Capitalismo de Estado en EE UU
El intervencionismo de Trump en empresas y mercados recuerda más al modelo chino que al liberalismo norteamericano


Aunque la calma de las Bolsas pueda llevar a engaño, Estados Unidos ha vivido una de las semanas más trascendentales para los mercados financieros desde la crisis bancaria de hace 15 años. La decisión del presidente Donald Trump de cesar a la gobernadora de la Reserva Federal Lisa Cook (quien demandó este jueves al presidente) puede poner fin a los 74 años de independencia del organismo y someter la política monetaria a los deseos de la Casa Blanca. Un cambio total del paradigma que ha regido la primera economía mundial desde hace décadas, con más ecos en mercados emergentes y líderes autoritarios que en economías desarrolladas y democracias liberales.
Antes de su batalla contra Cook, Trump ya intentó destituir al presidente de la Reserva, Jerome Powell, por resistirse a bajar los tipos de interés a su gusto. A principios de mes, despidió a la responsable de las estadísticas laborales por publicar unos datos de empleo que no le gustaron. Trump quiere dejar claro quién manda y considera que la más mínima voz incómoda es disidencia.
Los siete meses desde que tomó posesión han servido para enterrar la larga tradición republicana a favor del libre mercado y de un papel reducido del Estado en la economía. Ese liberalismo económico que el mundo daba por supuesto ha dejado paso a un intento de control sectario de la Casa Blanca sobre las instituciones y una intervención de la Administración en empresas privadas, algo inédito en la política estadounidense. Si bien EE UU siempre ha intervenido para apoyar sus intereses estratégicos mediante préstamos públicos, desgravaciones fiscales e inversiones, ha sido por motivos excepcionales (como la II Guerra Mundial o la pandemia de la covid-19) y de forma temporal.
La semana pasada, la Administración de Trump anunció su decisión de convertir un préstamo del Estado al fabricante de procesadores Intel en una participación del 10% en su accionariado. Habrá más movimientos así, ha advertido Trump. En julio, el Departamento de Defensa cerró un acuerdo con MP Materials para comprar una participación del 15% en la empresa, que explota la única instalación importante de extracción de tierras raras en EEUU. Más recientemente, Trump ha exigido a las tecnológicas Nvidia y Advanced Micro Devices el 15% de sus ventas a China a cambio de autorizarles a realizar estas transacciones. Washington impuso a la japonesa Nippon Steel la cesión de una acción de oro de control para permitirle comprar la acerera US Steel. En las negociaciones arancelarias, el mandatario ha exigido a sus principales socios comerciales (UE, Japón, Corea del Sur) inversiones por un total de 1,5 billones de dólares que él se dispone a dirigir personalmente. Mientras, ha regulado para impulsar el mercado de las criptomonedas en el que su familia tiene intereses millonarios, un conflicto de intereses palmario.
Si la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) a principios de siglo estuvo sustentada en el convencimiento de que la liberalización de la economía llevaría a Pekín a avanzar hacia el modelo estadounidense, ahora parece más bien que es Washington quien está adoptando el modelo chino con características americanas. Quienes conocen a Trump subrayan que el giro responde más a su forma de hacer negocios llevada a la política que a un propósito ideológico. El problema no es su personalidad, sino que pueda hacerlo. Trump no solo intenta poner las instituciones a su servicio, sino también las grandes empresas y mercados. Las consecuencias de esta voladura de certezas en la economía serán de largo alcance.
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