Debemos derrocar la tiranía del Excel
El paleoconservadurismo y el ultraliberalismo ofrecen a la ciudadanía control sobre sus vidas, un mundo sin intermediarios


Voy a intentar convencerte de que los males de nuestro tiempo (la eclosión de grandes problemas, de la desigualdad al acceso a la vivienda, y de falsas soluciones, con el ascenso de los populistas en los gobiernos y las encuestas) tienen un mismo origen: la hoja de Excel. Lo primero sensato que pensarás es que estoy loco. Lo segundo, que es una historia tan cabal como manida: las fuerzas de la globalización neoliberal que anteponen el recorte de costes al desarrollo de las personas (y que el Excel simbolizaría) han llevado a que la gente abrace a la extrema derecha nacionalista. Pero esta visión tan estilizada ofrece un diagnóstico pobre y una prescripción errónea. Para superar la frustración reinante en nuestras sociedades no hay que escapar de un tipo de política, sino de una filosofía de vida. Debemos derrocar la tiranía del Excel.
Entender la disrupción del orden moderno requiere unas nuevas gafas conceptuales. Los parámetros que todavía usamos son las antiguas categorías de liberalismo versus comunitarismo. Las sociedades oscilarían, como un péndulo, de sistemas que dan mucha libertad a las personas a otros que la limitan en aras de la comunidad. El individuo en un extremo. El colectivo en el otro.
La narrativa dominante es que el liberalismo, que ha ido conquistando el mundo desde 1945, extendiendo la libertad económica del capitalismo y la política de la democracia, ha tocado techo. Las víctimas, inocentes o responsables, pero ciertamente culpabilizadas, se han rebelado. Quienes malviven con trabajos precarios mientras a su alrededor medran jóvenes listillos en bermudas, o trepas con corbata que tienen buenos contactos, han dicho basta. El capitalismo global les ha arrebatado su trabajo estable, su vivienda estable y su familia estable y les ha dejado huérfanos de identidad. Ya no son obreros ni enfermeras. Son peones de corporaciones sin rostro ni alma. Y los perdedores de la globalización, como las ratas de Hamelin, han sido seducidos por la sencilla melodía de los flautistas del populismo: orden y patria frente al caos y cosmopolitismo.
Pero hay un problema en esta visión del populismo como encarnación del comunitarismo. ¿Qué pintan ahí los anarcoliberales y los criptobros, los Elon Musk y Javier Milei, los neoliberales de Vox y AfD, los Alvise y youtubers que defienden la libertad más absoluta frente al opresor Estado? ¿Qué tienen que ver estos Ultraliberales 2.0 con los viejos carcas? La contradicción interna entre los protagonistas de los altercados en Torre Pacheco —que Israel Merino genialmente describe como “Soy neonazi, pero también libertario; quiero un Milei español, pero también añoro a Primo de Rivera”— tiene más coherencia de la que aparenta. ¿Qué une, pues, a criptoliberales y criptoconservadores?
Una hipótesis es que ambos son reacciones al orden liberal, a sus lejanas instituciones (partidos, gobiernos, universidades, multinacionales) y sus soberbios expertos. Los ultraliberales y paleoconservadores están unidos por un profundo desprecio hacia las élites del establishment. Hay datos que parecen dar validez a esta teoría. Las personas que simpatizan con estos movimientos presentan perfiles antisistema: desconfían de representantes políticos, banqueros, científicos y la mayoría de funcionarios públicos. Y creen que la vida es un juego de suma cero: tu ganancia es mi pérdida, el beneficio de otra nación es el perjuicio de la mía. Esta cosmovisión se ha desparramado como una sombra siniestra por sectores crecientes de la sociedad norteamericana, quebrando las “creencias útiles” que, según la economista Alberto Alesina, cimentaron el milagroso despegue de EE UU: la idea de que, con esfuerzo, todos podemos progresar. Ahora reina el pesimismo. Y se proyecta al resto del mundo; a menudo, paradójicamente, a través de vehículos culturales diseñados por las élites liberales de izquierdas. De House of Cards a White Lotus pasando por Breaking Bad, el mundo se nos presenta como una contienda entre unos muchos malos y unos pocos tontos. Los buenos han desaparecido. Hoy la justicia es, a lo sumo, un capricho del destino.
Sin embargo, este mosaico de evidencias deja al descubierto la pregunta esencial, ¿Por qué este resentimiento hacia las élites? Intelectualmente, es poco satisfactoria una teoría que se limita a explicar un movimiento en negativo, como mera oposición a algo. En los reaccionarios hay siempre algo más que reacción.
Para construir una hipótesis “en positivo” del paleoconservadurismo y el ultraliberalismo, debemos mirar no tanto qué critican como qué proponen. Ambos ofrecen a la ciudadanía control sobre sus vidas: aranceles y proteccionismo para cortar la dependencia de intereses extranjeros, referéndums para que los eurócratas de Bruselas no decidan por ellos, monedas personalizadas libres del aval de tenebrosos bancos centrales, y hasta la capacidad de decidir sobre su sistema inmunitario evitando invasivas vacunas. También se incluirían aquí las medidas de direct economics que, según Quinn Slobodian, caracterizan a los populistas modernos, como los cheques que Trump envió a cada norteamericano durante la pandemia, con su firma visible. Todo para el pueblo, pero sin intermediarios.
Y si los populistas nos ofrecen control personal es porque tenemos demandas cada vez más personales. Los paleo-conservadores no son la oposición al individualismo, rayano en el narcisismo, del neoliberalismo, sino su culminación. Que personajes anarcoides como Milei y Musk cohabiten con ultraconservadores como Orbán y Trump no obedece a la casualidad, sino a la misma causa: el desatado empoderamiento del individuo que ha ido abriéndose paso en nuestras sociedades. La concepción de que somos los únicos dueños de nuestro destino y de que todo a nuestro alrededor (jefes, subordinados, amigos, parejas, hijos) es un coste o beneficio en el Excel de nuestra felicidad. Pues el objetivo en la vida es maximizar nuestros placeres y minimizar los dolores.
Vivimos una epidemia de inmanencia. En contraposición a trascendencia, inmanencia es un término usado en filosofía y teología para designar la condición de estar enteramente dentro de algo (del latín immanere, “habitar en”). El ser inmanente no busca una meta más allá de sí mismo. Como señala el pensador Wolfram Eilenberger, rememorando a pensadoras (arrinconadas por su género y opiniones contracorriente) como Simone Weil, en la actualidad padecemos una pobreza de trascendencia y estamos atrapados en la pesadilla de la inmanencia. En la búsqueda de la satisfacción inmediata, inminente e inmanente de nuestros deseos individuales. O tribales.
Por tanto, lo que hay que temer de los populismos no es que erijan regímenes totalitarios, a imagen y semejanza de 1984 de George Orwell. Sino que, más bien, nos conduzcan en una dirección contraria, aunque no menos perturbadora: una ciberdemocracia anárquica donde las personas se relacionen sin apenas interferencia de instituciones: ni Estados, empresas ni religiones. De hecho, los desencuentros entre la extrema derecha y tres de sus tótems históricos (el Estado policial, ahora tildado de "deep state" por Trump; las grandes corporaciones, atacadas por prominentes republicanos como Marco Rubio; y la Iglesia católica, denostada por J.D. Vance, en línea con los ataques de Abascal a los obispos por Jumilla) no son accidentes, sino expresiones del antiinstitucionalismo que es el Zeigeist de nuestro tiempo.
Los populistas nos llevarán allá donde los neoliberales siquiera soñaron: una utopía de seres libres que no sirven a nadie más que a sí mismos. Obviamente, será un horror. Pero el malo no será el Gran Hermano, sino el pequeño cuñado en el que nos estamos convirtiendo todos.
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