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El derrumbe de la Embajada de México en Reino Unido: así se desmoronó la sede liderada por Josefa González-Blanco

EL PAÍS reconstruye con documentos oficiales y testimonios de 15 empleados el caos desatado en Londres

Josefa González-Blanco tenía preparada una fiesta de despedida para el 23 de enero de 2026. Para entonces ya se había anunciado públicamente que el exfiscal general Alejandro Gertz Manero ocuparía su plaza al frente de la Embajada de México en Reino Unido. Esa representación, que fue calificada como “amiga” por el funcionario, había sido el destino político de González-Blanco desde 2021. La embajadora había dado decenas de fiestas en esos años, había salido con su perro en la revista británica Monocle, desde ahí había celebrado el Grito de la Independencia, había organizado para que una trajinera llena de cempasúchil recorriera los canales de Londres, había recibido a historiadores, artistas, personal del Gobierno mexicano y misiones diplomáticas de otros países. Pero había llegado la hora de decir adiós. Unos días antes, una investigación de EL PAÍS reveló la estela de denuncias interpuestas contra González-Blanco, a la que acusaban de “maltrato sistemático”, “destrucción de las relaciones bilaterales” y mal manejo de recursos. La funcionaria canceló la fiesta y empezó los movimientos, tenía que enfrentar el derrumbe de una embajada.

En el número 16 de Saint George Street, muy cerca del Soho londinense, se alza una casona blanca, con dos brillantes puertas rojas. Es un edificio antiguo, todavía imponente. Hace un siglo que el Gobierno mexicano tiene la renta del lugar, que vio pasar a secretarios de Estado convertidos en embajadores, especialmente cuando Reino Unido era un aliado estratégico para México ante la Unión Europea. La representación ha ido perdiendo peso con los años, sin embargo, todavía tiene el papel de ser el lugar de atención y protección de los más de 16.000 mexicanos que viven en el país, y de mantener las relaciones académicas, políticas, comerciales y culturales entre las dos naciones.

De puertas para dentro, la realidad es otra. En los últimos cinco años, la Embajada ha perdido al menos a 40 de sus trabajadores, entre empleados locales, funcionarios de carrera y personal elegido directamente por Josefa González-Blanco. Ha tenido a un “aviador” —una figura que cobraba sin que nadie lo haya visto nunca por la sede— y en contraposición, ha tenido a otra persona trabajando, representando a México ante la Organización Marítima Internacional (OMI), sin nunca pagarle. Según los documentos de denuncias, auditorías y renuncias, y los 15 testimonios recopilados por este periódico, la Embajada se convirtió en una pesadilla, en un sálvese quien pueda, en un reino lleno de feudos, donde el trabajo se hizo imposible.

EL PAÍS reconstruye año por año el paso de González-Blanco por la sede diplomática, así como el silencio de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) durante todo su mandato. Este periódico tiene copia de los avisos de los empleados sobre el caos y el acoso dentro de la representación desde inicios de 2022 hasta agosto de 2025, con al menos 16 denuncias ante el Comité de Ética y el Órgano Interno de Control (OIC), las dos dependencias que revisan estas quejas. Algunas de las investigaciones siguen todavía abiertas y otras se resolvieron a favor de los empleados. Una auditoría de la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno, realizada el pasado verano, reprobó con un 2 sobre 5 a la representación, por las “deficiencias críticas encontradas en todas las áreas”.

El llamado de auxilio de los empleados ha pasado por la mesa de tres cancilleres, Marcelo Ebrard, Alicia Bárcena y Juan Ramón de la Fuente, y de dos presidentes, Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum. Ninguno de ellos tomó medidas. La mandataria incluso avaló el “buen papel” de González-Blanco en la representación. La diplomática respondió a este periódico que su actuación “se enmarca en un compromiso permanente con un ambiente de trabajo respetuoso y con la rendición de cuentas”.

2021: el aterrizaje

Josefa González-Blanco recibió la embajada en abril de 2021, tras dos años sin titular y en medio de la pandemia de covid. Los empleados venían de un confinamiento de meses, en el que las actividades de la embajada se habían reducido y los empleados se rotaban para realizar guardias presenciales en la oficina. Durante el proceso de salida de Reino Unido de la Unión Europea, el Brexit, la representación mexicana estuvo encabezada por la encargada de negocios. “Faltaba mucho personal, pero cada área tenía a una persona encargada del Servicio Exterior Mexicano y tenía gente de apoyo. En sí las cosas funcionaban, teníamos una agenda, sabíamos qué hacer”, recuerda una de las empleadas.

Al llegar la nueva embajadora lo hizo acompañada, como es habitual en los nombramientos políticos, de un equipo de su confianza. De manera virtual, la funcionaria se reunió uno a uno con todos los empleados. “Josefa venía con otro chip, quería hacer algo totalmente diferente siempre decía ‘think outside the box’, pero hay una política ya hecha que hay que seguirse, eso no lo entendía”, dice una de las trabajadoras que renunció al poco tiempo.

Desde el principio, la embajadora empezó a mover a los empleados como fichas de ajedrez. Cambió y remodeló posiciones: “No le importaba si sabías o no sabías, si funcionabas o no”, señala uno de los trabajadores. De llevar asuntos económicos pasabas a turismo, de políticos a cultura, de consulares podías ir a administración. Los trabajadores duraban, a veces, solo unas semanas en el nuevo puesto antes de volver a rotar. Estos cambios también se aplicaban como castigo: “Para ella estar moviendo era en un sentido de degradación”.

2022: el último piso

El 16 de Saint George Street es un edificio estrecho, de cuatro plantas y un sótano. Una escalera principal une la planta baja con el primer piso, “nadie podía caminar por esas escaleras si no era en compañía de la embajadora o con autorización de la embajadora, era un espacio reservado”, cuenta una empleada. Los trabajadores señalan que ellos debían usar otras secundarias. En la primera planta se encontraba el despacho de González-Blanco y la antesala para “su séquito de asistentes”. En el segundo, algunos despachos, y en el último, una sala de reuniones preparada para recibir invitados “cuando no había presupuesto para hacerlo en la casa de Josefa”, y el área de los castigados. Ahí la embajadora trasladaba a los “congelados”, esos empleados a los que no se les podía hablar ni permitir realizar sus funciones.

“Los del SEM entregaban el trabajo, pero si no saludaban a Josefa de manera correcta, se enojaba, les dejaba de hablar. Los subía al tercer piso”, cuenta un trabajador; varios han hecho referencia a este castigo sistemático. “Josefa aplica la ley del hielo. No le hablo. No le recibo. Lo que esa persona pida, no”, cuenta una fuente, que reconoce que durante el año que trabajó en la embajada se despertó diario con un “vacío en el estómago de no saber con qué te iban a atacar ese día”.

La mayoría de los empleados consultados por EL PAÍS señalan ataques de pánico, crisis de ansiedad e incluso períodos depresivos a causa del ambiente laboral en la embajada. Y todos ellos nombran en estos tratos y humillaciones no solo a González-Blanco sino también a su mano derecha, el consejero Fernando Gutiérrez Champion, que era y sigue siendo su principal operador. Es la única persona que ella llevó desde México con la que no ha roto relaciones ni ha quedado relegado. “Josefa era una persona sin ninguna experiencia política ni diplomática. Además, es muy dependiente, por lo que delegó todo en Fernando”, apunta una fuente. Todos estos años Gutiérrez Champion ha mantenido el rango de Consejero —el tercer escalafón más alto— y se ha quedado de forma informal con “el control operativo de la embajada”.

Los empleados señalan que se instauró un seguimiento de sus correos electrónicos. Algunos afirman que se les obligó a enviar mensajes acusando a otros compañeros de malas prácticas solo para perjudicarlos; también que se les forzó a dar las contraseñas de sus cuentas y se enviaban correos desde ellas sin su autorización. “La embajadora y Fernando espiaban los correos que intercambiaba con personal de la embajada”, señala un trabajador. Además, los empleados recibían instrucciones de atender las fiestas de González-Blanco fuera de su horario laboral para “estar pendiente del guacamole” o para ir como público “porque muchas veces no iba nadie”. También señalan que se les pidió asistir un curso de fotografía “para que todos los de la embajada cada vez que acompañáramos a Josefa pudiéramos tomarle fotos bien”.

2023: el éxodo y el caos

El caos imperaba dentro de la representación: una plantilla altamente disminuida por el éxodo de trabajadores, una guerra abierta contra el personal, y la pérdida de presencia de México en las reuniones políticas y económicas. “Josefa solo quería pararse y tomarse la foto. Para ella una buena gestión frente a una embajada era que algo tuviera muchos likes en Instagram. Eso refleja mucho la trivialización de lo que es la labor diplomática”, apunta una fuente.

Algunas de las personas que llegaron a ser cercanas a González-Blanco han admitido como ella les pidió incurrir en maltratos: que no hicieran caso de las peticiones de otros jefes de área, cambiar de funciones a empleados locales con tal de dejar al personal del SEM sin apoyo o ignorar asignaciones de cargo de la Cancillería para evitar que algún funcionario tuviera visibilidad.

La culminación de estos conflictos fue la no renovación de la visa laboral de un par de empleados. Unas semanas antes de vencer el documento se les avisó que no se les sería renovada por decisión del Gobierno británico, es decir, tenían días para salir del país. Algunos de ellos llevaban más de cinco años en Reino Unido. Buscaron ayuda dentro de la embajada y trataron de reunirse con González-Blanco, sin éxito. Se quedaron en una situación vulnerable y además fueron aislados del resto del personal. Poco tiempo después se enteraron de que todo había sido un pretexto de la embajadora para forzar su salida.

En medio de estas entradas y salidas de la plantilla, en el verano del 2023 hubo una nueva designación política en Londres, sin embargo, este a diferencia de los seis previos, no venía a trabajar al equipo de la embajadora. René Ceceña Álvarez estuvo adscrito al área de Cooperación Internacional de la embajada por 11 meses, de junio de 2023 a abril 2024. Sin embargo, a pesar de recibir la nómina mes con mes, no se presentó ni un solo día a trabajar, de acuerdo con los empleados que estuvieron en esa época en la embajada. Algunos aseguran que ni siquiera estuvo Reino Unido en ese tiempo, sino que permaneció en París, donde previamente ejercía como Director del Instituto Cultural de México en Francia. Le conocen como “el aviador”.

2024: la estampida

La entrada de Claudia Sheinbaum en Palacio Nacional el 1 de octubre de 2024 marca la siguiente etapa en la embajada. “Con la llegada de la presidenta, Josefa estaba en una esquina sin moverse diciendo ‘si no me muevo nadie me ve’. Todos estaban a la espera de que hubiera algún cambio”, señala una fuente de la embajada. En esos momentos ya se había dado “una salida masiva de empleados locales”, los trabajadores peor pagados y tratados, el eslabón más bajo. Con un salario menor a 1.600 libras al mes, que a duras penas supera el salario mínimo en Reino Unido, los empleados locales ocupaban los puestos de mantenimiento, cocina o limpieza, pero también funciones administrativas y legales. El “maltrato” de González-Blanco provocó su estampida.

La embajadora incluso terminó despidiendo en febrero de ese año a Mauricio, el mayordomo de la residencia, un trabajador peruano de 65 años que llevaba una década atendiendo a los embajadores en Londres y a todos sus asistentes. Antes también había pasado por otras sedes diplomáticas, sin problemas. Con González-Blanco, relatan todos los empleados consultados, las reuniones “protocolarias” se convirtieron en fiestas hasta la madrugada. A Mauricio, a la cocinera y a las dos mujeres de limpieza los obligaban a quedarse hasta el final, recoger y limpiar, y después madrugar para empezar temprano al día siguiente. En 2024, hubo 108 eventos, uno cada tres días. “Por ejemplo, inventaban el día del tequila, conseguían alguna marca que auspiciara, armaban un desmadre y no paraban”, relata uno de los empleados. “Fernando siempre estuvo en una guerra campal con Mauricio, le hacía la guerra porque no se quedaba a servir margaritas”, señala otro. A este empleado lo trataron mal hasta que lo despidieron. No tenía otro trabajo. No le pagaron la indemnización. Tampoco consiguieron otro mayordomo.

Pero con la llegada de Sheinbaum, a la embajadora le interesaba el apoyo del personal local: “Ella quiso tener su respaldo así que hubo intentos de acercarse”. También contrató a nuevos empleados, pero que apenas aguantaban unos meses: “Desde el primer día hasta el último, llegaba con una experiencia de violencia. El ambiente es tan hostil que no le puedes hablar al de a lado. Te arriesgabas a que te pusieran en la lista negra. Era demasiado tóxico”.

Una de las contrataciones de ese año fue una figura para representar a México en la Organización Marítima Internacional. Esa persona trabajó durante un mes, recibió su equipo y checó su entrada cada día, asistió a reuniones en representación del país, y funcionó como un engranaje más de la embajada, hasta que llegó el día de recibir su salario. En ese momento, relatan fuentes cercanas al caso, todo fueron problemas. Hasta que lo terminaron expulsando de los grupos de trabajo y bloqueándolo para impedir que pudiera reclamar. Nunca le pagaron. El caso sale recogido en la auditoría del Órgano Interno de Control: “Un candidato a empleado local participó como observador en reuniones de la Organización Marítima Internacional, sin que mediara contratación formal ni la firma de un acuerdo de confidencialidad, lo que representa un riesgo de exposición de información sensible”.

2025: las ruinas

En verano, las múltiples quejas de los empleados ante el Órgano Interno de Control llevaron a que este condujera una profunda auditoría. Tras analizar área por área, los resultados concluyen que en la Embajada “no se identifican ni se atienden los riesgos financieros, patrimoniales, administrativos, laborales, legales, tecnológicos ni de corrupción”. También apuntan a que dentro de la Embajada “la información contable y financiera no es confiable”, tampoco la relativa a los pagos, a los bienes, al personal o a los accesos. Se registran “referencias bancarias inconsistentes, etiquetas ilegibles, listados desactualizados, bienes sin inventario, uso de credenciales tras renuncia, expedientes incompletos, contratos sin firma, documentos migratorios deficientes, ausencia de bitácoras y registros”. Con fecha del 21 de agosto de 2025, la auditoría hizo 16 “observaciones correctivas” e identifican a la “responsable de atender las acciones promovidas”: Josefa González-Blanco.

“Fue un desastre absoluto, recomendaron medidas integrales urgentes”, apunta una fuente, que clamaba: “No sé qué tiene que pasar para que pase algo”. Tuvo que ser otro movimiento político, la ya anunciada salida del poderoso fiscal general, el que terminara retirando a la embajadora. Al anunciarse a principios de enero de 2026, González-Blanco le deseaba éxito a Gertz Manero. Sin embargo, según ha podido conocer EL PAÍS, ella sigue al frente de la embajada, dando instrucciones, a pesar de que el funcionario ya ha rendido protesta de su cargo: “No tenemos noticias de cuando se va ella, ni de cuando llega él”. Mientras, Josefa González Blanco y su equipo ya empezaron a exigir a los trabajadores que firmaran una carta de apoyo a su gestión y así, aunque canceló su fiesta de despedida, todavía espera celebrar este lunes los tamales de la Candelaria.

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