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Ainara se aferró a la vida tras caer en el puente de El Bocal: “Aguantó con las uñas contra la pared”

La joven alavesa de 19 años sobrevivió al desplome de la pasarela costera de Santander en la que fallecieron sus seis amigos

La pasarela de El Bocal, en Santander, tras finalizar los dispositivos de rescate.Juana Viúdez

Una excursión por la senda costera que bordea los acantilados del norte de Santander acabó el martes por la tarde en tragedia. Un grupo de siete amigos, seis chicas y un chico, que paseaban por la Costa Quebrada, una zona abrupta, casi salvaje, entre el mar y las últimas fincas ganaderas de la capital de Cantabria, cayeron al agua por una grieta de unos cinco metros de altura cuando la plataforma de madera que cruzaban cedió bajo sus pies. Solo Ainara R. V., de 19 años, logró sobrevivir, aferrada durante unos 15 minutos a unas rocas afiladas. Los bomberos que la rescataron sabían que tenían que ir rápido porque había más personas en el agua. También que el mar no da segundas oportunidades. “Aguantó con las uñas contra la pared. Estaba enganchada. Ha sido una auténtica fiera, un gato”, relata un bombero que participó en su rescate.

Ainara, una chica “muy risueña” y “buena estudiante”, según quienes la conocen, se recupera en el hospital de Valdecilla. “Está bien, en planta, y de ánimo, bueno, me imagino que romperá en cualquier momento”, cuentan en su entorno. Su madre, su tía, su abuela y sus hermanos mayores se han encargado de arroparla y protegerla en los días siguientes al desplome. La vida de sus seis amigos se quedó en esa grieta. Los cuerpos de cinco de ellos se recuperaron el mismo martes y un dispositivo de más de 120 personas buscó durante casi 48 horas a Elena S. P., de 19 años, la única desaparecida tras la caída. Los agentes del GEO de la Policía Nacional la hallaron el jueves, ayudados por un dron subacuático.

Los excursionistas, de entre 19 y 22 años, eran todos alumnos de último curso del grado superior de Técnico en Ganadería y Asistencia en Sanidad Animal, en el centro de formación profesional La Granja de Heras, a unos 15 kilómetros de Santander. Salvo Lucía S. C., de 22 años, que era de Igollo de Camargo (1.500 habitantes), todos habían salido de sus casas para ir a estudiar a Cantabria. Xabier B. M., de 21 años, era de Balmaseda (Bizkaia); Eunate H. A. y Celia L. G., ambas de 19, eran de Barakaldo (Bizkaia); Lluna V. A., de 20 años, procedía de Almería; y Elena, la que estuvo dos días desaparecida, era de Guadalajara.

En cuestión de días, la superviviente Ainara, natural de Elvillar/Bilar (Álava), Elena y Celia se iban a Irlanda a hacer una beca Erasmus. El resto conocería a las empresas en las que iban a hacer sus prácticas. Su amiga Elena, que adoraba Cantabria, quería seguir los pasos de su padre y estudiar veterinaria. Los demás estaban muy vinculados con el mundo del caballo y la ganadería.

El 112 recibió el aviso del desplome de la pasarela de El Bocal, en el núcleo de Monte, a las 16.45. Dijeron que habían caído siete personas a la vez. La primera dotación de Bomberos de Santander —seis personas y dos vehículos, uno de ellos de rescate acuático— salió de forma inmediata. Otro grupo de bomberos se quedó buscando más material y se unió al operativo minutos después.

Los primeros bomberos en llegar se enfrentaron a una de las actuaciones más duras de su carrera. Con la primera inspección sabían que al menos dos de los chicos habían fallecido. Tenían a Ainara “agarrada a la pared”. Y sabían que había otras cuatro personas en el agua. Intentaron actuar rápido y con cabeza. “La prioridad es la víctima, pero el rescatador no puede pasar a ser el rescatado”, razonan.

La caída de la pasarela dejó ver una pared vertical de piedra muy rugosa. La profundidad, que depende de la marea, era en ese momento, con la pleamar, de cuatro o cinco metros. “Las olas no eran muy grandes, aunque sí de cierto tamaño, unos tres metros, pero es que esa zona de costa es especialmente energética”. “Una pared y la otra convergen y hacen un sifón, donde el agua golpea con una energía brutal”, describe el agente. En este mismo sitio se celebra La Vaca Gigante, un certamen de surf extremo, que recibe el nombre de una ola, La Vaca, que puede alcanzar entre seis y ocho metros de altura.

El equipo de rescate cree que Ainara cayó al agua y aprovechó una ola para agarrarse a las rocas y escalar un poco. Además de la resistencia física para mantenerse sujeta los 10 o 15 minutos que pudieron tardar en sacarla de allí, necesitó un gran control mental. Había visto a sus amigos caer y pedir ayuda, algunos de los tablones de la pasarela que habían quedado sueltos tras el colapso le golpearon, el agua estaba fría y la ropa de la caminata no era la más adecuada. “Caer ahí y no morir requiere un componente de suerte y unas cualidades físicas y mentales muy grandes”, valora el operativo. “Era muy complicado sobrevivir”, añade.

El dispositivo, en el que también había un helicóptero, agentes de Policía Local, Policía Nacional, Guardia Civil, Salvamento Marítimo y Protección Civil, trabajo a una. “La forma de actuar fue de diez”, dice el agente, que este viernes volvía a estar de guardia. La búsqueda de Elena se mantuvo hasta las 23.00, cuando las condiciones ya eran muy peligrosas.

“¿Cómo es posible?”

A tres kilómetros de El Bocal, el centro cultural Fernando Ateca, se convirtió en un punto de atención a las familias de los afectados. Allí estuvo Carlos Micó, el director del centro en el que atendieron a las víctimas. Como tenían la documentación y los contactos de la familia, los agentes de la Policía Nacional pudieron avisarles rápido e identificar los cuerpos con mayor celeridad. Micó, que se ha repartido entre el acompañamiento de las familias y de una comunidad educativa con 600 alumnos y 70 profesores, piensa ahora en cómo rendirles homenaje: “Tenemos una colección botánica, igual mandar unos árboles, colocar una placa conmemorativa. Han sido unas chicas muy colaboradoras, solidarias, vinculadas al centro. Son muchas emociones, de los padres, de los chavales, los profesores, la gente de la cocina, todos estamos muy afectados. Es muy injusto, te preguntas: ¿pero cómo es posible?”.

Este sábado a mediodía se sentía el rugido del mar y los golpes en la roca bajo el puente caído. En la estructura, con el paso ahora cerrado por varios precintos policiales, se aprecian manchas de óxido rojo alrededor de los puntos donde van los tornillos o anclajes. La senda costera en la que estaba la pasarela forma parte de un proyecto truncado para hacer un paseo de 10 kilómetros en la zona norte de la ciudad, desde el faro de Cabo Mayor hasta la Virgen del Mar. Arrancó en 2014, pero el rechazo vecinal, que lo consideraba muy agresivo para el entorno, forzó que lo paralizaran. Diversos colectivos conservacionistas y vecinales criticaron que se había hecho sin tener en cuenta las zonas naturales de paso, más alejadas del mar, y que algunas de esas pasarelas, entre las que está la de El Bocal, además de tener un gran impacto sobre el paisaje, eran muy peligrosas.

El Ministerio de Medio Ambiente la construyó parcialmente y el Ayuntamiento de Santander se comprometió a conservarla una vez entregada, pero como se paralizó, quedó en una especie de limbo administrativo. El secretario de Estado de Medio Ambiente, Hugo Morán, ha hablado esta semana de “responsabilidad de las tres administraciones”: Ministerio, Gobierno de Cantabria y Ayuntamiento de Santander. La alcaldesa, Gema Igual (PP), se ha desligado de la conservación, aunque el Consistorio sí promociona esta ruta como parte de los atractivos de la ciudad. También ha trascendido que, 28 horas antes de la tragedia, un vecino avisó al 112 de que la pasarela “se cimbreaba” y le parecía peligrosa. Nadie acudió a precintarla. El 112 avisó a la Policía Local, pero este cuerpo policial no acudió a revisar la instalación. El Ayuntamiento ha reconocido que se recibió el aviso y ha abierto un expediente a la agente que no lo tramitó, ni lo consideró urgente. La investigación, en manos de la Policía Nacional, está judicializada.

En Elvillar, el pueblo de Ainara, tienen una sensación agridulce. “Estamos contentos, pero preocupados por la familia”, describe su alcalde, Enrique Pérez Mazo (PNV). El regidor de esta población de 315 habitantes situada en La Rioja Alavesa cuenta que la familia, que regentaba una explotación agrícola, ha pedido discreción y pasar estos días en intimidad. “En su día nombrarán a un portavoz”, augura. El alcalde les envía “ánimos” y el pésame a las seis familias de sus compañeros fallecidos. “Hay que arroparles un poquito”, pide.

El jueves a mediodía, cuando el dispositivo de búsqueda acababa de encontrar el cuerpo de Elena, la última desaparecida, cuatro amigos de Santander pasaban frío subidos en un montículo, a unos 200 metros del precinto policial. El grupo, que había ido a curiosear, se felicitó del hallazgo y por la tranquilidad de sus familiares, que esperaban noticias en una carpa naranja de Protección Civil muy cercana. Acto seguido se acordaron de Ainara. “¿Y la chica que sobrevivió? ¡Pobre!”, comentaba uno de ellos, con la capucha de una sudadera negra bien encajada para soportar el viento a la orilla del mar. “Ahora va a tener que vivir por siete vidas…”.

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