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TRIBUNA
Opinión

Putin, a la sombra de Trump

Contemplado desde la agitación que provoca el estadounidense, Putin se asemeja a un pirata regional que observa la singladura de otro pirata más poderoso y atrevido

El presidente de Rusia, Vladímir Putin, ha sido desbancado por su colega norteamericano, Donald Trump, como gran transgresor del orden internacional representado por la ONU desde hace más de 80 años. Con pocas horas de diferencia, ambos dirigentes han apelado a fuerzas superiores y políticamente incontrolables para justificar sus intromisiones en causas ajenas. Mientras celebraba la Navidad ortodoxa, rodeado de militares curtidos en la guerra contra Ucrania, Putin afirmó que sus tropas “siguen órdenes de Dios” y “realizan una misión sagrada”. Por su parte, Trump dijo a The New York Times que se guía por su “propia moral” y que no necesita del derecho internacional.

Desde Venezuela a Groenlandia, pasando por Irán, Trump toma la iniciativa en un entorno, nuevo y arcaico a la vez, donde se impone el más fuerte. Contemplado desde la agitación que provoca el estadounidense, Putin se asemeja a un pirata regional que observa la singladura de otro pirata más poderoso y atrevido. El ruso desea colaborar con su rival, y no enfrentarse a él, pues, para su regocijo, Trump le ayuda a debilitar a sus adversarios europeos y también a “legitimar” sus conquistas (el 20% del territorio de Ucrania). En esta situación sin precedentes, la “flota de cruceros de recreo” con las banderas de Europa desplegadas trata de maniobrar entre dos acosadores, Putin y quien es aún su principal socio en la OTAN, hoy obsesionado por anexionarse Groenlandia.

Rusia no tiene hoy posibilidad ni fuerza para defender a sus socios estratégicos, como Venezuela, Cuba o Irán. “Putin se ha quedado estancado en Ucrania y ni siquiera puede ser socio de Trump, porque la economía rusa supone menos del 1,5% del PIB mundial”, comenta el respetado analista energético ruso Mijaíl Krutijin desde su exilio en Noruega.

“Rusia se ha convertido en un vasallo y una base de materias primas de China, y los chinos están muy contentos con la guerra [en Ucrania] y las sanciones [contra Rusia], porque eso les permite dictar los precios a Moscú”, dice Krutijin.

Rusia se desgasta y se desangra en Ucrania, donde su intervención a gran escala se prolonga ya más que el enfrentamiento de la URSS con la Alemania nazi (1941-1945). En Ucrania han perecido al menos 163.606 combatientes rusos, según recuentos independientes, y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, calcula sus bajas en más de un millón. Más del 30% del presupuesto ruso se destina a gastos militares.

Los supuestos motivos de la invasión en 2022 (el miedo del Kremlin a la expansión de la OTAN) han perdido fuerza como argumento, pues la guerra ha mostrado que la Alianza, a lo sumo, solo podía aspirar a ser un factor de disuasión ante una eventual agresión rusa. La agresión a Ucrania ha hecho que la Alianza se incremente con dos nuevos socios y unos 1.300 kilómetros extra de frontera con Rusia en Finlandia.

Pese a lo establecido en su doctrina estratégica, Rusia no puede mantener dos o más frentes bélicos abiertos a la vez, como se vio en Siria, cuando Putin no defendió a su aliado, Bachar el Asad (asilado en Moscú desde diciembre de 2024) y, antes, en el Cáucaso.

Además de debilitar su posición en Europa, Rusia ha tenido que aceptar su pérdida de influencia en el sur del Cáucaso, donde Azerbaiyán aprovechó la endeblez militar de Moscú para lanzar una ofensiva contra el enclave armenio de Nagorno Karabaj y reconquistar totalmente en 2023 un territorio que no controlaba desde 1988, cuando era todavía una república soviética. Turquía adiestra y equipa a los militares azeríes y, en el futuro, no hay que descartar una presencia militar continuada de Ankara (léase, de la OTAN) en el sur del Cáucaso, según observadores políticos en Bakú.

Las relaciones de Rusia con Armenia, su gran aliado en el Cáucaso y socia en la Organización del Tratado de Defensa Colectiva, se han enfriado. Moscú tuvo que retirar de Nagorno Karabaj a sus pacificadores, en parte para enviarlos al frente de Ucrania, y también tuvo que aceptar la disolución del llamado Grupo de Minsk, que copresidía con Estados Unidos y Francia y que fue la plataforma internacional en la que se trató el problema de Nagorno Karabaj desde 1992. Tras el fin de los enfrentamientos bélicos, Armenia y Azerbaiyán pusieron sus negociaciones de paz en la órbita de Trump, quien en 2025 las contabilizó en su cartera de “guerras resueltas”.

Trump, de hecho, se atribuye un mérito que no le corresponde, pero su política de “tratos” (transacciones comerciales oportunistas) supone un intento de reformatear conflictos en nuevos entramados a su servicio. Ilustración de esta táctica es el problemático corredor de Zangezur, destinado a unir (vía Armenia) el enclave azerbaiyano de Najicheván con el resto de Azerbaiyán. Tras ser un objeto de alta tensión geoestratégica, el corredor ha pasado a perfilarse como la prometedora fuente de ingresos para la Compañía de Desarrollo de TRIPP (Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacional, por sus siglas en inglés), que Estados Unidos y Armenia financiarán en un 74% y un 26%, respectivamente.

Trump cambia los decorados en los que Rusia trata de ejercer como gran potencia. Moscú anunció como un gran acontecimiento su primera cumbre con los países árabes para octubre de 2025, pero acabó suspendiendo el evento por falta de interés de los convocados, aunque oficialmente alegó que no deseaba poner en peligro los esfuerzos pacificadores de Trump en Gaza. Ahora, Trump invita a Putin a formar parte de la denominada Junta de la Paz de Gaza (y, según temen algunos, para lanzar una nueva organización internacional sustitutiva de la ONU). En este esquema liderado por Trump, Putin es un invitado más, entre otros, como los líderes de Bielorrusia, Uzbekistán y Kazajistán.

Moscú no puede ayudar a sus amigos, pero tiene capacidad para seguir martirizando a Ucrania y para blandir de forma intermitente el arma nuclear frente a Europa. Serguéi Karagánov, fundador del Instituto de Europa, y hoy presidente honorario del Consejo de Política Exterior y Defensa de Rusia, ha calificado a los europeos como “fracasados totales, en lo moral, en lo político y en lo económico”, en una entrevista con Tucker Carlson, un periodista norteamericano allegado a Trump. Opina Karagánov que la guerra en Ucrania solo acabará cuando se produzca “la total derrota de Europa”, a la que culpa de ser “la fuente de todas las desgracias y males en la historia de la humanidad”. “Si Rusia en algún momento está próxima a la derrota, esto significará que empleará el arma atómica y Europa será destruida físicamente”, ha sentenciado. En las palabras de Karagánov hay elementos teatrales, pero las diatribas rusas no se deben tomar a la ligera, y además revalorizan el papel de Trump y la potencia nuclear norteamericana.

Con sus reivindicaciones sobre Groenlandia, Estados Unidos pone a los europeos en una situación complicada. La capacidad de Europa de decidir sobre su propio destino o de mantenerse a flote está en juego. En lo que a Rusia se refiere, mientras Putin esté en el poder no cabe esperar que abandone su obcecada política. El presidente ruso “es capaz de enterrar en Ucrania “hasta el último hombre y hasta el último rublo”, dice Krutijin.

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