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TRIBUNA
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En Israel necesitaremos un lenguaje nuevo después de esta guerra

El hombre que me increpa por protestar y yo tenemos algunas cosas en común: los dos pensamos que este Gobierno es una vergüenza

El cuerpo de una niña víctima de los ataques de Israel, en el hospital de Al-Shifa, en Gaza, el pasado 15 de julio.
Etgar Keret

Casi todos los sábados por la noche, mi esposa y yo participamos en Tel Aviv en una vigilia silenciosa, en la que cada uno sostiene una fotografía de un niño de Gaza asesinado por los recientes ataques de las Fuerzas de Defensa de Israel. Son muchos. Permanecemos allí durante una hora.

Algunos transeúntes se detienen a mirar las fotos y leer los nombres de los niños; otros nos insultan y siguen andando. Curiosamente, al contrario que en muchas otras protestas contra el Gobierno a las que asisto, en las que me siento un poco inútil, en esta vigilia sí siento que estoy haciendo algo. No es mucho, pero estoy facilitando el encuentro entre un niño muerto y la mirada de una persona que no sabía que existía ese niño.

Hace unas semanas, la vigilia fue más tensa de lo habitual. Hamás acababa de publicar un vídeo monstruoso en el que se veía al rehén israelí Evyatar David, esquelético, cavando su propia tumba por orden de sus captores. Algunas personas se pararon junto a nosotros. Un hombre en bañador me miró fijamente y me preguntó si había visto el vídeo: “Él es tu gente. Su foto es la que deberías alzar. ¡La suya!”. Otra mujer se detuvo y nos gritó: “¡Todo es propaganda de Hamás! ¿No os dais cuenta? Esos niños, es todo inteligencia artificial. ¡No son de verdad!”.

Me habría sido fácil discutir, mostrarme condescendiente con ellos y lo que decían. Pero, como la vigilia es silenciosa, tuve que limitarme a mirarlos y callar. Nunca se me ha dado muy bien callarme. En cierto modo, soy como los comentarios del director cuando da a conocer su versión de una película; siempre tengo respuesta o explicación para todo. Antes pensaba que era el único que lo hacía, pero ahora, con la ubicuidad de las redes sociales, parece que todo el mundo se ha vuelto como yo.

El hombre en bañador intentó que le respondiera y, cuando vio que no lo hacía, cambió a toda prisa y se dio cuenta de que podía seguir hablando sin obstáculos. Su intento de provocar una discusión pronto se convirtió en una peculiar mezcla de monólogo interior y publicación de Facebook. Habló de vidas perdidas, de enemigos, de este país nuestro y en qué demonios se ha convertido, de los rehenes, de su servicio en la reserva y de su sobrino, que está destacado en Gaza.

Lo que decía me hizo pensar que teníamos algunas cosas en común: los dos pensamos que este Gobierno es una vergüenza y los dos hemos perdido a alguien y algo de nosotros mismos en los últimos 22 meses. La diferencia es que yo muestro una foto de un niño palestino asesinado por soldados israelíes y que haga eso, desde su punto de vista, es un acto que no tiene explicación ni significado posible. Ni siquiera tiene nombre.

De repente, toda la situación me pareció, más que una disputa política, una moderna Torre de Babel, cuando Dios hizo que todos hablaran distintas lenguas para interrumpir su empeño en que la torre fuera cada vez más alta, para contener la arrogancia humana. Esta de ahora una historia en la que todos vivimos en un mismo edificio e intentamos alcanzar las nubes. El edificio no deja de crecer y nosotros subimos con él, cada vez más arriba: sabemos más, tenemos más seguridad, nuestros propósitos pesan cada vez más, pero, en algún momento —y no solo por arrogancia—, perdemos nuestra capacidad fundamental de comunicarnos. Estamos todos atrapados en nuestras propias fuentes de información, nuestros propios lenguajes, nuestros datos y conclusiones diferentes, cada vez más consolidados. Cuando dejamos de contemplar las paredes de la torre y miramos a los ojos del otro, lo que vemos nos resulta completamente extraño.

Al final del relato bíblico, el pueblo renuncia a su proyecto de construir la torre. Muchas historias de la Biblia terminan mal y la nuestra parece ir por el mismo camino. A menos, claro está, que nosotros —yo, el tipo en bañador y todos los demás— volvamos a encontrar un lenguaje común, una lengua que tenga nombre para todo, incluso para una persona que sostiene la fotografía de un niño muerto.

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