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Foro CELAC-África
Tribuna

¿América Latina y África asumen el futuro del sur global?

La coordinación CELAC-África puede anticipar una acción global birregional coordinada orientada hacia la paz, la lucha contra el cambio climático, la protección de la biodiversidad

Basurero en Kenia, en junio de 2025.SOPA Images (SOPA Images/LightRocket via Getty Images)

Es una bocanada de aire fresco la reunión del Foro CELAC-África. Entre el 18 y el 21 de marzo en Bogotá se encontrarán delegaciones de dos regiones que, en su conjunto, representan más de 2.000 millones de personas con una memoria histórica común asociada al atraso impuesto por largos procesos de colonización y esclavización, pero con un futuro común llamado el Sur Global.

África, América Latina y el Caribe concentran cerca del 60% de la biodiversidad del mundo. Casi dos tercios de los cimientos ecológicos del mundo nos hablan de dos regiones que siguen siendo acreedoras ambientales del planeta mientras los países más ricos continúan la huida del extractivismo y la guerra. La coordinación CELAC-África puede anticipar una acción global birregional coordinada orientada hacia la paz, la lucha contra el cambio climático, la protección de la biodiversidad, entre otras. El sistema internacional ha sido erosionado en los últimos años y este ritmo amenaza con devolvernos a épocas del terror donde, vale la pena recordar, llegamos a la escalofriante cifra de 27,000 víctimas mortales en promedio por día durante la Segunda Guerra Mundial.

Es un hito birregional y una señal política fuerte en medio de un desorden global patrocinado por Donald Trump, intentando someternos al desprecio por el derecho internacional y un multilateralismo relegado a los intereses económicos de unos pocos. En 2026 se ha recrudecido la amenaza global. Hemos visto secuestrar y asesinar líderes políticos, reactivar el conflicto de Medio Oriente, el cruce de misiles para ver quién es más macho y logra llenar la canasta de más muertos. Sin olvidar que Haití sigue atrapado en una crisis devastadora y Cuba enfrenta un colapso energético después de ser asfixiado con más de 200 sanciones de Estados Unidos.

Para Colombia, este encuentro también es significativo, en la medida en que no ha sido frecuente que el país mire de forma estratégica hacia sus pares del sur. Hace más de 30 años, durante el Gobierno de Ernesto Samper, Colombia asumió la presidencia del Movimiento de Países No Alineados en su XI Cumbre en Cartagena, reivindicando la necesidad de relacionarnos “mirando a los pares” y no exclusivamente hacia el Norte. Hoy, lo que ocurre con CELAC-África recoge, en otra escala y bajo nuevas circunstancias, esa misma búsqueda de un lugar propio para el Sur global.

El Foro también trasciende la enumeración de desafíos compartidos y se configura como un espacio estratégico para el intercambio de experiencias, la articulación de posiciones comunes y la construcción de una agenda propia del sur global en los procesos de toma de decisiones internacionales. Asimismo, abre la posibilidad de impulsar reformas en instancias como las Naciones Unidas, orientadas a ampliar la representación y la capacidad de incidencia de países históricamente marginados de las decisiones que más les afectan.

En este contexto de desorden global, América Latina y el Caribe tienen una responsabilidad de preservarse como una zona de paz en el mundo, cumpliendo la proclama de la II Cumbre CELAC en 2014, donde los 33 países se comprometieron a resolver sus diferencias por vías pacíficas. Para honrar ese compromiso, quizás sea necesario conversar sobre la necesaria reestructuración de la CELAC y de los demás mecanismos de integración. Necesitamos que la región tenga una voz propia en el escenario internacional, y en esa vía CELAC podría desempeñar el rol de Cancillería de América Latina y el Caribe.

Si la CELAC se fortalece, podemos unificar posturas. Por ejemplo, en enfrentar amenazas a la soberanía regional y definir responsabilidad y políticas de buena vecindad. No podemos seguir asistiendo a la asfixia del pueblo cubano, fruto del ensañamiento de un cubano-americano (Marco Rubio), lleno de rencor por lo que se supone que le quitaron, y un presidente con alma de emperador y corazón de depredador (Donald Trump), al mejor estilo de Epstein. Tampoco podemos seguir siendo espectadores del desmembramiento del pueblo haitiano, con el que América Latina y el Caribe mantienen una deuda histórica por su lucha pionera por la libertad.

La integración de América Latina y el Caribe no es una opción, es una urgencia histórica. Hoy más que nunca debemos asumirla con decisión, fortaleciendo nuestra unidad con las voces e ideas de las nuevas generaciones, para responder a sus demandas sociales, económicas y culturales y construir una región sólida, inclusiva y a la altura de los desafíos que vienen.

Tal vez la mayor lección de este tiempo sea que incluso las pesadillas terminan. Y quizás, después de asistir al terror generado por Trump y a la degradación moral de una parte de Occidente, los propios estadounidenses vuelvan a encontrar sus faros éticos. Tal vez entonces el mundo pueda reabrir una conversación seria sobre qué significan hoy la democracia y la libertad. Mientras tanto, a nosotros nos corresponde hacer lo urgente: abrir las fronteras institucionales de la solidaridad, proteger a los migrantes, defender el derecho internacional y convertir el diálogo entre América Latina y África en una alianza real entre pueblos que comparten pasado, pero sobre todo comparten el futuro del sur global.

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