede y no necesita ser imperio. Ha inventado una nueva forma política, no imperial, en la que el Estado nación, sin desaparecer, ni mucho menos, se relativiza en un orden superior. Schmitt no sirve aquí. Pero en su origen es, en parte, producto de la política imperial de EE UU. ¿Escapará al vasallaje? ¿Sobreviviría a una ruptura con Washington? En Europa la doctrina Monroe puede resultar confusa. De ahí la necesidad de territorios neutrales, que separen imperios. ¿Como Ucrania?

Los europeos se habían vuelto herbívoros o, como apunta el historiador francés Gabriel Martínez-Gros, “sedentarios”, protegidos por unos Estados Unidos que los “desarma e infantiliza”. ¿Les está despertando el fin de la confianza en Estados Unidos, la guerra de Ucrania y el nuevo temor a una Rusia imperial? Como señala un conocido diputado francés (Jean-Louis Bourlanges, centrista), “Europa se enfrenta al resurgimiento de los imperios y ahora debe lidiar con tres adversarios imperiales: Moscú, Washington y Pekín. Preocupa que ni siquiera sea capaz de derrotar al más débil de los tres”.

Incluso en otro ámbito de competencia imperial, la moneda, el dólar aún reina, aunque menos, pues el uso internacional de la moneda china va progresando. China va en cabeza en cuanto al renminbi digital, EE UU está implantado su dólar digital —y es el centro de los llamados stablecoins—, y la Eurozona va rezagada por la presión de sus bancos a avanzar excesivamente por ese camino.

Algunos imperios en la historia han chocado. Otros se han dado la espalda. Esta vez están entretejidos en muchas dimensiones e intereses, son interdependientes y con ambiciones, de un tipo u otro, universales. La llamada “trampa de Tucídides”, la irresistible guerra entre los que ascienden y los que no quieren descender, llevaría a los actuales a chocar. Sin embargo, China solo ha reaccionado con lenguaje diplomático a la captura de Maduro, pese a sus intereses en juego. Kissinger llegó a pedir que el multipolarismo se conjugue con un equilibrio de poderes, más que con un multilateralismo poco efectivo, al que se aferran los europeos. Se están definiendo las rules of engagement, las reglas del juego entre imperios. Venezuela así lo refleja.

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