¡Basta ya de sumisión europea a Estados Unidos!
Se supone que había que aceptar la humillación para evitar la inestabilidad, pero, si no espabilamos, tendremos humillación e inestabilidad
En el otro lado del Atlántico acaban de proferirse, contra Europa y contra cualquier responsable que aplique la Ley de Servicios Digitales (DSA) —la normativa europea sobre las grandes redes sociales—, nuevas amenazas de sanciones, acompañadas de más barreras aduaneras y unas restricciones tecnológicas sin precedentes.
¿Hasta cuándo vamos a aceptar los ciudadanos de la Unión Europea la sumisión? ¿La sumisión a quienes quieren imponernos sus reglas, sus leyes, su calendario? ¿La sumisión a quienes ahora pretenden dictarnos nuestros grandes principios democráticos y morales, nuestras normas de convivencia, incluso la protección de nuestros propios hijos, en las redes sociales? ¿Cómo y por qué vamos a estar dispuestos a tirar a la basura nuestras leyes de regulación digital (DSA, DMA), aprobadas con lucidez, valentía y determinación por una abrumadora mayoría de nuestros parlamentarios europeos?
Existe hoy, en materia de regulación digital, un auténtico océano de incomprensión entre Europa y Estados Unidos. Y las grandes plataformas —estadounidenses— están aprovechando esa circunstancia de manera desmesurada y lamentable. Sin embargo, la regulación del espacio cibernético es precisamente una condición imprescindible para conseguir que el enfoque mercantilista de unos pocos se convierta en una contribución de peso al progreso humano y al interés general.
Históricamente, la humanidad ha sabido regular y organizar el espacio terrestre, marítimo y aéreo. Es un privilegio de los Estados del que depende la soberanía de las naciones. Por eso, renunciar hoy a ordenar el cuarto espacio, el espacio digital, y dejar que se encarguen unos cuantos actores privados en nuestro lugar sería una dejación histórica de la cosa pública, a la ambición política, a la promesa democrática. En realidad, las leyes DMA y DSA no son más que una transposición, del espacio físico al espacio digital, de nuestras normas de convivencia y nuestras leyes democráticas. Es decir, de nuestro derecho. Europa es el primer y único continente que ha dado el paso. Puede enorgullecerse de ello.
Hay que recordar, por cierto, que el propósito de la regulación digital no ha sido ni será jamás atentar, en absoluto, contra la libertad de expresión. Esta era una preocupación legítima y una exigencia importante del Parlamento Europeo.
Europa, un continente libre en sus decisiones y sus leyes, es un mercado abierto. Pero con la condición de que se respeten nuestras leyes. Nuestra soberanía democrática. Eso no es negociable. No es discutible. Sea cual sea su país de origen, las plataformas deben obedecer nuestras normas democráticas para tener la oportunidad de venir a vender u ofrecer sus servicios, o arriesgarse a graves sanciones que la Comisión Europea tiene la obligación de aplicar con diligencia en caso de incumplimiento.
Sin aranceles, sin intentos de poner trabas a nadie, sin ningún deseo de prohibiciones en nuestro espacio digital europeo. Todo lo contrario de lo que Estados Unidos ha conseguido imponer en el espacio físico, el de los bienes y los productos. Como sabemos, hay una nueva tabla unilateral de aranceles que penaliza gravemente a todo nuestro continente. Y eso nos obliga a plantear dudas. Para ser claros, había otra vía posible que no era la sumisión. Se podía haber elegido otro método que no fuera la capitulación por adelantado: el del equilibrio de poder entre dos socios de peso comparable. ¿Por qué Europa, primer socio comercial de Estados Unidos, no está hoy en las mismas circunstancias que México o Canadá, que tienen un volumen de negocio similar con dicho país? Después de negociar con el Gobierno de Trump, consiguieron una exención total de aranceles para más del 90% de sus exportaciones y de entre el 10% y el 50% para el resto, lo que equivale a una tasa media real inferior al 4%. Ese es el resultado del pulso que mantuvieron México y Ottawa durante cuatro meses con la Casa Blanca. El enfrentamiento, que no estaba ganado de antemano, ni mucho menos, ha merecido la pena.
En cuanto a la Comisión Europea, al principio comenzó las negociaciones con acierto, sobre una misma base —cero por cero— para una gran panoplia de productos similar. ¿Por qué Europa acabó cediendo y aceptó un arancel del 15% para sus productos y unos derechos de aduana rebajados a cero para todos los productos estadounidenses, incluidos los agrarios? Sin olvidar que, para disfrutar este “precio de amigo”, Europa, además, tiene que comprometerse a comprar gas de esquisto y otros hidrocarburos estadounidenses por valor de 750.000 millones de dólares. Y a invertir otros 200.000 millones más al año en la economía estadounidense, que se suman a la inversión actual de 300.000 millones.
¿De verdad es, como dicen, el mejor acuerdo al que podía aspirar Europa? Nos aseguran que la capitulación era preferible a la incertidumbre y los riesgos de una guerra comercial. Es cierto que la guerra suele terminar con la capitulación. Pero, después de haber cedido tanto a cambio de una hipotética estabilidad arancelaria, que nuestras empresas reclamaban con razón, ¿qué certezas, qué garantías hemos conseguido? ¿Y si Estados Unidos vuelve a “castigar” a Europa por no comprar suficiente gas? ¿O porque prefiera dedicar los cientos de miles de millones que exigen del otro lado del Atlántico a la economía y el empleo europeos? Se supone que había que aceptar la humillación para evitar la inestabilidad, pero, si no espabilamos, tendremos humillación e inestabilidad. ¿Bastará el último ataque frontal a nuestras leyes digitales para convencernos?
Ha llegado el momento de levantarse. Que las fuerzas europeas se unan y digan: “Ça suffit, enough is enough, es reicht, adesso basta, dosc tego, basta ya”. ¡En pie, Europa!
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